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Architecture In Helsinki Architecture In HelsinkiMoment Bends

6 / 10

Architecture In Helsinki  Moment Bends V2 / COOPERATIVE MUSIC

Hay cosas que, por mucho que uno intente encontrarle lógica, no hay manera de entender. Architecture In Helsinki, con la publicación hace cuatro años de “Places Like This”, empezaron a ver cómo les salían los disidentes de debajo las piedras y sin remordimientos –no sólo de entre sus filas con un par de abandonos, sino también entre sus fans–. Con descaro galopante, los australianos se plantearon el típico debate que tarde o temprano se saca a relucir en una reunión de encorbatados empresarios con ganas de líquido: ¿localismo o globalización? La banda optó por lo segundo y la jugada les salió rana, acabando por llevarles a un ostracismo de cuatro años solamente roto por la publicación de “That Beep”. Con la banda patas arriba, sin timón al que agarrarse –ni siquiera a Cameron Bird–, vuelven con un disco que nos hace anhelar, aún más si cabe, aquellos tiempos en los que su pizpireta pose y el caos de los vientos eran los protagonistas de su propuesta.

“Moment Bends” carece de personalidad. Y tal acusación es aún más punzante cuando todos los temas se enmarcan en ese halo ochentas de parecidos razonables dominados, más que nunca, por teclados y sintetizadores que ahogan las señas de identidad de una banda que, hace tan sólo unos años, reunía la garra suficiente como para poner patas arriba todo lugar donde se presentaran. Aunque suene a topicazo de inconformista crónico, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor (en su caso).

Los de Melbourne, a pesar de dejarnos con un sabor agridulce que no conseguimos disimular ni lavándonos la boca con salfumán, firman unas pocas piezas que, por sí mismas, se llevan en exclusividad el atractivo del que el resto del minutaje se resiente. Este es el caso de “Escapee” y sus inquietas trompas; la ya conocida “Contact High” pasada por el filtro del autotune; la resaca pseudo-disco a lo Scissor Sisters –sin bufanda boa– de “Everything’s Blue” y, por encima de todas ellas, ese “Yr Go To”que tanto podría haber firmado George Michael en sus años mozos como los últimos The Human League.

En lo que respecta al resto, el disco acaba moviéndose entre la insustancialidad más absoluta ( “W.O.W” habría cobrado sentido únicamente en manos de Kate Bush) o el bostezo perpetuo ( “Sleep Talkin’”). A los australianos les llegó el momento de poner sobre la mesa una carta: ¿a dónde quieren llegar? Si mudas tu estilo para acercarte a otro en el que no has sido invitado, lo mínimo que puedes hacer –y más, en su caso– es tener las agallas de tejer algo con la suficiente entidad como para hacernos olvidar lo que en su día fuiste.

Sergio del Amo

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