Neon Dreams Neon Dreams

Álbumes

L-Vis 1990 L-Vis 1990Neon Dreams

7.5 / 10

PMR RECORDS

La fecha que aparece en su nombre no puede ser casual, en absoluto. Si James Connolly se ha puesto ahí un 1990 es porque, para él, ésa es la fecha que resume al completo su opción de sonido, la clave de bóveda de toda su construcción estética en el mapa de la música de baile. 1990 es el año en el que la escena rave llegó su madurez en Inglaterra, con el house, el acid y el techno brindando su producción más nutrida, con el éxtasis en la cumbre de su pureza, con una explosión creativa que aún mantenía el toque dorado de los primeros años en Detroit y Chicago y que todavía no se había lanzado al galope con el hardcore –y su escalada progresiva en drogas, oscuridad y negatividad– que iba a dominar de 1991 hasta 1995. 1990, por tanto, es un año en cierto modo puro, que no se asocia con ninguna obra maestra en particular – “Frequencies”, de LFO, llegaría un año después–, pero sí con el cambio de décadas y la promesa de una evolución en los hábitos de consumo musicales que ha llegado hasta hoy. Y es a ese momento crucial y particular al que L-Vis 1990 ha dedicado su música y su vocación de promotor desde que fundó la fiesta, y más tarde sello, Night Slugs. A una utopía imposible a la que el house actual querría, sin éxito, poder acceder.

“Neon Dream” también dice mucho en el título. El neón es el brillo que recorre todo el álbum, la metáfora de un pasado idealizado –que empieza en los 80, en la infancia, en los instante boogie que se localizan en “Play It Cool”, en los orígenes del house que se rastrean en canciones garage con aspiraciones de himno como “Forever You”–, y el sueño queda claro: L-Vis 1990 produce como si estuviera en un estado regresivo hacia tiempos pasados y mejores que, al ser imposibles de recuerar, quedan idealizados de una manera muy íntima. También, “Neon Dreams” es una descripción de la textura del sonido definitivo del disco, resaltado, fuerte, analógico, con destellos de color como los que indica la intro, “Vague Flashes”, que por si fuera poco ya posiciona el álbum como un tributo a las grandes ciudades y los grandes momentos de la música de baile, y también en ese punto cero, ese big bang, en el que parecía que esta corriente iba a conquistar el planeta.

Hay dos maneras de consumir el álbum. Una es en la pista de baile: ahí es efectivo y casi perfecto. Connolly sabe hablar todos los lenguajes que pretende exponer en piezas como “Shy Light” (el italodisco, con Para One y Teki Latex indicando también el camino al eurodisco infantiloide de Eiffel 65, sin que suene tan cheesy como podría hacer pensar la descripción), “The Beach” (el techno de Detroit de rítmica virtuosa y bajos demoledores, entre “Nude Photo”, de Derrick May, y “Diabla” de Funk D’Void) y “Cruisin’” (el french touch), y en el camino le da forma a una decena de bombas de relojería al más puro gusto de Night Slugs: hedonismo irrenunciable, producción meticulosa, goce instantáneo. La otra manera de escuchar “Neon Dreams”, en privado y con un mayor rigor analítico, es la que quizá destape sus flaquezas, la que haga pensar que su reverencia por el pasado y su tributo a los recuerdos entrañables es tan excesiva que compromete las posibilidades del álbum para prolongarse en la memoria futura. Pero eso es un riesgo que siempre se corre. El abuso de voces profundas y espirituales –Javeon McCarthy en el mismo papel que Jamie George en los discos de Roska, Samantha Lim como contrapunto femenino necesario y también predecible)– y el culto a una mitología mil veces recuperada –Ibiza en “Here With You”, Detroit otra vez en “Illusions”, el primer eurohouse en “Tonight”– son recursos de doble filo que aquí vienen siempre acompañados de una sensación de déjà vu.

Quizá sea significativo que L-Vis 1990 haya escogido PMR Records –el sello de Julio Bashmore, también miembro de la familia, pero más enfocado al house– en vez de Night Slugs para editar el álbum. Night Slugs quizá exigiría más energía bruta, más gamberrismo, una vuelta de tuerca moderna a todo el despliegue retro y nostálgico –y algo autoindulgente– de “Neon Dreams”. Pero imaginad cualquiera de estos cortes con un buen sound system, en hora punta, con el sudor evaporándose y formando una nube húmeda y espesa en el techo del club, a punto de derramarse sobre la pista: ¿a quién le importaría el futuro en una situación así? L-Vis 1990 se conforma con hacer música que resuma un momento infinitesimal de júbilo, que es otra forma de aspirar a la eternidad.

Javier Blánquez

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