Mothertongue Mothertongue

Álbumes

Nico Muhly Nico MuhlyMothertongue

6.5 / 10

Nico Muhly Mothertongue BEDROOM COMMUNITY

A Nico Muhly le sucede como a su compadre Valgeir Sigurdsso n, que es mucho más conocido por sus colaboraciones que por sus discos propios. Su problema reside, claro, en las compañías que escoge: este oriundo de Vermont ha escrito orquestaciones para Björk, Antony & The Johnsons, Rufus Wainwright, Bonnie "Prince" Billy o Sam Amidon, es responsable de la música incidental en películas como "El ilusionista" o "Rebobine, por favor" y, sobre todo, ha sido la mano derecha de Philip Glass durante los últimos diez años, tanto en directo como en estudio. Además de todo eso, aún le queda tiempo para dirigir un sello (el exquisito Bedroom Community, a medias con Sigurdsson y Ben Frost) y para grabar discos en solitario: un auténtico workaholic, como pueden comprobar. El primero de estos discos, " Speaks volumes" (06), era de una sencillez desarmante, una colección de pequeñas piezas de cámara, gobernadas por ese minimalismo circular y acumulativo que tanto le gusta al tito Glass: ya saben, melodías repetitivas que van chocando entre sí, deformándose como ondas de agua en un estanque. Cada una de esas piezas era un ejercicio de calma y contención, en el que se explotaban los recursos del pequeño formato (nunca sonaban más de dos o tres instrumentos a la vez, la electrónica se reservaba para enrarecer las atmósferas) desde una perspectiva hipnótica y meditativa. Por lo menos hasta que llegaba la última pieza del disco, "Keep in touch", que buscaba apoyos en la voz de Antony (convenientemente tuneada con, ejem, auto-tune), para saltar hacia terrenos más extraños y barrocos. Y precisamente en ese terreno es donde planta sus pies " Mothertongue", un disco compuesto por tres largas suites, que desde el principio muestra su vocación extravagante. La primera parte, "Mothertongue", mezcla madrigales, arreglos exuberantes de cuerda, minimalismo clásico (de nuevo la herencia de Glass), electroacústica de grano grueso y detalles de electrónica. Se nota que Muhly disfruta revolcándose por fronteras imposibles, encajando a martillazos convenciones de distintos géneros: no sólo reconoce que es raro, es que además se regodea en su rareza. La segunda suite abunda en estos registros, reduciendo el entramado musical a teclados, voces y trombones, que dan al conjunto un raro acento medieval. Sólo al final de la última suite, "The only tune", y tras despachar algunos de los momentos de mayor desasosiego del disco, se alcanza algo parecido a la "normalidad", cuando aparecen la voz y la guitarra de Sam Amidon para abrazar un folk ribeteado de arreglos electrónicos. Un único respiro en un álbum denso y difícil de escuchar, pero que también esconde recompensas para los valientes que se atrevan a pulsar el botón de play. Es, como dice un conocido mío, de esas cosas que "te abren los oídos".

Vidal Romero

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