Music For Real Airports Music For Real Airports

Álbumes

The Black Dog The Black DogMusic For Real Airports

8.3 / 10

The Black Dog  Music For Real Airports SOMA RECORDS

A ustedes mis batallitas seguro que les tocan un pie –y bien que hacen–, pero para empezar este texto no se le ocurre a uno mejor manera que rescatar algunos recuerdos personales de la memoria. Sería el año 2000 o 2001, un mes de agosto, en el aeropuerto de Bruselas: el silencio era absoluto incluso siendo primera hora de la tarde; tan espeso era ese silencio que más que un lugar tranquilo parecía aquél un espacio siniestro, algo así como un escondrijo de crímenes y maldad. ¡Incluso los niños estaban callados! Por un momento podía pensarse que ese silencio sepulcral y antinatural del aeropuerto de Bruselas era un reflejo de lo más gris y burocrático de la ciudad, pero con el tiempo lo más oportuno siempre ha sido pensar que aquello era una anomalía propia de un relato de Stephen King: el aeropuerto mudo, hiriente oxímoron pues el aeropuerto, ya se sabe, es también uno de los lugares más bulliciosos en los que se puede estar –y más si es en hora punta y el aeropuerto es internacional, como en aquel caso–. Y da la impresión de que los refundados The Black Dog –Ken Downie y los hermanos Dust, reverdeciendo el laurel del antiguo “Bytes” (Warp, 1992)– han pasado por un trance similar, el que consiste en no rendirse al glamour y la batahola del aeropuerto así en abstracto y, sobre todo, en percibir un halo extraño en ellos. En su relación histórica con la música electrónica, el aeropuerto siempre ha sido un espacio para el relax y la ensoñación –gracias a “Ambient 1: Music For Airports” (1978), de Brian Eno–, pero este disco apela a una lógica muy distinta: los aeropuertos son otra cosa. Una cosa turbia, añadiríamos. O, como dejó dicho Douglas Adams en su novela “Iras Celestiales”, no es ninguna coincidencia que ninguna lengua de la Tierra haya producido nunca la expresión “tan bonito como un aeropuerto”.El título “Music For Real Airports”, por tanto, hay que leerlo enfatizando mucho el “real”. No es un tributo al disco de Eno, como pudiera parecer a simple vista echándole un ojo a la portada o entendiendo de manera parcial el epígrafe, sino todo lo contrario: ellos –y diría que con razón– parten de la idea de que los aeropuertos no necesitan música que los naturalicen a modo de hilo musical desestresante, sino todo lo contrario: música que enfatice la artificiosidad de su arquitectura y su diseño. Por supuesto, hay aeropuertos de muchas clases. El de Heathrow, en Londres, es un caos de moqueta verde y olor a moho insoportable. El JFK de Nueva York es piso azul y bloques de cemento, y desde que se inaugurara la nueva terminal, las antiguas dependencias de Barcelona-El Prat son una extensión cobriza desierta y sin vida. Como lugares de paso, son inhóspitos y tediosos –amén de caros– y nadie en su sano juicio querría un muzak como el de Eno, un piano fragilísimo que golpea con la bella y suave constancia de una lluvia de primavera contra un cristal: de un aeropuerto se quiere salir rápidamente, sin mirar atrás, sin guardar buenos recuerdos. Al menos, es el caso de quien firma aquí abajo. También parece ser el caso de The Black Dog.

“Music For Real Airports” es, no podia ser de otra manera, un disco ambient. También es arte sonoro, pues el álbum es en realidad la extensión material de una instalación multimedia que recogía toda la idea antes expuesta: de que los aeropuertos son una fea abstracción arquitectónica sin mística y que la música que mejor les puede servir de banda sonora es una desasosegante, que corte la respiración. Musicalmente, es quizá el disco más convencional de toda la historia de The Black Dog –incluyendo la primera etapa, en la que Downie formaba equipo con los dos chicos de Plaid, y también la segunda, centrada en un revival bien enfocado del viejo intelligent techno de Warp–, y es convencional porque se limita a ser una sábana blanca sobre la que ellos tejen –o destejen– sonidos de fuentes muy diversas y texturas básicamente exentas de percusión. Cuando el beat aparece – “Future Delay Thinking” es el primer tramo abrupto del minutaje–, éste se transforma en un 4x4 techno, altamente polucionado y sin velocidad de galope, pero lo suficientemente enérgico como para levantar por los aires un álbum que en los minutos anteriores estaba siendo especulativo y espectral. Pero si en vez de un beat techno The Black Dog hubieran optado por el latido constante y cardíaco del dub, no andaría el resultado demasiado lejos de aquella escena illbient del Nueva York de mediados de los 90 – DJ Spooky, Byzar, We™–, porque “Music For Real Airports” tiene también esa contaminación sonora extraída del trasiego urbano. Aquí no son cláxones de taxis ni el sonido de verjas que se suben y se bajan, pero sí fragmentos fantasmagóricos de voces por megafonía, maletas que golpean contra la cinta de transporte, rebaños humanos que vagan por los pasillos, cafeterías y escaleras mecánicas. Ese aeropuerto a pleno rendimiento que, aunque nos resulta próximo, también nos es un espacio hostil.

Así pues, el disco es convencional porque recuerda a sonidos ya conocidos, pero eso no quiere decir que el disco no sea excepcional. Porque lo es. En un momento en que la palabra ambient va asociada a cuerdas y pianos, o a flujos de texturas dulces, o a ruido en cascada, un disco de ambient tan sutil y desasosegante –en forma y mensaje– es toda una anomalía merecedora de aplauso. No es la reinvención del ambient-house a la manera de The Orb y Global Communication, pero sí es un giro hábil de unos pocos grados en la dirección contraria. Es música ambient llena de duende, de miedos y de impresiones que no son lo que parecen, un disco tan poblado de ruidos familiares e indeseados –ya sean sintetizadores modulares o familias que comen– que nos resulta, casualmente, desconocido y apetecible. De haberse publicado hace quince años, sería un clásico. Habiéndose publicado hoy, “Music For Real Airports” debe optar a otro título: el del definitivo manifiesto anti-Eno. Porque respetamos a Eno, sólo faltaría, pero era necesario que alguien le diera la vuelta a su tesis y nos dijera que, entre tomar un avión o quedarse en el sofá de casa, la duda ofende.

Javier Blánquez

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