Moth / Wolf Cub Moth / Wolf Cub

Álbumes

Four Tet Four TetMoth / Wolf Cub

8.1 / 10

Four Tet + Burial  Moth / Wolf Cub

Hace poco comentaba con un conocido la esquizofrenia en la que se está convirtiendo esto de la compra (física) de discos: ahora mismo la mejor manera de promocionar un compacto o un vinilo es colocar las etiquetas “limitado” o “muy pocas copias” en la descripción del producto para que los aficionados saquen a relucir la Visa con la celeridad de un pistolero a sueldo. Esta estrategia, que es común a casi todos los mail-order que en el mundo moderno son ( Boomkat, Norman Records, Smallfish, Other Music, Bleep), está significando un curioso desplazamiento en el valor de un disco; ya no importa tanto el contenido musical como el objeto en sí mismo. Cosa que en el fondo es una postura razonable: (casi) todos los discos del mundo están ahí fuera a un golpe de ratón, vía Rapidshare, Soulseek o iTunes, así que puestos a tener una colección de discos “de verdad”, al menos que sean bonitos. Tan razonable, de hecho, que esa postura no es exclusiva de los indies; las multinacionales también se pliegan a esta idea cuando ofrecen “ediciones especiales” de ciertos lanzamientos (el babel de formatos diferentes que se ha desplegado para el “No Line On The Horizon” de U2 es el mejor ejemplo posible), pero en el universo de los sellos minúsculos y los artistas pequeñitos esta manera de actuar suele llevar aparejada una cierta “intención” estética ( packagings realizados a mano, formatos extravagantes) o especulativa, la promesa de que ese artículo tan limitado valdrá “cien veces” más en un futuro no demasiado lejano. Siempre que en ese futuro alguien se acuerde de aquel artista, que ya es mucho suponer. O siempre que sigan existiendo tocadiscos y lectores de CD, que eso tampoco está tan claro.

Toda esta parrafada viene a cuento del fervor consumista con el que se ha recibido este misterioso vinilo del que hablamos hoy, y que viene firmado a medias por Burial y Four Tet. Ya les voy diciendo que no es un artefacto bonito: funda negra, galleta negra, vinilo negro, sin información, sin dibujitos, apenas una pegatina con el código de barras para confirmar que sí, que lo que uno sujeta entre las manos es la referencia número 6 de Text, el inconstante sello que dirige Kieran Hebden. La intención estética, desde luego, se puede desechar. Así que habrá que asumir que el interés principal de los compradores es especulativo y que, de aquí a unos meses, tan minimalista objeto multiplicará su precio en los mentideros de eBay. Así que la pregunta es: ¿merece entonces la pena gastarse los euros en el artefacto? Y la respuesta es que sí: a fin de cuentas, tanto Burial como Four Tet son de esos artistas que manejan mundos propios, que construyen sus temas a partir de lenguajes reconocibles. La clase de artistas que, cuando trabajan codo con codo junto a tipos tan válidos como ellos (y siempre que no se produzca una batalla de egos), pueden llegar a producir discos brillantes, que trasciendan el lenguaje de las partes implicadas para encontrar algo nuevo.

Eso es exactamente lo que sucede con “Moth”, nueve minutos de gozo en ascensión, construidos a partir de una base de UK garage, sobre la que van adicionándose capas de sonido: una onda senoidal, fluida y eléctrica, una gaseosa progresión de acordes, campanitas esparcidas por las esquinas, samples vocales de una diva house, retazos melódicos, tocados con dos deditos en algún sinte desafinado, que aportan un curioso aire a IDM primigenia. Un puñado de elementos, en fin, con los que moldean una pieza oscura y extraña, teñida de nostalgia. “Wolf cub”, en la otra cara, tiene más visos de estar construida a medias y a distancia, con los dos productores mandándose el tema por correo para que el otro añada pistas y detalles. Así, si el ritmo de 2 step quebrado que sustenta el tema es claramente un aporte de Burial (esa paleta de sonidos es reconocible entre un millón), las abarrotadas percusiones metálicas, con ese aire tan característico a gamelan desencajado, llevan la firma de Four Tet. Y si el primero ocupa el fondo de la mezcla con sus atmósferas desilachadas, si deja caer (también esta vez) los suspiros de una diva a pinceladas, el segundo esparce floraciones de armónicos aquí y allá. Al final, se trata de dos maneras de colaborar tan distintas como válidas, dos ensayos que demuestran la versatilidad con la que pueden llegar a trabajar estos dos tipos. Sólo queda confiar, viendo los excelentes resultados, en que la colaboración no se quede en un capricho aislado: queremos más, y lo queremos pronto.

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