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Vampire Weekend Vampire WeekendModern Vampires Of The City

8.9 / 10

Ha pasado un lustro desde la llegada de su debut y Vampire Weekend ya no son esos cuatro recién licenciados en Columbia que enamoraron al universo indie con sus himnos ilustrados y su look à la “Take Ivy”. Cualquiera que comparta generación con Ezra Koenig, Rostam Batmanglij, Chris Tomson y Chris Baio podrá identificarse fácilmente con la cartografía vital que dibujan sus primeros tres discos, a los que ellos mismos se refieren como trilogía. Factor élite a parte, todos los que, como ellos, ahora encaren la treintena pueden verse reflejados en las etapas que capturan “Vampire Weekend”, “Contra” y, ahora, “Modern Vampires Of The City”. Si el primero fueron los días de jolgorio y despreocupación universitaria y el segundo la asimilación de que puede que el mundo no esté hecho a tu medida, con el tercero llega la verdadera toma de conciencia del paso del tiempo y la necesidad de compromisos vitales que esto implica. Traducida a las canciones, esta evolución significa dejar atrás la urgencia de las guitarras soukous, la rítmica sincopada y los estribillos eufóricos para abarcar algo más profundo, complejo y elaborado. Sirva como ejemplo perfecto de ello “Hudson”, una canción de aires góticos e instrumentación cinemática que no solo es su composición más oscura hasta la fecha sino que demuestra que su propuesta puede abarcar mucho más allá del indie-pop jovial.

El cambio de perspectiva se hace más que evidente en el nuevo enfoque de las letras de Ezra Koenig. Atrás quedan las viñetas de juventud privilegiada, las rimas poliglotas y el goteo de referencias eruditas. Lejos de esconderse detrás de la auto-complacencia y los excesos literarios, ahora los sentimientos están sobre la mesa. Koenig vive en sus carnes el tránsito a la vida adulta y el cambio de inquietudes que ello conlleva queda reflejado en las temáticas que aborda el disco. La inicial “Obvious Bicycle”, por ejemplo, se refiere a alguien que toma consciencia de su insignificancia en el mundo; “You oughta spare your face the razor / ‘cause no one’s gonna spare the time for you”, mientras que la conmovedora “Step” captura la nostalgia de tiempos pasados con frases como “ Wisdom's a gift, but you'd trade it for youth”. Esta madurez emocional también queda reflejada en las constantes alusiones a cuestiones espirituales, ya sea refiriéndose a la inevitabilidad de la muerte en “Don't Lie” (“there's a headstone right in front of you and everyone you know”) o acercándose a una materia tan poco habitual en las canciones pop como es la relación con Dios en canciones como “Unbelievers” ( “We know the fire awaits unbelievers”) o esa carta abierta al creador que es “Ya Hey”, cuyo título y estribillo juegan con la homonimia con Yahvé. Al contrario de lo que podría parecer, este trasvase temático hacia dominios elevados y las incertidumbres existenciales no implica redoblar la sofistificación sino que, curiosamente, Koenig suena menos críptico que nunca.

Algo similar ocurre en el plano musical. Por primera vez el componente africano-tropical deja de ser el hilo conductor pero esto no significa que renieguen de sí mismos. Simplemente, se realzan otros elementos que ya habitaban en su música. Los aires barrocos que sobrevolaban “M79” o “Walcott” reaparecen encarnados en el clavicordio de “Step”, los majestuosos arreglos del tramo final de “Don't Lie” o las cuerdas de “Everlasting Arms”. Las influencias cosmopolitas siguen ahí, pero esta vez llegan en forma de los aires a folk celta (a la manera de The Pogues, se entiende) de canciones como “Unbelievers” o “Worship You”. El detallismo electrónico vuelve a estar presente, ya sea para aportar sutiles pinceladas glitch en “Hudson” o, de una forma más obvia, en las manipulaciones vocales que adornan “Diane Young” o “Ya Hey”. El modo en que se usan las correcciones extremas de pitch en estas canciones da una de las grandes claves del triunfo de su propuesta; la integración de una serie de recursos que flirtean con la extravagancia kitsch pero que, destilados por la inventiva de ese hombre orquesta que es Rostam Batmanglij, acaban sonando siempre frescos y refinados. Trasladando esta idea al plano global, los envoltorios lujosos y la producción minuciosa, reflejada en detalles como las segundas voces espectrales de “Everlasting Arms” o los coros angelicales de “Young Lion”, se mantienen siempre circunscritos a lo que pide exactamente cada canción y, por tanto, alejados de la pomposidad vacua en la que suelen caer bandas que manejan códigos similares.

Pero si algo han demostrado Vampire Weekend en estos cinco años y tres discos es que no son una banda cualquiera, sino una de las más necesarias del pop actual. Con “Modern Vampires Of The City” han dado el paso más complicado y han salido reforzados; no solo han esquivado definitivamente el riesgo de encasillarse como emblemas del mal llamado afro-indie sino que han firmado su álbum -que no colección de canciones- más cohesivo, coherente y completo hasta la fecha.

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