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Álbumes

The Orb featuring David Gilmour The Orb featuring David GilmourMetallic Spheres

7.5 / 10

The Orb featuring David Gilmour Metallic Spheres COLUMBIA

Hace tiempo consideré tatuarme el nombre de Alex Paterson con gena en el escroto, pero dadas las reducidas dimensiones del presente manubrio tuve que contenerme y quedarme con las ganas. Fueron tiempos de alegría chill out, fueron tiempos en que barroquismo, capas de sonido, huevos de costo con olor a caca, anillos en los dedos de los pies, pantalones marroquíes y piercings en los pezones eran sinónimo de coolness. Quién me diría, años después, que volvería a cruzar sables con el gurú del ambient en plena era de digitalismos, glitcheos y gilipolleces. En una era minimal-new beat-wonky. En una era de bigotes irónicos, Ray-Bans y tejanos pitillo en la que el otrora vasto reino de The Orb es ahora un pueblecito sarnoso frecuentado por nostálgicos, colgados y hippies cuarentones. No quiero ser demasiado duro con una de las grandes bandas de la historia de la música electrónica, el respeto hacia su legado en los años 90 es máximo, pero no menos cierto es que el discurso maximalista de Paterson y sus taconeos hipnóticos tienen, entre los nuevos retoños de la electrónica, el mismo efecto que un traje de cosaco en una tienda American Apparel. Los tiempos son así de mal nacidos.

Dicho esto, los que tenemos canas y desarrollamos rabiosos sarpullidos en las nalgas cada vez que hincamos el trasero en la silla de montar de la modernidad consideramos a Alex Paterson un romántico, nos guste más o menos lo que hace. Un bucanero con loro, parche y botella de ron en tiempos de piratería africana, metralleta y rescate millonario. Sólo por eso merece la pena seguirle, especialmente si para su nuevo movimiento enrola en la tripulación a otro tótem del tripazo como David Gilmour –guitarra y voz de Pink Floyd– y le permite compartir el timón, dejando las risas y burlas de modernillos apestosos en puerto. Sus caminos no se encuentran por primera vez, de hecho la entente se deriva de una colaboración que Paterson y Gilmour hicieron en una versión de “Chicago” ( Graham Nash) para un proyecto solidario (y recordemos que The Orb siempre quiso ser la versión ambient-house de Pink Floyd, y que los homenajes a la banda en las portadas y títulos de canciones en discos clásicos como “Live ‘94” o “Adventures Beyond The Ultraworld” son tan evidentísimos). Con el apoyo de Martin Glover –alias Youth, bajista de Killing Joke y algo así como el Sancho Panza de Paterson durante todos estos años–, el rey del ambient 90s reaviva las llamas de su mejor paisajística, redibujando los horizontes que dejara atrás hace lustros, levantando un nuevo Stonehenge, menhir a menhir, con esa fórmula mágica en la que beats sistólicos, brumas electrónicas, psicomagia futurista, sintetizadores cósmicos y oleadas abisales de ambient orbitan alrededor de largos desarrollos musicales. Sumémosle a la protervia de The Orb los lamentos experimentales de la guitarra de Gilmour, apuntalando la catedral, y tendremos delante de las narices una fascinante arquitectura que ora suena a Pink Floyd remezclado por Mixmaster Morris, ora suena a The Orb remezclado por Robert Fripp.

El álbum consta de dos partes: la primera cercana a la media hora y la segunda alcanza los veinte minutos de vida. Cinco suites en cada parte. Sin cortes. Sin interrupciones. El globo se eleva y el viaje es placentero. Paterson no se regodea en los defectos de antaño: no se aprecia una superposición de capas excesiva, no hay empacho de ruiditos y se detecta un perfecto equilibro entre rítmicas y paisajes abstractos. Menos tripi, menos abrasión de los sentidos, más sutileza, más arte. Gilmour se desdobla en la guitarra ofreciendo un espectro de onda que va de los rasgados acústicos a los pedales de toda suerte, y se mueve detrás del telón como una sombra china. “Metallic Spheres” –el nombre es tan Mike Oldfield que me gusta y todo– es progresivo, es etéreo, es jamaroso, es hippy, es chill out, es espacial, es fumeta, es madurez ibicenca: nunca pensé que estos adjetivos tendrían alguna vez connotaciones positivas. La verdad es que el tópico de “The Orb son los Pink Floyd de la electrónica” me producía risa. Ahora me da respeto.

Óscar Broc

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