Music For The Quiet Hour / The Drawbar Organ Music For The Quiet Hour / The Drawbar Organ Top

Álbumes

Shackleton ShackletonMusic For The Quiet Hour / The Drawbar Organ

8.9 / 10

Cuando Shackleton y Appleblim clausuraron Skull Disco era lícito preguntarse qué iba a ocurrir con sus respectivas músicas, sobre todo en el caso del primero, que había conseguido convertir el sello en una especie de probeta privada en la que experimentar con el dubstep y todo tipo de tonos funerarios, rituales y tribales. Al salir de Skull Disco la historia de Shackleton es conocida: inició un periplo de sello en sello, pasando por Perlon –donde se hibridó más que nunca con el minimal techno en Three EPs–, por Fabric, Honest Jon’s o Tectonic, donde firmó el año pasado un laberíntico álbum a medias con Pinch, hasta anunciar que volvía a establecerse por su cuenta con la apertura de Woe To The Septic Heart!, una plataforma intermitente –ésta es la segunda referencia en dos años y medio– pero en la que se reconocen los rasgos principales de Skull Disco: el diseño lovecraftiano de Zeke Clough y, por encima de todo, la libertad total –o todavía más ‘total’ de la que había disfrutado hasta ahora– para crear música sin ninguna clase de constreñimiento, coacción o necesidad de seguir el ritmo de los tiempos. Sólo así se explica la progresión mantenida por el inglés desde sus primeros 12”s de 2004 hasta hoy: la alucinante escalada, de la excelencia a la ultraexcelencia.

No es con un álbum con lo que regresa Shackleton al circuito y a la edición en Woe To The Septic Heart!, sino con dos. Hay varias maneras de hacerse con “Music For The Quiet Hour / The Drawbar Organ”: en doble CD, con ambos ciclos separados, o en vinilo –en tres maxis que recogen exclusivamente los cortes de “The Dawbar Organ”– e incluso con de la caja para coleccionistas, aparentemente ya agotada, que reúne los tres maxis, una copia en CD de “Music For The Quiet Hour” y un conjunto de ilustraciones exclusivas de Clough. En apariencia, el proyecto va más allá de la música: tiene un componente de artes plásticas y también de experiencia trascendental, porque aunque son dos álbumes con identidad propia y notables diferencias en cuanto a sonido, son también como una especie de ouroboros –la serpiente que se muerde la cola, símbolo de la continuidad y eternidad del tiempo– en el que un título remite al otro y a la viceversa. Parece como si Shackleton hubiera pasado por un febril periodo creativo en el que las ideas le salieran a presión, de una manera fluida e incluso alucinada, como si estuviera exorcizando demonios, pues la mayor parte del material no sólo induce a una especie de trance, sino que parece un efecto último de ese estado abstraído y extracorporal.

La gran innovación –que tiene una parte de regresión, también– está en el primer álbum, “Music For The Quiet Hour”, en el que Shackleton aborda un lenguaje menos sacudido por los beats y en el que la música aparece en estado de vapor denso, como una gran nube espesa de hidrógeno en la que se confundieran influencias del ambient, las bandas sonoras para documentales, el spoken word y lo que hace un tiempo llamábamos hauntology, pues parece como si entre los resquicios de cada atmósfera se escondiera un espectro, una huella de lo inefable. Son sólo cinco cortes, pero la duración se prolonga más allá de la hora, con segmentos –todas las partes están unidas a modo de viaje, en un flujo ininterrumpido– que llegan a durar más de 20 minutos. Si hay beats es para apuntalar pasajes descriptivos y para dinamizar ciertas transiciones –y cuando hay beats son exóticos, muy influenciados por folclores africanos o del subcontinente indio, e incluso de gamelan balinés en la parte 2–, pero la auténtica miga está en el envoltorio tóxico, en el rastro encantado que va dejando el disco como si fuera baba de ectoplasma. Aquí es cuando Shackleton nos recuerda, indirectamente, que antes de fundar Skull Disco sus primeros pasos fueron en el sello Mordant Music, y aquí parecen aflorar sus influencias más cultas y áridas, desde el minimalismo de Steve Reich a la electrónica planeadora que, en lugar de avistar paisajes cósmicos y extraterrestres, sobrevuela páramos, yermos y zonas deforestadas. La música –de estructura libre, vagamente similar a la library music rehecha en sellos como Ghost Box– también remite a aquella psicodelia ambient de los años 90s, a discos de The Future Sound Of London como “ISDN”, y con un último toque maestro: la participación de Vengeance Fold en diferentes pasajes –en el cuarto y el quinto, principalmente– recitando con su voz mortecina, surgida de una caverna angosta, pasajes de poesía o divulgación científica que ayudan a que “Music For The Quiet Hour” también comparta señas de identidad con la corriente del spoken word, un spoken word que parece mecánico, surrealista –la lectura parece automática, drogada– y en consonancia con el tono irreal y volátil de todo el disco. Espectacular, o sea.

El segundo álbum, “The Drawbar Organ”, mantiene la estructura de vinilos separados que forman un ciclo unificado, igual que el de “Three EPs”, y refleja el lado más ‘convencional’ –si es que Shackleton ha sido convencional alguna vez– del productor. La paleta de texturas es parecida a la de “Music For The Quiet Hour” –ambientes hechizados, a veces secos, y beats que parten de estructuras de la worl music y se enredan en complejidades prestadas del drum’n’bass a tempo muy bajo–, pero en conjunto es un material en el que la preocupación está en desarrollar el ritmo y no tanto el envoltorio. Es, por tanto, la vertiente continuista del Shackleton de los últimos dos años, el de Fabric 55 y Man On A String Part 1 and 2: psicodelia rave con sabor a atardecer en el Magreb con vistas al Sáhara ( “Seven Present Tenses”), manipulación genética de la cadena rítmica para obtener alteraciones inesperadas en una vía de comunicación que conecta, de nuevo, a Steve Reich con Goldie ( “Manipulation”, “Touched”) y, ya en el tramo final, insólitos matices deep house, difuminados entre las sombras y los arpegios rituales, que aproximan a Shackleton a la pasión incorpórea que se comunica en muchos de los vinilos de Theo Parrish (ahí están “Katyusha” y “Wish You Better”, hasta llegar a “There Is A Place For Us”, una conclusión planeadora, en la que se desintegra el ritmo y se arremolinan los ambientes densos como si fueran dunas, y que enlaza con “Music For The Quiet Hour” para así prolongar la escucha en un gigantesco bucle, en una obra total de dos horas en la que tenemos la percepción lúcida de un artista en su mejor momento, echando el resto en un tour de force que debe contar ya como uno de los momentos más valiosas de su larga y compleja carrera. Y según se mire, incluso como el mejor, aunque sólo sea por ambición, variedad y resolución prácticamente perfecta. Este doble álbum ha llegado de la nada, sin avisar, y es hoy el único que le puede echar un pulso al apoteósico R.I.P. de Actress. Ligas mayores.

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