Nina Kraviz Nina Kraviz

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Nina Kraviz Nina KravizNina Kraviz

7.7 / 10

¡Ahhhhh, Rusia! Abrigos de piel hasta los tobillos. Teces enrojecidas por los destilados. Peleas clandestinas de osos pardos. Espías con cápsulas de cianuro incrustadas en las muelas. Gulags siniestros. Cuando comienzas a creer en la veracidad de los tópicos, ¡pam!, la naturaleza se encarga de quebrar la norma y devolverte el recelo hacia los lugares comunes. Me resulta imposible recordar alguna productora techno llegada de Rusia que haya alcanzado el nivelazo de coolness y tenga la pegada internacional de Nina Kraviz. Ni osos, ni espías, ni gulags, ni nada. Glamour a espuertas. Finura. Elegancia. Saber estar. Esta siberiana de curvas magnéticas no es para tomársela a broma.

No sólo se ha convertido en un DJ codiciadísima –se ha hecho con las noches Propaganda de Moscú, sin ir más lejos–, sino que en los últimos tres años la Kraviz ha enseñado la patita en sellos como Bpitch Control, Underground Quality o Naif, y no ha dejado indiferentes a los sabios (a los pajilleros hace tiempo que los conquistó). No extraña, pues, que Matt Edwards, alias Radio Slave, y James Masters decidieran exportar el talento de la moza más allá del frío estepario, a través de su reputadísimo sello Rekids. Después de un triunfal rastro de maxis, Kraviz ataca con todo su arsenal en un LP de debut que le inyecta al tech-house de toda la vida generosas dosis de sensualidad y delicadeza. Con personalidad y sello intransferible. Con feminidad casi felina. La chica está preparada para reclamar su porción del pastel electrónico y Clublandia la adora.

Look y sonido van en perfecta sintonía. La imagen de muñeca introvertida que rezuma sexualidad queda perfectamente plasmada en un libro de estilo muy particular: técnica y frialdad, por una parte, se combinan con una lubricidad esponjosa, la que surge de los inserts vocales de la propia artista –más que cantar, te mete la lengua en la oreja– y los graves acolchados, clitoridianos incluso, que bombean en los auriculares. Es un house ralentizado, definido por la paleta sonora de la Roland 808, con ecos constantes del Viejo Testamento deep de Chicago –vía la Inglaterra de Herbert–, el minimalismo berlinés y la profundidad del techno de Detroit. La DJ, productora y cantante rusa sabe manejarse en el estudio. Con un muestrario de sonidos limitado y altamente reconocible por los consumidores de electrónica, su primer LP apunta a la pista de baile, pero no se olvida del arte de escuchar e incluso fantasear. Es ahí donde gana, en la evocación sensual, en la trasmisión de sensaciones, en el afán por llevar a terrenos emocionales las pulsiones bailables más simples e intuitivas.

Cuando se apoya en el deep house de la vieja escuela, los bordados son hipnóticos. Lo hace a la perfección en “Love Or Go” –voz afectada, efectos lejanos, caja de ritmos vintage– o en la excitante “Taxi Talk”. Son tracks bien ejecutados, producidos con precisión y mimo a partes iguales. Basta con acudir el hit del álbum para comprobarlo. “Ghetto Kraviz” es su apuesta más canalla, sin duda, pero incluso en esa frecuencia nocturna sabe enchufar uno sintetizadores ensoñadores y unos versos desganados absolutamente deliciosos. Hay en “Nina Kraviz” reflejos cegadores de techno dub, como “Working” –un iceberg de graves ondulantes y claps con reverb–, y experimentos en las fronteras de distintos géneros, como “Petr”: del techno glacial al bass, y del bass al pop hipnagógico como quien no quiere la cosa. ¿Mal día? ¿Novia aficionada a ponerte cuernos? Tranquilo, también hay momentos para pegar el moflete a la ventana y ver caer la lluvia. El oleaje ambient y los susurros de “Fire”, y el burbujeo IDM a lo Seefeel de “4 Ben” se encargarán de hundirte todavía más en la miseria. Gran disco.

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