Tú Nunca Morirás Tú Nunca Morirás

Álbumes

McEnroe McEnroeTú Nunca Morirás

9.1 / 10

McEnroe Tú Nunca Morirás SUBTERFUGE

Escriben canciones en las servilletas de cafeterías desiertas y se enamoran de chicas que visten camisetas rotas de los Smiths. Encapsulan un fracaso amoroso en cuatro deliciosos minutos de pop moribundo, te prometen la inmortalidad a base de surcos en el edredón y disparan versos dibujados (a rompehielo) en el Ártico. Admiradores del aullido crepuscular de Nacho Vegas, del elegante folk cortavenas de La Buena Vida (al frente del pop tristón nacional a base de apagar pequeños incendios existenciales) y del lado moribundo y más digerible de Sr. Chinarro, McEnroe ha afilado todas esas palabras (“que al final se nos clavan”) para firmar una obra maestra del género: “Tú Nunca Morirás”, una oda al amor no correspondido, a la vida que no elegimos, a los ratos rotos, a la canción más triste del mundo.

Pero, ¿de dónde salen McEnroe? Para empezar, son cinco chicos de Getxo (Vizcaya) que empezaron siendo cuatro (los hermanos Guzmán, Jaime y Eduardo, Gonzalo Eizaga y, como cabeza visible, Ricardo Lezón; a los que se sumó más tarde Pablo Isusi). Por entonces (corría el año 2002) firmaban maquetas bajo sugerentes aunque devastadoras proclamas ( “Apaga El Día Y Me Quedo”) que acabaron por colarse en las salas de cine (Pedro Mari Santos incluyó dos de los temas de “Apaga El Día Y Me Quedo” en su primera película, “Agujeros En El Cielo”). Y, como la cosa funcionó, tras montar su propio sello, Un Hombre Encantador Discos (cantadísimo el homenaje al clásico de The Smiths), editaron un primer y demoledor álbum ( “El Sur De Mi Vida”) que sentó las bases de su pop autodestructivo pero que no circuló más allá de su ya por entonces amplio grupo de amistades (virtuales y no virtuales). Entre ellas, Miren Iza, otro nombre del pop (rock, en su caso) de callejón sin salida, la abajo firmante de ese bizarro proyecto de raíz americana al que llamó Tulsa, que acabó siendo su pasaporte a Subterfuge y la responsable de que, cuatro años después, su segundo largo, un mucho más maduro y ecléctico “Mundo Marino”, llegara a las tiendas, convirtiéndose en el debut oficial de la banda.

Y tan sólo un año después, y bajo el manto de Abel Hernández (responsable de El Hijo y, antes de eso, en Migala, y ahora productor del álbum) vuelven a la carga con un gigantesco álbum de susurros y malos tragos, tormentas y calma confusa, incrédula, desengañada. Nueve cortes en menos de tres cuartos de hora de una intensidad lo-fi especialmente apta para amantes de la autocompasión, el pateo de piedras, el qué-demonios-hago-yo-aquí rodeado de las ruinas de uno mismo que arranca de la mejor de las maneras posibles con una de esas canciones que se arrastran y piden cualquier cosa de rodillas: “Los Valientes”, cuatro minutos de carta de amor de galope pegadizo (y no son Pauline en la Playa, sino algo mucho más grande) con promesa de muerte incluida en los que ni sobra ni falta un gramo de autodestrucción. “El Alce” tiene esa belleza bizarra de lo tristón embutido en traje de domingo, más “un segundo de compasión” para el chico que escribe canciones en servilletas. La áspera rendición de “Las Tormentas” va y viene, como la marea que se estrella contra el faro que se mantiene en pie junto a la orilla. Destruye. Las noches largas de violines a punto para el ocaso de “Tú Nunca Morirás” son simplemente un golpe bajo (ahí Miren Iza se apunta un tanto a solas). ¿Más? Pues sí. Porque “Los Veranos” abre con su aire étereo la segunda mitad del álbum, que avanza (a través de la camiseta rota de los Smiths de “Cuando Suene”, el delicioso dueto crepuscular Lezón-Iza de “La Noche De San Juan” y el desahogo de “¿Por Qué Combatimos?”) hacia lo apocalíptico, hacia un paisaje rudo y sereno (dibujado en “Naoko”, el corte que cierra, por el productor de ambient francés The Folding & The Point), casi de western. Un western de sheriff al borde del desarme existencial, abandonando el poblado maldito sin volver la vista atrás. Lo dicho, una pequeña obra maestra del género hundido.

Laura Fernández

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