Mirage Rock Mirage Rock

Álbumes

Band Of Horses Band Of HorsesMirage Rock

6.8 / 10

Los de Ben Bridwell se han rendido definitiva y brillantemente a la Americana en su esperado cuarto álbum, un “Mirage Rock” que, aunque apela al rock desde el título, ofrece luego, sin embargo, más disparos folk (folk decididamente americano) que de costumbre (el segundo corte, “How To Live” es un buen ejemplo). Alejándose de su delicado y nostálgico pop de cámara (el pop de cámara de “Monsters”) y de su a ratos musculoso pop rock de buenos chicos atormentados (“The Great Salt Lake” y todo su material que sigue la senda que han popularizado The National), Band Of Horses se entregan, por momentos, a la delicada (y melancólica) construcción de temas que, como “Slow Cruel Hands Of Time”, parecen más cercanos al lado más amable de Damien Jurado, que al de una banda capaz de componer parte de la banda sonora de una película revientataquillas (estamos pensando en “Crepúsculo” y, en concreto, sí, en “Life On Earth”). Porque, aunque el álbum se abre con un vibrante (y rockero) “Knock Knock” (lo suyo con los títulos de los primeros temas de sus discos es puro guiño; el primer tema de “Everything All The Time”, su punzante primer álbum, era, sin más, “The First Song”), no tarda en entregarse a la calma. Calma, eso sí, capaz de contener pequeños terremotos (como en la elegante y muy noir jazz de tipos duros “Dumpster World”, que arranca dispuesta a convertirse en la canción más delicada del álbum y estalla, en los minutos finales, en un hard rock con aspecto de isla más que habitable). Pequeños terremotos, en cualquier caso, puramente americanos.

La sensación a ratos es la de: Chicos, hemos llegado hasta aquí y el viaje ha merecido la pena, así que relajémonos. Al menos, lo es en “Everything's Gonna Be Undone” (en la que, literalmente, se habla de todo lo que no haremos y no importará que no hagamos) y sobre todo en la maravillosa “Long Vows”, desde ya nueva cima de la discografía de los de Seattle, que se acercan al alt-country de tipos tan especiales como el Ryan Adams de “Love Is Hell”, sólo que en versión Mark Olson. Sí, hay momentos para abandonarse al pop rock de manual ( “Feud”) y momentos para compadecerse (y, como admite el propio Ben, tirar de cliché, el del tipo con la maleta siempre a punto, aquel dispuesto a dejarlo todo, a vagar por el mundo, porque ha perdido a su chica y nada ni nadie podrá reemplazarla jamás; o eso canta en la poderosa y muy Okkervil River “Heartbreak On The 101”). Y momentos en los que unos coros son capaces de lanzar un tema del montón como “Shut-In Tourist” (lo sé, no es un tema del montón, pero podría haber sido mucho menos sin ellos) a las alturas del folk pop de etiqueta. Y luego está la ochentera “Electric Music”, que es sinónimo de juerga en un country bar de carretera (con mención a Nashville, Tennessee). O cómo pasar de la nostalgia pop de “Infinite Arms” al furor contenido de la americana made in Seattle en 11 temas y un reprise. Oh, y la producción del clásico Glyn Johns (The Beatles, Bob Dylan, Rolling Stones). Casi lo olvido. Para los amantes del folk (pop) rock americano, un must.

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