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Eternal Tapestry & Sun Araw Eternal Tapestry & Sun ArawNight Gallery

7 / 10

Eternal Tapestry & Sun Araw  Night Gallery THRILL JOCKEY

Sobre el papel, esta colaboración entre Eternal Tapestry y Sun Araw da la impresión de que estaba llamada a suceder tarde o temprano: dos exponentes llegados de distintos frentes de de la psicodelia moderna juntándose PARA HACERTE ESTALLAR LA CABEZA. Ya se habían acercado antes, compartiendo escenarios a lo largo de los años (a menudo con la antigua banda de Sun Araw, Magic Lantern) y sometiendo a los fans a una pinza sonora que les asaltaba desde ambos lados de la margen izquierda del underground.

Pero, ¿puede tener el underground dos márgenes? Bueno, en este caso sí: está el margen lejano y el margen aún más lejano. El quinteto de Portland, Oregón, emite un eco auténtico de los primeros años 70, cuando la psicodelia se sacudió su lastre terrestre y se adentró en el espacio exterior, con guitarras pesadas y ritmos krautrock, mientras que Sun Araw, al estilo de ese Sun Ra al que tanto se parece su nombre, se presenta casi como una alucinación del futuro con sus paisajes sonoros abstractos, salpicados de bajos dub, capaces de llevar el género a un territorio desconocido hasta el momento.

Dicho esto, tras compartir un concierto (una improvisación en un aparcamiento de Austin en el SXSW del año pasado), Eternal Tapestry invitaron a Sun Araw para que les ayudara a grabar una sesión de radio que tenían comprometida. El resultado es esta jam descontrolada y mental que constituye el material de “Night Gallery”.

El título proviene de la serie de televisión de principios de los 70 dirigida y co-escrita por Rod Sterling, el creador de “La Dimensión Desconocida”, un programa con el que todos los involucrados habían estado obsesionados durante aquellos días del SXSW. Y aunque no hay una influencia temática evidente en la música (por suerte, evitan cualquier tipo de gritos sanguinarios y crujidos misteriosos), el formato multi-narrativo de la serie se refleja aquí en el modo en que los 38 minutos de música se dividen en cuatro suites sin título, cada una distinta a las otras pero, a la vez, formando parte de un conjunto homogéneo. Incluso la más corta de las piezas se intuye como una epopeya, por no hablar del último corte, de 14 minutos, en el que se comienza con un riff stoner que se acaba destilando en un festín espiritual de reverencia, en algún lugar intermedio entre Om y Alice Coltrane. Por momentos suena casi trascendental, como si en el estudio se hubieran sentido eléctricos.

De todos modos, éste es el único momento en el que la colaboración realmente llega a las expectativas previamente depositadas. La primera parte es la sección que suena más a Sun Araw, y mientras la guitarra suena excesiva la experiencia resulta estimulante, pero cuando la guitarra desaparece no queda gran cosa por debajo. La segunda parte es la más cercana al sonido habitual de Tapestry, y una vez más, aparte de la extraña e inesperada interrupción vocal, no hay mucho más a lo que hincarle el diente.

Cuando llega la tercera parte, sin embargo, la atmósfera empieza a pegársete como si fuera aceite hirviendo. Los drones agudos de teclado y la repetición hipnótica recuerdan a Spiritualized cuando parecen ir más drogados que nunca, y rápidamente da paso a una coda ahogada hasta llegar a la parte cuatro. De hecho, para lo que no deja de ser una pieza enteramente improvisada, la progresión de la música está muy bien desarrollada, en especial si tenemos en cuenta que todo está grabado de una toma y que el material apenas se ha editado con posterioridad. Por supuesto, como ocurre con todas las jams improvisadas, hay momentos de relleno, pero nunca sin llegar a un punto irritante.

En realidad, el problema principal parece ser el de las proporciones: hay cinco tíos tejiendo el Tapiz, pero sólo hay un Sol que brilla. Es este último, Sun Araw, el que acaba devorado por la masa de sonido sin tener apenas la oportunidad de ejercer sus habituales conjuros mágicos en la producción. Sus contribuciones, tocando la flauta y los teclados, están bien, pero en general se siente como si él fuera el invitado en estas sesiones en vez de un colaborador con peso. También ocurre que, en la música improvisada, cualquier individuo que quiera manifestar su personalidad de una manera fuerte normalmente comete errores, y Sun Araw sabe que lo correcto en estas situaciones es mejorar la textura en vez de querer dominarla. Y mientras el resultado es inmersivo, casi nunca es entretenido.

Así pues, cuando tienes en consideración la prolífica obra de ambas partes, lo mejor que se puede hacer es dedicar el dinero a invertir en sus discos en solitario, al menos hasta llegados al punto en que decidan grabar una colaboración como dios manda. Esta jam tiene una virtud: abre el apetito ante la posibilidad de que esa colaboración se dé por fin.

Y eso nos abre los ojos ante la idea clave si te planteas comprar este disco: no es un álbum, es una jam. Y hay que tomárselo de esa manera.

Kier Wiater Carnihan

“Night Gallery IV”

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