Mixed Race Mixed Race

Álbumes

Tricky TrickyMixed Race

6.3 / 10

Tricky Mixed Race DOMINO / PIAS SPAIN

¿Quién le acurrucó en su regazo cuando toda la prensa se abalanzó sobre su chepa para devorarle? Servidor. ¿Quién le apacigua los ánimos y le hace guardar la Uzi cada vez que alguien le recuerda “Maxinquaye”? Presente. ¿Quién rezó por él cuando los médicos le diagnosticaron un hongo estomacal? El menda. ¿Quién le dio una palmadita en el hombro cuando se metió en aguas de crossover rockista? Yo. ¿Quién le aseguró que no estaba loco cuando se hizo con un gimnasio de boxeo en París? Moi. ¿Quién proclamó que “Knowle West Boy” era un buen disco a pesar de las maldiciones de algunos? El que esto firma. Siempre he creído que Tricky es un talento que hay que defender con uñas, dientes, pestañas y orejas, si es preciso. Hasta la irracionalidad, prácticamente (nótese el prácticamente). La losa del trip hop –cuántas veces habré oído la estupidez de “Tricky, el creador del trip hop”–, el hype bristoliano y la excitación downtempo de los primeros noventa son escarificaciones que el británico no ha podido eliminar todavía de su pellejo. A estas alturas, ya es misión imposible. Siempre se le observará bajo ese absurdo prisma, lo que desacredita a golpe de prejuicio estereotipado cualquier aventurilla uptempo o cualquier fusión que vaya más allá de lo obvio: brumas, beats gordos, susurros y toda la dichosa parafernalia noventera.

Dicho esto, queda claro que su titubeante trayectoria post-trip hop no ha sido un camino fácil; ha habido grandes guijarros y pestilentes boñigas en el sendero que hemos recorrido a su vera. Entiendo, pues, que mucha gente se apeara y perdiera la fe en su errática brújula, pero no son pocos los que hasta ahora pensaban que todavía merecía la pena hundir los pies en el lodo y tropezar cuantas veces fuera necesario con tal de disfrutar de los chispazos creativos que, como pequeñas pepitas de oro, se esconden en la geología musical de Tricky. De todos modos, hay ocasiones en que resulta imposible desoír los chirridos de sus acrobacias fallidas, que son muchas y feas. Y esta vez el naufragio es insalvable. Lo cierto es que con un título como “Mixed Race”, parecía cantado que incluso los fanáticos más irracionales de Tricky tendríamos problemas para darle sentido a todo este tinglado multiétnico.

Influencias y folklore de todo el mundo confluyen en un espasmo de mestizaje y eclecticismo modernillo que, la verdad, parece hecho sin las entrañas, como para demostrar lo mucho que se deja uno empapar por otras culturas y sonidos. Y a vivir que son dos días. De ahí surgen aberraciones como “Hakim”, con Hakim Hamadouche lanzando gorgoritos arabescos sobre un beat, unos violines y ¡unos samples de ópera! Por no mencionar el vibe cabaretero retro al estilo de “All That Jazz” en “Come To Me”, como si el de Bristol jugara a ser Mark Ronson y Liza Minnelli, pero en plan fumado. Ahí queda también “Every Day”, ese desconcertante blues con ecos de los campos de algodón, harmónica, pandereta y coros esclavistas. Y cuando te estés plateando si arrojar o no la toalla, llega la puntilla con “Time To Dance”, una especie de correcalles techno-minimal rebozado de sintetizadores con fecha de caducidad superada hace varios años y un aderezo marca de la casa: es decir, él y una voz femenina susurrando sobre la base. Tampoco me convence uno de los cortes que más colonia ha cosechado por parte de la prensa. Lo siento, pero el sample de “Peter Gunn” de “Murder Weapon” –reconstrucción de un tema de Echo Minott– me parece un recurso demasiado burdo para un cerebro como el de Tricky.

Y claro, lo peor viene cuando intentas rescatar los minutos más aprovechables y te das cuenta de que los mejores pasajes de “Mixed Race” son los que abundan en el tópico del slow beat, la neblina cannábica y la asfixia bristoliana. ¿Nueve álbumes para llegar a esto? Pues sí, aunque al César lo que es del César: lo bueno, aunque poco, es bueno de verdad. El jazz espectral de “Early Bird” es Tricky en estado de gracia –puro hipnotismo nocturno–, los violines dramáticos y la guitarra de “Ghetto Stars” te arrugan la piel, el trip-pop dramático de “Really Real”, con Bobbie Gillespie ( Primal Scream) en la voz, y el gueto-grime con breakbeat jazzie de “Bristol To London” funcionan. He aquí el auténtico destilado de un álbum que se pierde en su propio eclecticismo cuando se aleja de las cloacas. Grabado en París, donde reside actualmente Adrian Thaws, “Mixed Race” es un punto de no retorno para los fans que todavía albergaban alguna esperanza de que esto se iba a enmendar. El botín es demasiado exiguo; cuatro canciones no son oro suficiente para un mercado tan abundante en pillaje. Queremos más. Mucho, mucho más.

Óscar Broc

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