Nepenthe Nepenthe

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Julianna Barwick Julianna BarwickNepenthe

7.8 / 10

Es posible que el momento en el que apareció “ The Magic Place”, el disco que dio a conocer a Julianna Barwick (antes existieron algún disco y EP autoeditados, pero volaron muy por debajo del radar), no fuera el más apropiado para esta neoyorquina de adopción. El año 2011 acababa de comenzar y uno de los runrunes más habituales en la prensa musical era el supuesto retorno a la new age, la particular retromanía que tocaba tras la explosión hipnagógica y la avalancha de nerds-con-sintes-de-los-ochenta que habían acaparado la escena indie en las dos temporadas anteriores. Digo que no fue muy apropiado porque, a consecuencia de ese zeitgeist, a la pobre le llovieron por todas partes comparaciones con Enya; un punto de referencia que podía ser comprensible a un nivel superficial –a fin de cuentas, las dos artistas comparten el amor por las voces vaporosas y cultivan una cierta disolución atmosférica del folk– pero que se desmontaba a nada que uno entrara al hueso de las canciones que contenía “The Magic Place”. Y es que, frente a los arrebatos pop y las complejas orquestaciones en los que la estrella irlandesa gusta de dejar que su voz se pierda, Barwick delineaba las canciones de aquel disco con una ejemplar economía de medios, casi minimalista: apenas unas líneas de piano, algún colchón sintético, servían para puntuar unas atmósferas construidas a base de superponer capas y más capas de voz. Capas de voz que, por supuesto, llegaban manipuladas y bañadas en efectos, arracimadas en loops imposibles, y que además daban mucha más importancia a los componentes melódicos y los giros climáticos que al lenguaje en sí mismo; de hecho, no existían en el disco letras como tales, sólo murmullos que parecían querer decir algo. Una manera de hacer, en fin, que acercaba a Barwick antes a compañeras de generación como Grouper, Valet o Tiny Vipers, o a luminarias de la época dorada de 4AD (por supuesto Cocteau Twins, pero también This Mortal Coil o los primeros His Name Is Alive), que al sector más comercial de la new age.

Todas esas referencias se hacen aún más evidentes en el nuevo disco de Julianna Barwick, un “Nepenthe” que, a diferencia de lo que sucedía con su antecesor, que se grabó de manera casera y en solitario, cuenta con el concurso de otros músicos. La historia es que Alex Somers (el compañero de Jónsi en la cama y en Riceboy Sleeps) la invitó a grabar a su estudio en Islandia, y que una vez allí convocó a varios músicos locales: uno de los guitarristas de Benni Hemm Hemm, un coro de chicas adolescentes y el cuarteto de cuerda Amiina. Y aunque en el proceso, de manera inevitable, se ha perdido algo de intimidad (esa cualidad casi litúrgica que exudaban algunas de las composiciones antiguas de nuestra chica) y se ha arrebatado mucho protagonismo a la voz, a cambio se ha ganado en carnalidad y concreción. Las canciones ya no parecen flotar sin rumbo fijo por el cielo, sino que se agitan alrededor de suaves anclajes terrenales, un cierto aliento pop emerge aquí y allá (en la muy teatral “ Forever”, sin ir más lejos) y hasta aparece alguna letra “de verdad”, como la de One Half”, ese precioso adelanto del disco que lleva algunas semanas dando tumbos por las redes. Pero lo mejor de todo es que “Nepenthe” tiene realmente una estructura interior: todos los temas van engarzándose entre sí, dando forma a un conjunto que vale mucho más que la suma de sus distintas partes. Partes que igual se dejan llevar por corrientes de tristeza soterrada (“ The Harbinger”) que estallan en arrebatos jubilosos (“ Adventurer Of The Family”), juegan con un pop sintético y en baja fidelidad (“ Crystal Lake”) o vuelven puntualmente a la particular visión minimalista de “The Magic Place” (“ Labyrinthine”). Todo cabe en un disco que multiplica el potencial de su autora de manera exponencial, pero que también la pone en un compromiso cuando pretenda llevarlo al directo (la gira ha dado comienzo el 20 de agosto en Nueva York). Tampoco importa demasiado; mientras esa incógnita se resuelve, aquí quedan cuarenta minutos para el disfrute.

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