Montauk Variations Montauk Variations

Álbumes

Matthew Bourne Matthew BourneMontauk Variations

7.4 / 10

Si decíamos hace dos días que estamos viviendo un momento de plenitud y efervescencia creativa en el ámbito del piano, sea cual sea su variante, hoy volvemos a rendirnos a la evidencia con el lanzamiento de “Montauk Variations”, el segundo disco del compositor y músico británico Matthew Bourne, uno de los fichajes estrella de la temporada del siempre atinado sello The Leaf Label. A diferencia de otros coetáneos como Nils Frahm, Peter Broderick o el propio Max Richter, Bourne proviene de las esferas más académicas y prestigiosas del jazz, ámbito en el que se ha movido con sutileza, elegancia y mucho conocimiento de causa en los últimos diez años, y es ahora, cuando ya tiene una reputación forjada y bien labrada en un hemisferio bastante distinto de la neoclásica, cuando decide dar el salto y adentrarse en terrenos ajenos. El proceso funciona de manera inversa, pero no por ello resulta menos brillante.

Una de las particularidades de este álbum es que se hace difícil descifrar su frontera estilística. En la primera toma de contacto uno tiene la sensación de que se trata de un disco de jazz intimista, delicado y poco dado al virtuosismo, parco en emociones, pero a medida que transcurren los minutos se difuminan sus límites para hacerlo más irreconocible. Entre el jazz, la neoclásica, el avantgarde y el minimalismo, “Montauk Variations” es el reverso tenebrista e incómodo de las grabaciones en solitario de un Brad Mehldau, pero también un complemento más que adecuado para las composiciones, más experimentales, de un Max Richter, por poner un ejemplo. En “Senectitude”, sin ir más lejos, se asoma por primera vez un chelo que aporta desgarro y tensión a la propuesta; o en “Unsung” aparece la figura siniestra del dark ambient, inesperados invitados a una fiesta de origen y perfil eminentemente pianístico que tampoco renuncia a los coqueteos y el flirteo.

“Juliet”, “Gone”, “Cuppa Tea” o “Smile”, imborrable lamento final (se trata de una versión de un tema original de Charles Chaplin), articulan la vertiente más expresiva y emocional de Matthew Bourne, y la que más le aproxima a esta hipotética comunidad de pianistas freelance –en el sentido de que no pertenecen a ninguna escena u ámbito concreto– que ya le está haciendo hueco con muy buena cara. Son precisas y dolorosas sonatas, de sabor amargo y calado profundo, que nos muestran a un pianista de jazz en busca de su propio lenguaje y, sobre todo, su propia personalidad artística más allá de los márgenes más o menos identificables del género. Y ahí, en su intención de abrir grietas y tantear otros territorios alejados del jazz, es donde estriba uno de los grandes puntos de atracción de un músico que, además de mostrarse inquieto y atrevido, anda sobrado de técnica, intuición y sensibilidad.

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