My Guilty Pleasure My Guilty Pleasure

Álbumes

Sally Shapiro Sally ShapiroMy Guilty Pleasure

8.1 / 10

Sally Shapiro  My Guilty Pleasure PERMANENT VACATION

“Disco Romance” (Diskokaine, 2006) fue un extraño ejercicio de –casi– perfección que, por lo inesperado en su momento y lo exótico de su procedencia, se presentó en la escena electropop como un animal exótico, fascinante por su rareza y su belleza. Un productor sueco, de pelos trigueños y aspecto de nerd que nunca ha salido de su cuarto, trenzándole canciones y arreglos a una muchacha entre ni guapa ni fea, que ni cantaba bien ni mal –con esa voz apagada, amortiguada, casi esforzada, como las que no tienen el don de la laringe aúrea–, y citando simultáneamente al italodisco y al twee pop escandinavo. O sea, canciones azucaradas con arreglos sintéticos y románticos, que es lo que manda el canon. La idea, en sí, no era descabellada: tanto el twee ha acudido a la electrónica de bombo firme – Club 8 tienen sus cosas en ese sentido–, y el italodisco primitivo, en su variante vocal, siempre se inclinó hacia la cosa melódica y ligera, hacia el concurso de la canción de San Remo: no hay tanta distancia entre Domenico Modugno y Gary Low. Pero Sally Shapiro –que no es ella sola, sino el proyecto que le une a él con ella en un frío y acogedor estudio de Estocolmo pensando que en realidad están en Rímini–, insistimos, surgió de manera lógica pero inesperada, y las canciones que traían bajo el brazo eran, todas, una miniatura preciosa de perfección. Por eso, aquel disco es hoy un clásico para unos pocos afortunados que se han visto atrapados por su encanto naïf.

Ahora, llega el segundo, que no es tan perfecto –no tiene un “Anorak Christmas”, ni un “I’ll Be By Your Side”, por cuyo vocoder engolado, progresión clínica y estribillo explosivo hubiera matado el mismísimo Casco–, pero no ser tan perfecto no debe tomarse como agravio comparativo. Tomando como ejemplo el noble balompié, el Barça este año puede jugar igual de bien que la pasada temporada –ahí está el título de la Supercopa y el pase de tacón de Zlatan a Messi para certificar que la magia no se apaga–, pero no por ello se asegurará otro triplete. “My Guilty Pleasure” huele a ganar la liga de calle: es un disco espléndido, con momentos de sublime acierto, pero no es la carambola irrepetible de hace tres años. Esta incomprensión acerca de que los milagros ocurren sólo de vez en cuando puede ser el hándicap que sufra “My Guilty Pleasure” si alguien le quiere buscar las cosquillas –o los tres pies al felino–. Sería una lamentable miopía que no dejaría comprender que Sally Shapiro, en su segunda entrega, están a la altura de lo que se espera del dúo.

Sobre la aportación de ella, apenas nada nuevo se puede decir: Rally –que así se llama la de la cabellera dorada– arrastra carencias vocales que, sin embargo, son las ideales para este pop veraniego, juvenil, o nostálgico de días pasados. Ni Neil Tennant, ni mucho menos Sarah Cracknell, tienen voces de decir ‘la puta de oros’, pero son las adecuadas para Pet Shop Boys y Saint Etienne. Rally parece que se ahogue, tiene esa textura vocal de ángel en formación tan propia del pop lánguido, con la pequeña ventaja añadida de que los sonidos de Johan Agebjörn, productor con mano de santo, le disimulan las carencias y le potencian las virtudes. En algún lugar ya dejó un servidor dicho que Johan es al nuevo sonido revivalista del italo lo que Les Rythmes Digitales fue al electropop rancio y casposo de los ochenta: un observador –u oyente, perdón por la sinestesia– agudo de las leyes que mandan en el género que pretende imitar, que sabe adoptar lo bueno y descartar lo malo: sólo así se hace buen pop, centrando esfuerzos en lo que funciona –y potenciándolo; ya sea un estribillo, un puente, un coro, una intro– y eliminando de raíz todo lo que no sume virtudes. Y, una vez más, todo lo que toca Johan está en su sitio, es exacto. No le sobra ni le falta nada a ninguna de las nueve canciones de este disco equilibrado y precioso.

También ocurría en “Disco Romance” que algunos temas no estaban a la altura de los mejores: no todos podían ser o “Jackie Jackie” o “Skating in the Moonshine” –que aparecieron en la edición americana de Paper Bag, aún mejor que la europea–, que todavía hoy ponen los pelos tiesos como cerillas. En “My Guilty Pleasure” hay un leve bajón de inspiración en “Let It Show”, por ejemplo, pero el conjunto disimula baches y agranda virtudes. Es un álbum breve éste, y eso podría dar pie a pensar que Sally Shapiro han jugado sobre seguro ensamblando 38 minutos bien conseguidos y evitando el relleno. Pero incluso evitar el relleno, extirparlo, es una virtud en estos días de sobrealimentación musical. Así, el álbum se acaba y quieres más, garantía de enganche, sobre todo hacia el final, cuando aparece la artillería pesada: “Miracle”, más italo-pop romántico perfecto que ya había aparecido en single, la versión de “Dying In Africa” de Nicolas Makelberge, y “Save Your Love”, que parece un cover camuflado –la estructura y los ‘oh-uh-ohs’ son casi idénticos– del “Hey Hey Guy” de Ken Lazslo, con un toquecito de Fun Fun. Si se le suman caramelos tentadores como “My Fantasy”, “Looking At The Stars”, la introducción instrumental de “Swimming Through The Blue Lagoon” –en la que se aprecian detalles de producción propios del house progresivo de los noventa, como ciertas voces tratadas al estilo del sello Hardkiss–, acaba apareciendo un trabajo que, si bien no merece hipérboles como el anterior, sí debe ir sobrado de ditirambos, piropos y olés.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar