Music For Keyboards vol. 1 Music For Keyboards vol. 1

Álbumes

D'eon

8 / 10

En la música que hasta ahora había venido ofreciendo Chris D’Eon se podían localizar un rastro místico –casi new age– que flotaba entre las notas de sus temas, pero que nunca era lo suficientemente dominante como para catalogarle como un productor de nueva música planeadora. En “Palinopsia” ( Hippos In Tanks, 2010) resultaba más fuerte la influencia del art-disco, vía Arthur Russell, y de la psicodelia electrónica, todo ello aderezado con unas suaves dosis de world music aprehendida en su retiro espiritual en las faldas del Himalaya, donde estuvo enclaustrado en un monasterio budista antes de regresar a su Canadá natal hace dos temporadas. La historia oficial de D’Eon, al menos a efectos musicales, la conocemos a partir de ese momento: tras volver a América, como John Rambo de Vietnam, editó este álbum antes citado en Hippos In Tanks, luego participó en un split con Grimes y para verano proyecta “LP”, su segundo álbum. Pero D’Eon, como Sherlock Holmes en la novela de Jamyang Norbu, tuvo unos años perdidos en el Tibet que no habíamos podido llegar a escuchar hasta ahora y que, en forma de mixtape de descarga gratuita, a modo de anticipo de “LP”, ahora aparecen en la forma de “Music For Keyboards vol. 1”, que podría ser un disco de música para piano pero que, en realidad, es música para sintetizador según la tradición ambient.

Esto quiere decir que las piezas aquí incluidas, hasta un total de 14 –y numeradas de una forma que hace pensar en que son rescates de un archivo de más de un centenar de composiciones– siguen una pauta deslizante, nebulosa, largas notas de sintetizador aéreo que inducen a la calma. Esa tenue frontera que existe entre el ambient según Brian Eno y la new age según Steve Roach es la que bordea con precisión de equilibrista D’Eon en esta colección de paisajes compuestos entre 2003 y 2012, y que en su mayoría deben haber sido terminados en sus años de meditación y Tantra en el monasterio budista en el que estuvo estudiando durante casi una década. La música, por tanto, va dirigida precisamente a esa función, la de adornar un espacio de animismo y meditación, de calma espiritual acompañada del olor del incienso y que responden a la perfección a la idea de D’Eon como un hippy de nueva generación que, por una cuestión más filosófica que estética, ha abrazado las formas de la new age.

Conociendo su producción oficial de los últimos dos años, sorprende una inmersión tan profunda en el lenguaje de la ‘discreet music’, tal como la definió una vez Brian Eno. A D’Eon lo conocíamos como un heterodoxo del pop contemporáneo –un hipnagógico, o sea, más interesado en seguir los pasos de James Ferraro que de escribir discos para poner a enfermos de cáncer terminal– y no había noticias de esta personalidad evanescente a menos que se hubiera seguido con regularidad la actualización de su cuenta de YouTube, donde este material empezó a aflorar hace unos meses. “Music For Keyboards vol. 1” es perfecta música de fondo, música decorativa según la idea primigenia del ambient, y de hecho sus referentes son exclusivamente de los años 70s –y principios de los 80s, la época de máxima producción e incidencia de las corrientes new age americanas en sellos como Hearts Of Space o Celestial Harmonies–, lo que significa que sus influencias son tanto las de la serie “Ambient” de Virgin, más cerca del Harold Budd de “The Pavilion Of Dreams” (1978) o Laraaji, que de Eno, aunque aún más en sintonía de sintesistas que pretendían describir la grandiosidad del desierto o la magnitud de las cordilleras, como Robert Rich, Kevin Braheny o el alemán Deuter si le desprendemos del aroma hindú y de las partes de flauta.

“Music For Keyboards vol. 1” puede ser una escucha indigesta y odiosa para quien no haya comprendido aún que el sintetizador como instrumento de calma e hipnosis, como un agente místico, ha vuelto con fuerza a la actualidad de la electrónica underground, para quien no quiera ver la innegable huella de la new age –sin ironía, pero también sin apelmazamiento innecesario– en ese pop hipnagógico que tiene mucho de onírico pero poco de pop. Pero aceptada la coyuntura, y abandonado el prejuicio, estos bucles gentiles de D’Eon, esos sonidos como de piedras arrojadas al fondo de un pozo, esas olas sintéticas como los círculos concéntricos de un lago japonés sobre el que ha empezado a llover –y que recuperan otros nombres pretéritos como Michael Stearns, Tim Clark, Michel Rubini o la Constance Demby menos ampulosa, pero sobre todo la plenitud planeadora de Iasos–, transmiten otra idea importante: despojado de la carga negativa que ha tenido que soportar la etiqueta, “Music For Keyboards vol. 1” puede reclamar el título de mejor disco new age de los últimos años.

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