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8 / 10

A la espera de que el globo nos explote en la cara el próximo 21 de diciembre, 2012 pasará a la historia como el año en que el Apocalipsis se convirtió en moneda de cambio. Astrológicamente hablando, lo único que ocurrirá este invierno será que entremos en la Era de Acuario, aunque con tanto Nostradamus suelto y tal infinidad de razones por las que imaginar un no-futuro a todo esto, es normal que el miedo al catastrofismo haya calado como lo ha hecho. La bilis de algunas bandas cobra una relevancia extra en dicho contexto de incertidumbre. Resulta palpablemente amarga no sólo la de comandantes veteranos como GY!BE, Swans, Dead Can Dance o Phil Elverum, quienes nos han proporcionado los textos necesarios para leer la desolación del momento presente, sino también la de un buen puñado de furiosos pupilos que han decidido cargar bien cargada su metralleta punk. Refused despertaron bastantes conciencias en el pasado Primavera Sound, y desde entonces estas no han hecho más que avivarse gracias a los balazos proferidos por formaciones como Death Grips, White Lung, Converge o los daneses Lower, relevo estos últimos de la facción danesa que el año pasado personificaron Iceage.

El recambio de municiones nos llega de la mano de Metz, un abrasador trío de post-hardcore canadiense que tras cinco años editando algún que otro 7” entrega finalmente su debut. Chris Slorach, Alex Edkins y Hayden Menzies llevan tiempo haciéndose un nombre como una de las bandas más brutales que sacuden Toronto. Aterrizar en Sub Pop, uno de los sellos principales que los tres mamaron cuando eran adolescentes, ha debido sentarles como una recompensa, sobre todo en un año en que el revival grunge ha cuajado lo suyo con discos triunfadores como los de Cloud Nothings y Japandroids. En el caso de Metz, se intuye que trasladar al disco la ardorosa rabia de sus directos no ha debido ser tarea fácil. Decidieron contar para tal cometido con los servicios de dos ayudantes de primera mano en esto de diseñar el sonido de la ansiedad, Graham Walsh (Holy Fuck) y Alex Bonenfant, ingeniero de Crystal Castles, y junto a ellos grabaron el disco en una granja abandonada, un espacio que de por sí ya enfatiza tanto el carácter antisocial como la vena animal que recorren estos treinta minutos de agresiones auditivas.

La premisa es incontestable: inyectar nueva sangre al post-punk haciendo que salgan a la superficie nombres putativos como Big Black, McLusky, Helmet o The Jesus Lizard. El veredicto, en cambio, debe pronunciarse con cautela, pues el volumen, la rapidez y la persuasión desmedida de unas letras que son como escupitajos al aire pueden llevarnos a caer directamente en el halago fácil, temerosos de que alguien nos parta la cara si no lo hacemos. ¿Quedar exhausto ante “Metz”? No veo viable otra opción. ¿Sentirse al límite de un precipicio? Claro, imposible no tambalearse ante burradas como “The Mule”. ¿Que te invadan las ganas de gritar y poguear? Todas, ¡definitivamente! El piropo surge fácil y a las claras. Sin embargo, hay un componente singular en Metz que nos ayuda a ampliar la profundidad de campo del argumento: se localiza en ellos un singular afán de trascendencia, en concreto en no-canciones como “Nausea” o ese misterioso final bautizado “--))—“, cortes en los que hacen pensar en la distopía terminal de bandas como The Hospitals. Las declaraciones de Edkins asegurando que el álbum “trata sobre el modo de vida actual en una ciudad gigantesca” le hacen a uno imaginarles en cualquier manifestación de hoy en día, en Madrid, Atenas o Nueva York, enarbolando escritos en panfletos los manifiestos que otros camaradas redactan. Desafiando en el cuerpo a cuerpo al enemigo proyectado por otros. Contra el mundo.

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