Nightrunners Nightrunners

Álbumes

Altar Eagle Altar EagleNightrunners

6.6 / 10

Volviendo a escucharlo con cierta distancia, lo más interesante del debut de Altar Eagle, “ Mechanical Gardens” (2010), no era tanto su contenido como el hecho de que mostraba una inesperada deriva hacia el pop en Brad Rose, un hombre que en los últimos años ha funcionado como una especie de brújula para entender los caminos que toma el indie marginal (ese que se cocina a espaldas de los grandes medios como Pitchfork) en Estados Unidos. Director de ese emporio cada vez más inabarcable y ramificado que es Digitalis Industries, editor del webzine Foxy Digitalis y músico afecto al desdoble de personalidad y la ubicuidad (en su currículum conviven una docena de proyectos en solitario y varias decenas de bandas, que aparecen y desaparecen de manera anárquica), Rose siempre había preferido que sus muchas aventuras navegaran por aguas cercanas a un folk deshilachado y atmosférico (el caso de The North Sea, por ejemplo), o que directamente se situaran sobre las simas de lo experimental, así que el hecho de grabar canciones con estructuras reconocibles, estribillos que se podían cantar y una voluntad (digamos) “asequible” sólo podía considerarse como un salto evolutivo, y tal vez la confirmación (que ha terminado por ser cierta a medias) de que se avecinaban buenos tiempos para el pop de naturaleza ensoñadora en la industria independiente.

Grabado de nuevo junto a su mujer, la no menos prolífica Eden Hemming-Rose, “ Nightrunners” prolonga el gusto por el noise pop de los noventa que demostraba su predecesor: ahí están ese homenaje nada encubierto a The Jesus And Mary Chain que es “Digital Gold Futures”, esas canciones deliciosamente ingenuas, que parecen escritas a la sombra del árbol de His Name Is Alive ( “Fledgling” o la estupenda “Piglette”, perfecto ejercicio de pop surrealista, somnoliento y ensimismado), o alguna pieza como “New Designs”, que en su combinación de drones y melodías cándidas remite con cierto descaro a los Yo La Tengo más pop. Eso sí, aunque esas constantes sigan inalterables, se nota que la pareja intenta evolucionar y que quiere plegarse a los dictados de la actualidad, añadiendo aquí y allá una pátina inspirada en el mainstream de los ochenta. Una veta de la que consiguen extraer algunos temas estupendos como “Get Over It”, un luminoso ejercicio de synth-pop saltarín, adhesivo y abrumadoramente feliz, pero que también es origen de los momentos más flojos del disco: piezas tan tontorronas como “No Spring Till Summer”, que parece un decálogo de todos los excesos del pop electrónico de esa década (en la que recordemos, triunfó lo hortera a lo grande), o como “Hologram”, que además comete el gran error de forzar una voz, la de Hemming-Rose, que no destaca precisamente por su versatilidad o su capacidad para los registros extremos. Son esos deslices los que restan enteros a “Nightrunners” y lo convierten en un disco de pop irregular y sin una visión clara, que alterna momentos de mucha brillantez con patinazos carentes de lustre. Habrá que confiar, entonces, en que para la próxima entrega el matrimonio Rose deje de prestar atención a los cantos de sirena de la actualidad, se olvide de modas que no le sientan bien, y se dedique a lo que mejor le sale: a escribir bonitas canciones de pop legañoso, con melodías pegadizas y sonido enmarañado. Cualquier otra cosa sólo puede conducir al desastre.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar