Messy Little Raindrops Messy Little Raindrops

Álbumes

Cheryl Cole Cheryl ColeMessy Little Raindrops

5.4 / 10

Cheryl Cole Messy Little Raindrops

POLYDOR

Muy difícil lo va a tener Cheryl Cole para colarse en ese mercado estadounidense que tanto se le resiste, y menos aún con un álbum tan descafeinado como “Messy Little Raindrops”. Probablemente, si se hubiera tomado algo de tiempo –hay que tener en cuenta que su debut, “3 Words”, hace tan sólo un año que se puso a la venta– el resultado hubiera sido totalmente diferente. 2010 será un año que Cheryl recordará toda su vida: la prensa amarillista se ha dedicado a airear los putiferios extra-matrimoniales de su ex, el lateral del Chelsea Ashley Cole, lo que desembocó en su divorcio –divorcio pacífico, eso sí– el pasado mes de mayo. Pero lo más surrealista de su melodrama (emitido por televisión, como debe ser) llegó a cuotas insuperables cuando, este verano pasado, contrajo la malaria después de que un mosquito le picara en Tanzania. Durante días, incluso pensamos que tenía una pierna en el otro barrio. ¿Es Cheryl más gafe que la Pantoja o una inútil integral por no vacunarse? Me decanto por lo segundo.

La imagen pública de la que fuera una de las integrantes de las manufacturadas Girls Aloud, pese a este cúmulo de dramas, se ha visto reforzada, en cualquier caso. Cheryl Cole es la Belén Estéban de Inglaterra, la –cornuda– princesa de un pueblo que ve en ella un alma cándida con sobrada clase hasta que abusa de los cócteles y no tiene reparos en dar una somanta de palos a la asistente de un pub. Todos tenemos un mal día, y más si esos depredadores británicos disfrazados de paparazzis no te dejan ni respirar allá donde vayas. Por esta razón, no voy a volcar bilis sobre la figura de Cole, básicamente porque no tengo el placer de conocerla y porque viendo sus entrevistas e intervenciones en “X Factor”, ciertamente la mujer es todo amor. Aunque eso sí, las tornas cambian radicalmente cuando nos enfrentamos a su música.

Como buena aspirante al trono del pop, Cole se empeña en encasquetarnos baladones insustanciales de una profundidad psicológica digna de una teenager atormentada, y eso aun siendo consciente de que sus cuerdas vocales, aparte de limitadísimas, se apagan más rápido que una cerilla –pagaría billetajas y sin pensármelo dos veces por ver cómo le echa ovarios en directo para cantar “Raindrops” sin ahogarse–. Por todos es sabido que quien llevaba la voz cantante en Girls Aloud era Nadine Coyle –por cierto, dentro de un mes lanzará su primer álbum en solitario–, de modo que, por mucho que se esfuerce en vendernos la moto en “Hummingbird” o “Happy Tears” –esta última se libra del empalamiento público en el tiempo de descuento–, la plebe pide otra cosa.

Es ahí donde encontramos “Yeah Yeah” –producida por Starsmith–, la plasmación musical de lo que debe ser un single candidato a arrasar en los charts. La intervención vocal de Travie McCoy se la podría haber ahorrado pero, obviando este detalle, está claro que éste es el tema marca la batuta que debería haber tomado en el resto de cortes del disco: un cruce entre el “Confessions On A Dance Floor” de Madonna y el “Neon Nights” de la siempre reivindicable hermana pequeña de las Minogue. De la quema se salva, asimismo, “Promise This” –droga dura en vena gracias a la infecciosa alusión al “Alouette” que le ha puesto en bandeja el bueno de Wayne Wilkins, su segunda aportación al repertorio Cole tras “Fight For This Love”– y “Waiting”, tan noventas que sólo podemos rendirnos a sus pies a pesar de samplear el piano de “A Thousand Miles” ( Vanessa Carlton).

Más allá de esto, poco más digno de reseñar se puede encontrar aquí. Dizzee Rascal –que le ha pillado el gustillo a colaborar en productos mainstream después del “Loca” de Shakira– está de paso en la fallida “Everyone”. Y Will.i.am –gracias a dios que no le han dejado acercarse más de lo debido al estudio de grabación– sigue demostrándonos que es una de las personalidades más sobrevaloradas de la historia reciente del pop en “Let’s Get Down”, que toma prestado el “I.O.U” de Freeez. Pese a que el resultado final deja bastante que desear, una cosa deben saber: continuaremos amando a Cheryl Cole por encima de todas las cosas, sufriremos con ella cuando el próximo chulazo que escoja tire de amantes o prostíbulos varios para ponerse a tono, y mantendremos en vilo nuestras almas cuando un díptero se le acerque en cualquier photocall. In Cole we trust. Aunque esto no quita que deba ponerse urgentemente las pilas si aspira a ser, más allá de una princesa del pueblo, todo un icono del pop internacional para las masas.

Sergio del Amo

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