Natureboy Natureboy

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7.6 / 10

Natureboy, Natureboy OWN RECORDSEl erotismo que tiene la portada del disco debut homónimo de Natureboy, el perfil de su frontgirl, Sara Kermanshahi, se debe a dos únicos factores: la ausencia de maquillaje y una pose completamente de interior, natural, imprevista y casi diría que inconsciente. No es casual que haya escogido algo así (además de deberse a motivos de mercadotecnia). Su propuesta es un compendio de pequeños gestos, miradas furtivas y sentimientos expuestos en ramillete. A Kermanshahi la conocíamos de House On A Hill, su anterior proyecto, un indie rock algo más desenfadado de principiantes bienintencionados. De allí abdujo a Cedar Apffel y, de Masterface, a Rory O’Connor. Sumen: guitarra, voz solitaria, pequeños loops y samples casi ambient, bajo y batería al servicio de lo meramente cardíaco, y tendrán como resultado algo de dream pop fusionado que recuerda a veces a Mazzy Star, Cat Power, Bon Iver o incluso a Beach House. Suma complicada, pero resultado abrumadoramente simple. Un puñado de canciones que en realidad son puertas entreabiertas a donde quiera que esté mirando Sara Kermanshahi en la portada. De donde creemos que proviene su sufrimiento y su resquemor atemperado.

En la línea de cantautoras más clásica, la guitarra y la voz son fundamentales en este primer trabajo de Natureboy, donde los contrastes de sonoridad diáfanos con su voz afectada (que recuerda por momentos a la de una Courtney Love refinada, limpia y sobria) se ven desde el primer corte, un ajustado “Curses Fired”, y a veces evolucionan hacia algo más alegre (en “Pariah”, por ejemplo, que comienza con palmas lejanas y un ritmo alegre que, no obstante, desaparecen hacia el final para resaltar una tristeza antes escondida). La interpretación vocal, por cierto, logra transmitir la pesadez y la cadencia negativa de los temas, y no parece que se deba a la técnica de Kermanshahi, sino a una honestidad tan auténtica que por momentos parece tópica. La labor instrumental es también una pared maestra de Natureboy, como se aprecia en “Famous Sons”, con ese crescendo (con el valor añadido de llevarlo a cabo con las mismas notas y contenerlo mediante capas ambientales y arreglos suaves). Y no sólo eso. Se incluyen aquí dos piezas enteramente instrumentales, “Railroad Apt.” (gran trabajo de electrónica inofensiva de corte contemplativo y melancólico), y la inmensa “Dither” (en la que se huele la soledad y se engancha como el sudor a la espalda en verano. Hipnótica y encantadora, como una pieza de Lego guitarrera en su sencillez, y natural como un niño pequeño corriendo y cayéndose de culo. Tiene su mérito transmitir tanto con tan poco, y sonando lo mismo una y otra vez. Una clase maestra de costura sonora sobre un género que no llegaría ni a considerarse folk).

La relación de los cantautores con los silencios determina muchas veces su valía compositiva y su comprensión de la atmósfera y los anhelos desatables entre la audiencia. Un maestro al respecto era Jeff Buckley, y un sonido guitarrero similar vemos en “Bad Dream” (uno de los temas para escuchar a oscuras y con un temblor en el corazón), donde Buckley aparecería vestido aquí con una de las típicas camisas a cuadros de Kurt Cobain en una mutación tan sorprendente como efectiva. Hablando de Cobain, en “Heart To Fool” escucharemos la concepción del grunge reformado según una artista eminentemente folkie, de corazón de vainilla y fresa partido por la mitad (tiene algo de oscuridad, pero el preciosismo siempre prevalece). ¿Puntos negros? Recordemos: únicamente nueve cortes, refinados y depurados. Prácticamente no hay hueco para el error común: el melodrama (que casi aparece en “Broken Train”, pieza de sentimentalismo trágico a lo A Girl Called Eddy pero sin dar vergüenza ajena, y un terreno cenagoso de donde Kermanshahi sale entera y sin salpicaduras). Natureboy deben su nombre al clásico de 1947 del pro-hippie Eden Ahbez, que en su momento popularizó Nat King Cole (de manera jazzística), hace pocos años el “ Moulin Rouge” de Baz Luhrmann (con David Bowie al micro) y cuya versión más tétrica es obra de Victoria Williams. La letra habla de un chico (algo rarito, obviamente) que viaja alrededor del mundo para descubrir, cual Última Profecía, que Lo Mejor De Todo es amar y ser correspondido. Probablemente Natureboy inician su particular búsqueda a partir de esta sentencia con este debut desequilibrante por lo bien parido que está y las ecuaciones de primaria en que está fundamentado que, no obstante (y como ocurriera con la más post-punk Lonelady) logran que sus canciones engañen con su simpleza y se cuelen en los recovecos más íntimos.

Jordi Guinart

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