Music For The Reliquary House / In 1980 I Was A Blue Square Music For The Reliquary House / In 1980 I Was A Blue Square

Álbumes

Oneohtrix Point Never / Rene Hell Oneohtrix Point Never / Rene HellMusic For The Reliquary House / In 1980 I Was A Blue Square

7.4 / 10

Tras alcanzar su cumbre –provisional, esperemos– en “Replica”, que parecía un disco nacido de la más profunda soledad, Daniel Lopatin ha dedicado los meses siguientes a intensificar su trabajo en colaboración, y no sólo le ha dado un impulso decisivo a su sello Software fichando a jóvenes talentos de la arqueología electrónica con un matiz pop como Napolian, Slava o Megafortress –y otros no tan jóvenes, y bastante más ruidosos, como Blanck Mass y Carlos Giffoni–, sino que ha dado el paso de dividir su responsabilidad con artistas de alto nivel en proyectos compartidos. Uno es el que le vincula al enorme Tim Hecker –habrá álbum antes de final de año y un concierto de presentación en octubre en el festival Unsound de Cracovia–, y que imaginamos que será de carácter planeador y tétrico; el otro es este disco a medias con Rene Hell, uno de los pocos músicos electrónicos contemporáneos al que se le puede considerar alma gemela de Oneohtrix Point Never.

Este split no es una colaboración mano a mano, pero sí que parece claro que la idea conceptual del vinilo sí ha corrido a cargo de los dos artistas, que se han puesto de acuerdo en maximizar los puntos de unión para darle a las dos caras un valor homogéneo –que le haga llegar a más gente con un discurso estético más valiente–. La cara de honor del disco se la queda Oneohtrix Point Never, que firma su pieza más extensa, violenta y variable en los 22 minutos de “Music For The Reliquary House”, un asalto sónico compuesto originalmente para una instalación / performance del artista Natan Boyce en el MoMA de Nueva York y que, si no nos hubieran dicho que lo firma él, inmediatamente habríamos identificado como algún antiguo trabajo de música aleatoria computerizada de raíz techno como los que Pita o Farmers Manual editaban en los primeros años del sello Mego –y fuertemente inspirado en trabajos aún más antiguos de Xenakis o los contenidos en la serie “Computer Music Currents” del sello alemán Wergo–. Lo que parece un comienzo suave, con samples vocales dispuestos de manera cacofónica pero rítmica, va avanzando hacia el más puro caos a medida que se infiltran sintes crudos, ráfagas de ruido y ritmos tribales, en fases divididas por silencios tensos y acoples digitales molestos. Es un Oneohtrix Point Never alejado de su sonido planeador / naïf de “Rifts” o “Retunal”, y que profundiza por fin en su vertiente más violenta, hoy todavía explorada a medias.

En el otro lado del vinilo aguarda Rene Hell, otro enfermo de los sintetizadores analógicos que aprovecha la oportunidad del sello NNA Tapes y este split para, también él, indagar por nuevos caminos y espacios sonoros. Su composición, “In 1980 I Was A Blue Square” –dividida en cinco movimientos: “Meta Concrete”, “Quelque Terreur”, “Prelude To The Bridge”, “Variation In C” y “Bl, Qs”– comienza con un piano dócil, más new age que impresionista, que rápidamente suena sepultado por un enjambre de sintetizadores afilados y granulados que entran y desaparecen, tapando o mostrando nítido el fraseo simple de piano, como si fuera un encuentro insólito entre Erik Satie y Morton Subotnik. El progreso de la música, sin embargo, es todavía más inesperado, con el despliegue de cuerdas tristes de la segunda parte –ese tipo de cuerdas que suenan en muchas intros y conclusiones de canciones de Sigur Rós, y que él mismo se había negado en su álbum “The Terminal Symphony”– y el piano en estructura circular de “Prelude To The Bridge”, donde Rene Hell adopta el lenguaje minimalista de Terry Riley con, otra vez, el recurso de la invasión de ruidos analógicos mientras por debajo se siguen construyendo las melodías circulares (la referencia a Terry Riley se prolonga en el título de “Variations In C”, aunque a efectos estéticos suene más como una pieza ambient elevadora al estilo de Brian Eno), y así hasta acabar con la miniatura de piano y electrónica, muy Baladamenti, que se extiende durante dos minutos tristes y redondea un trabajo valiente en el que dos músicos con trayectoria, estilo definido y un público fiel, se plantean voluntariamente salir de su lenguaje habitual y jugárselo todo a la carta experimental. La apuesta, como se puede comprobar, les ha salido muy bien a los dos.

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