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Álbumes

Eprom EpromMetahuman

7.7 / 10

Resulta imposible no evocar las ciudades futuristas superpobladas que vemos en los dibujos animados japoneses: androides con aspecto humano y movimientos sintéticos, extraños vehículos recubiertos de óxido levantando el vuelo en Shibuya, gatos manipulados genéticamente que cambian el color de su pelaje, telépatas flotando en urnas en los edificios gubernamentales para detectar a terroristas cuánticos… Esto es la leche, siempre y cuando te gusten las epopeyas futuristas, los sonidos cósmicos, los libros de Paolo Bacigalupi, el anime apocalíptico, “Blade Runner”, Katsuhiro Otomo y la santa madre que los parió a todos en Alfa Centauri.

¿Quién es Eprom? Sólo un nombre (Alexander Dennis) y un riachuelo de maxis y EPs titubeantes que nos aportan pistas sobre su personalidad (y también una brutal sesión para la serie de mixes de esta santa casa). Pero no tiene sentido indagar en su DNI. ¿Acaso nos preguntamos por la identidad de un chip o un programa? Sólo nos interesa su trabajo, y el de este beatmaker de la Costa Oeste estadounidense (Bay Area) es asombrosamente fresco, innovador, estimulante. Las matemáticas se retuercen en este prodigioso álbum, aportando una nueva visión del universo del future beat. Cuando parecía que la psicodelia californiana ya no podía sorprendernos, Eprom ha encontrado un nuevo landscape que explotar: sonidos bounce, hip hop de videoconsola, post-dubstep grasiento, bass cósmico, IDM barroco, electrónica de software en estado puro: en resumen, el hilo musical que oiríamos en los ascensores de Tessier-Ashpool.

Los subgraves reptan por voluntad propia en un escenario industrial que recuerda a las amenazantes urbes de “Ghost In The Shell”. Los sintetizadores son también importantes: pequeños parches que llueven sobre el cerebro del oyente estimulando distintas zonas del córtex al mismo tiempo. Sobreproducción, otro rasgo a destacar: cada track es un mar de electrones que chocan entre sí y se agitan a velocidades imposibles. Efectos subatómicos, sonidos de computadora vieja, ruiditos de videojuego, clics espaciales, burbujeos de silicio. Con esta base, Eprom da forma a un mundo de electrónica viscosa y beats mercuriales que servidor jamás había visto en el cosmos.

“Raytracing” es un ataque de epilepsia en forma de dubstep glutinoso, cubista, sembrado de desniveles y trampas. “Floating Palace” se mueve en una frecuencia que te perfora con delicadeza los tímpanos, con cascadas microscópicas de sonidos Gameboy, zumbidos alienígenas y unos subgraves que hacen temblar quijadas. “Sun Death” es post crunk mezclado con estupefacientes sintetizados en otra dimensión. “Can Control” –con un sample de voz aplastante de Cali Swag District– es un banger deforme de hip hop, dancehall y grime que se arrastra como una boa constrictor acechando cobayas. Cada vez lo veo más claro: Eprom es una inteligencia artificial que ha cobrado conciencia y ha descubierto la música como medio para introducirse en nuestro cerebro y dejar órdenes sepultadas bajo capas y capas de melodías digitales. Tenedle miedo, cabrones.

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