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7.3 / 10

Leo lo que dice la prensa internacional del debut en largo de Lapalux. Todo el mundo incide en el hecho de que es el único productor británico en el roster de Brainfeeder. Como si el genoma musical de las islas no encajara con la línea editorial construida por Flying Lotus. Como si el sello sólo invirtiera en la beat-scene angelina. Quizás debamos quitarnos el tic de relacionar esa escena de beat vaporosa e imaginativa con la etiqueta comandada por Steven Ellison, que en los últimos tiempos ha acogido en su seno incluso a un holandés afincado en Washington venido del drum’n’bass como Martyn, cuyas producciones difieren, sin ir más lejos, de lo que lleva facturando Lapalux desde que sacaba cintas de casete. No les culpo directamente –porque no se puede estar al tanto de todo y yo soy la primera en sufrirlo en mis propias carnes–, pero esas firmas quizás también podrían haber escuchado y disfrutado de dos productores de aquí (aunque uno viva allá) cuyo sonido delimita muy bien lo que ha hecho Lapalux en este “Nostalchic”. Uno es bRUNA y tanto las querencias por los ruidos analógicos como por las luminosas melodías pop de su magnífico primer disco parecen haber sido copiadas por Stuart Howard (así se llama el chaval). El otro es Lost Twin. Genoma sevillano, residencia en Brighton y factura musical que –en este caso sí– pega con esa preconcepción de la música de Brainfeeder de la que hablaba al principio.

Como los que leéis sois de aquí, quizás os suenen estos dos artistas españoles y si escucháis “Nostalchic” enseguida reconoceréis las similitudes. Y, como a mí, tampoco justificaréis el hype que parece rodear a Howard, que ya llevaba facturando música preciosista, sobre todo con sus dos EPs para el sello de FlyLo. No viene de nuevo; Howard expande el discurso de esas dos piezas, lo madura, lo compacta y lo dota de entidad única. Meritorio es que haya dejado reposar sus ideas hasta tener claro dónde empezar y acabar con el que sería para siempre su primer disco. Meritorio es también que ahora las canciones suenan más a lo que son, canciones, y no panfletos de la reivindicación de la producción analógica en el siglo XXI, un gesto que a veces parecía merodear por encima de lo artístico. Para muestra un botón: Lapalux cambia los samples vocales por featurings, aunque luego siga manipulando las gargantas a su antojo consiguiendo evocar esa nostalgia clásica en sus producciones y que él mismo parece reivindicar titulando su primer disco. De los 12 cortes del álbum, cuatro cuentan con colaboraciones al micrófono, y ninguna se asemeja con la otra. “Dance” puede ser la re-escritura de los preceptos del trip-hop comercial; “One Thing” encaja en la nube de nuevo R&B salido de los dominios de internet; “Without You” es tenue, encoge el alma como lo mejor de Darkstar y tiene un videoclip de preciosa factura, para los viciados del Vimeo.

Pero Howard también ha demostrado que es capaz de declinarse hacia lo digerible, de aproximarse a la fórmula del pop, sin compartir protagonismo con cantantes colaboradores. Como en “Guuurl”, uno de los tramos más bellos y entretenidos del disco. Aquí hay voz, pero se la ha robado a alguien, y encaja con un tempo sorprendentemente alto –para lo que él acostumbra– e irremediablemente pegadizo que recuerda a Gold Panda. Algo parecido ocurre con “Swallowing Smoke”; también incurre en el uptempo casi rozando el disco-house, pero bañándolo en una lluvia de detalles que alejan el corte de cualquier pista de baile con luces de colores. Mejor imaginar atardeceres a cielo abierto o tardes de lluvia en casa.

El resto del disco discurre en páramos que rinden pleitesía a su boss label Flying Lotus y sus viajes extrasensoriales por las referencias jazzy. Aunque en estos periplos más incorpóreos la noción de canción se disipa, Lapalux lo compensa con la superposición de sonidos y texturas y, otra vez, ese tratamiento de las voces que hace volar la imaginación hasta rincones poco transitados. Calidad, sí. Y de notable. Pero cero sorpresa. Una cosa siempre compensa la otra.

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