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Wooky WookyMontjuïc

7.8 / 10

Albert Salinas se lo ha tomado con calma. De sus primeras producciones furtivas al planchado de su primer EP, que en la práctica resultó ser generosamente extended, pasó el tiempo que tuvo que pasar para que las cosas quedaran bien. Hubo maquetas, hubo escuchas intensivas de discos, horas de trabajo en una tienda especializada y la promoción de un pequeño festival, Lapsus, en el que se pudo ver por primera vez en Barcelona a monstruos de la IDM contemporánea como Kettel alternando con jóvenes valores de la escena barcelonesa. Y con la misma paciencia ha discurrido el tránsito del maxi al álbum: “The Ark” apareció en 2010 en su propio sello, también llamado Lapsus (Records), iniciativa doméstica, de dedicación casi artesanal, que sigue editando poco pero siempre bien -tuvo un apéndice un año después en forma de picture disc con remixes de bRUNA, Pablo Bolívar y los foráneos Gros y Point B-. Tres años es un periodo lo suficientemente largo como para caer en el olvido o perder comba, algo que en estos tiempos debería observarse como un acto de imprudencia, pero la ventaja con la que cuenta Albert -en adelante Wooky- es que su música parte de una idea ya atemporal de la electrónica. Una observación severa le recluiría quizá en el compartimento estanco de lo ‘retro’, entre los nostálgicos de la escuela británica de principios de los 90. Pero un examen igual de severo permitiría demostrar que Wooky no es un simple imitador de la primera referencia de Warp que pase por delante, y que su música no se aparece como mera una fotocopia de tiempos mejores. Más bien sería un eco.

Este equilibrio entre ventajas y debilidades es el que intenta mantener Wooky sosteniéndose en una cuerda posiblemente demasiado floja. Un hándicap podrían ser las influencias: son demasiado transparentes, demasiado honestas, empezando por The Black Dog y Orbital y continuando la actual escena IDM que prima el fulgor de la melodía por encima de la complejidad en los arreglos. Wooky no parece interesado en lanzarse al baile, aunque tampoco se conforma en cuatro texturas para salir del paso. Construye cada track como si fuera una canción -con una estructura en desarrollo y una melodía cuidada-, pero también como un laberinto en el que la salida se adivina a lo lejos: demasiado complicado para tiempos simples, y demasiado poco divertido para un mercado, el electrónico, en el que cada vez escasea más el público exigente. Pero si eso son desventajas, a la vez se vuelven virtudes. Al armar su debut sobre cimientos sólidos, “Montjuïc” se muestra tan familiar y rocoso como la montaña barcelonesa de la que toma prestado su nombre: por ejemplo, el intervalo ambiental de “Inner Maristany”, en el que flota un sample vocal, recuerda poderosamente a “Forever”, el corte inicial (y no demasiado conocido) de “Snivilisation” de Orbital. O alterna ritmos astillados ( “Thalassa”) con electro acuático como el de “Inheritance I” (muy Drexciya) para luego pasar a los beats de techno onírico ( “Recurrent Dream”). Esa tendencia es férrea, se mantiene hasta el final en un recorrido corto que deja con ganas de una prórroga, donde se conjura el pasado para dar sentido a un presente donde lo importante no es la nostalgia, sino seguir soñando con el futuro. Es cierto que son tiempos poco soñadores, pero Wooky se resiste a la derrota. El primer disco electrónico español del año cumple con honra, oficio y pasión.

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