Moodymann Moodymann

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Moodymann MoodymannMoodymann

7.5 / 10

Mientras plumillas y reseñadores nos empeñamos demasiado a menudo en aplaudir cualquier atisbo de innovación y buscar permanentemente la originalidad, muchos músicos y productores se ríen abiertamente de intelectualizaciones y análisis para concentrarse en ser simplemente fieles a su propio espíritu y tradición. En Detroit hubo un momento en que inventaron el techno, pero hace tiempo que viven de su propia historia, reinventándola y ampliando su alcance, y no hay nada malo en ello: ahí están Omar S., Kyle Hall, Jay Daniel o MGun alargando aún más la casi infinita sombra de su influencia sin necesidad de romper ningún esquema ni adaptarse a imperativos del mercado.

Kenny Dixon Jr. es uno de los detroitianos ilustres que lleva más de 15 años mofándose de las modas y las tendencias mientras sigue creando escuela como Moodymann. De hecho, la sensación es que Dixon se ríe siempre de todo y de todos, empezando por él mismo; de otra manera no se puede entender la portada de su nuevo álbum, tan feísta que acaba molando: un Kenny botella en mano, camiseta imperio y peinado afro rodeado de esculturales groupies se le suben por la pernera y se tumban en la curva de su barriga cervecera. El espíritu guasón y libre define también el contenido, que, eso sí, por suerte, sube mucho el nivel de exquisitez y buen gusto del envoltorio.

Uno de los aspectos que más molan de “Moodymann” es que se salta varias normas, siguiendo la tradición de Dixon de hacer siempre lo que le da la real gana. De entrada, se había anunciado que el disco se iba a titular “ABCD: The Album” y que iba a contener 12 tracks. Al final son 27 (80 minutos de música) y no hay título. Dixon recupera varios temas que ya se habían publicado antes, como “Hold It Down” (en el mini-LP “Picture Disc”, del 2012) o la espléndida “I Got Werk” (del maxi “Why Do U Feel”, del mismo año) y además en varios momentos repite la cantinela de “Freeki Muthafucka”, primer tema del LP “Det.riot”, del 2008, que vuelve a aparecer en una nueva versión hacia el final del álbum. Otro momento muy freak lo marca la sorprendente versión de “Born To Die” de Lana del Rey, que, aunque parezca un poco de chiste, acaba mejorando la original montando la voz sobre una base lenta y cósmica para imprimirle después un irresistible ritmo deep house marca de la casa. Más salidas de tono: los casi 12 minutos de “Sloppy Cosmic”, excelente tema cinemático de jazz-funk-blues a lo Gil Scott-Heron que, efectivamente, desentona con el resto del álbum (construido a base de temas más cortos e interludios sobre su ciudad; algunos de ellos bastante hilarantes, como “How Do U Get 2 Detroit”) pero en realidad da igual, porque es muy temazo y porque así es como se las gasta Dixon. Y así es como le queremos.

De todas formas, a pesar de sus cambios de ritmo, versiones imposibles y caprichos, “Moodymann” no se aleja apenas ni un milímetro del libro de estilo clásico de su autor: mucho funk tórrido, deep house hipersensual y minimalista, espíritu soulful, voces bañadas en delay, humor vacilón y apuntes de jazz, disco y hip hop. Incluso también con algún guiño al pop negro y mainstream, como en “Lyk U Use 2”, cantada por Andres (el del hit de deep house “New For U”), que no desentonaría en un disco de Outkast o Gnarls Barkley. Respeto por la tradición, caradurismo y sonido sexy; o sea, todo bien.

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