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Álbumes

Alec Ounsworth Alec OunsworthMo Beauty

7.9 / 10

Alec Ounsworth  Mo Beauty ANTI- / PIAS SPAIN

A principios de este año, Alec Ounsworth confesaba misteriosamente estar testando canciones con nuevos colaboradores y, por lo bajini, ha acabado coronando 2009 con dos nuevos discos en la guantera. Autoeditado y bajo el nombre de “Skin And Bones”, en el primero de ellos reúne al supergrupo Flashy Python, formado por miembros de Man Man, Mazarin, The Walkmen y Dr. Dog (las tres últimas, bandas vecinas de su querida Philadelphia). El otro, grabado y lanzado prácticamente en paralelo, es este “Mo Beauty” que nos ocupa, un trabajo más medido y mimado en el que nuestro hombre da cobijo a composiciones que ha ido guardando a lo largo de su carrera, temas desestimados en su momento para Clap Your Hands Say Yeah y que tampoco han encontrado cabida en Flashy Python. Él mismo no es capaz de diferenciar entre sus tres formaciones y mezcla sin importarle los repertorios de las tres bandas en directo: todo es lo mismo independientemente de la banda de la que se rodee. Por eso este disco no es lo que parece ni suena a debut en solitario.

Más que ínfulas de temporada, hay mucho de tradición aquí dentro y la mayoría viene dictada por el hecho de haberse gestado en Nueva Orleans, testigo reciente de una tragedia que aún golpea el alma de Estados Unidos. Fascinado por el encanto de esa urbe desde que era niño, Ounsworth volvió allí recientemente para tomar consciencia palpable de las consecuencias de aquella catástrofe y poder contárselo al mundo. De inmediato, se quedó prendado de nuevo del encanto y el lamento de una ciudad “en la que la música parece manar de la gente de forma natural”. Supo entonces que aquella tierra sería el abono de su nueva vida artística, la definitiva, ésa por la que viene peleando desde la injusta lapidación a que se vio sometido por un disco tan honesto como “Some Loud Thunder”; una nueva aurora creativa que, yéndonos aún más allá en el tiempo, le resarza también de un encumbramiento hiperbólico que en 2005 le pilló por sorpresa y al que nunca ha querido plantar cara.

Allí localizó al reputado productor Steve Berlin ( Los Lobos, The Replacements), quien le propuso grabar con los mejores músicos de sesión de la zona y, ansioso por insuflar nuevos aires a su repertorio, Ounsworth supo entonces que así había encontrado lo que siempre necesitó y lo que nunca hasta este año había tenido: una banda veterana sin efectismo tendenciosos, sólida y curtida, con cara y ojos. Para que las hicieran sonar su manera, dejó sus canciones en manos de una docena de míticos especialistas en jazz, funk y r’n’b de la ciudad entre los que destacan Stanton Moore (batería de Galactic), Robert Walter (teclista de Greyboy Allstars), George Porter Jr. (bajista de The Meters) y el icono del Mardi Gras Al ‘Carnival Time’ Johnson. Junto a ellos grabó en los míticos estudios de Piety St. una colección de canciones húmedas y sureñas, dominadas por pianos, trombones, saxos y tirantes guitarras. Canciones opacas que luchan por las nuevas oportunidades y arremeten impetuosas contra cualquier conjura de los necios que se ponga por delante.

Su condimento y vestimenta es lo único que diferencia a los diez temas de este álbum de su repertorio anterior, ya que el corazón puesto en ellas y el enfoque autoral sigue siendo el mismo. La canción buscada es la que siempre ha perseguido Ounsworth, una canción frenética y lacónica que aquí se libera de todas las vergüenzas y echa a volar más atrevida y segura de sí misma. A ello contribuye la mencionada cohorte de músicos, una apabullante y clasicista sección rítmica (que parece rebotar en ocasiones en los efluvios folk-soul Lambchop), y una producción amable y atenta que coloca en el centro la que es al mismo tiempo su mejor arma y su más perpetua condena: esa voz de remolino. Los temas de “Mo Beauty” amplían la profundidad de su desencajado songwriting y redimensionan la capacidad muscular de un Ounsworth compositor empeñado en cuadrar el círculo de filias americanas que engloba a Bob Dylan, David Byrne, Bruce Springsteen y Tom Waits (ahora compañero de sello y cuyo fantasma resuena más latente que nunca).

Para rematar la gravedad de la jugada, en las profundidades del disco flota algo muy inquietante que retumba como si todo hubiera acabado contagiándose de la dolorosa nostalgia del huracán Katrina. Partiendo del conmovedor grito del primer tema (“all this ageless beauty, all this ageless beauty”), se pueden explorar oscuros rincones en “Obsceen Queen Bee 2” (respuesta a un esbozo de su supergrupo paralelo), en la torrencial “That’s Not My Home” y prácticamente en todos los temas. Siguiendo el ritmo sincopado marca de la casa, también podemos jugar a rastrear a Bo Diddley en “South Philadelphia” o emparejar la preciosa balada “Holy, Holy, Holy Moses” con el “Two Doves” de Dirty Projectors. Todo eso y más acabará mereciendo la pena cuando este disco se revele como su trabajo más primordial: aquel en el que duermen algunas de las mejores canciones que ha escrito y el que refrenda mi sensación de que con este hombre todavía ha de hacerse justicia. Un disco íntegro, tenaz y vehemente que, desgraciadamente, también pasará sin pena ni gloria por este mundo injusto.

Cristian Rodríguez

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