Midtown 120 Blues Midtown 120 Blues

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DJ Sprinkles DJ SprinklesMidtown 120 Blues

8 / 10

DJ Sprinkles  Midtown 120 Blues MULE MUSIQ

Terre Thaemlitz busca, con su nueva entrega bajo este pseudonimo, reivindicar algo que cree se ha extraviado en estos últimos tiempos; el auténtico house neoyorquino. El recitado de “Midtown 120 Intro” es una auténtica declaración de intenciones. En estos tiempos en los que un montón de artistas te están embotando la cabeza con su idealización de lo que fue esa escena de la Gran Manzana, DJ Sprinkles te va a conducir a los abismos del deep house, lo que se oía en las pistas vacías de los menos recomendables clubes gays del corazón de Manhattan a principios de los -¿lejanos?- años noventa.

Eso es lo que pone en la hoja promocional. También pone que el album no le hará especial gracia a esos jóvenes DJs que trituran beats y estribillos de moda del software de su laptop y tiene razón. Lo de Sprinkles no es un proyecto bufo como lo pudiera ser The Soft Pink Truth, si no algo más sentimental como Soul Center de Thomas Brinkmann. Muchas veces suena a angustia y soledad. Con esa masterización sin compresión que luce el trabajo los beats consiguen un dramatismo muy alejado de la purpurina que lleva asociado el house hoy en día, residiendo ahi el encanto de la obra. Veamos el caso de “Grand Central”, que con dos partes que ocupan 21 minutos en el album –una propiamente house, aunque crepuscular y la otra, de ambient-, se convierte en el tema principal de la obra –remarcado por la edición de su primera mitad en formato 12”-. Se trata de un homenaje al espíritu marginal relacionado con los orígenes de esta música. Algo oscuro, sensual y prohibido. Construído a base de capas, con bajos electronicos profundos, sonidos de palmas, un muestreo de una voz, quizás un piano, el sonido evocador de los viejos sintetizadores y cajas de ritmos…tan respetuoso –siempre a 120 bpm- que, ciertamente se puede decir que es un bello ejercicio de nostalgia, más que un homenaje.

Asi que desengáñate, el house no es algo universal. Una zona de una ciudad en concreto y un pequeño círculo de gente pueden ser el origen de un sonido. De esa particularidad habla este disco. De los recuerdos de la llegada a Nueva York de Terre Thaemlitz y sus primeros sets como DJ en el Sally’s II o el Club 59, cuando el deep house era estríctamente ritmo y aun quedaba para que Madonna metiera sus garras en él. Otros tiempos; ni mejores, ni peores.

Alberto Rahim

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