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Vindicatrix VindicatrixMengamuk

8.4 / 10

Existe un punto de inflexión en la (todavía escueta) carrera de David Aird, el tipo que se convierte en un espectro cada vez que se pone el disfraz de Vindicatrix. Ese punto de inflexión coincide con la edición de su primer disco, “ Die Alten Bösen Lieder” (2009), un babel de sonidos y ambientes sofocantes, enroscado alrededor de una voz sobrenatural, que parece desplegarse desde las mismas calderas del infierno. Antes de que ese disco llegara a las cubetas de las tiendas, Aird no pasaba de ser un cachorro más dentro de ese nido de alimañas sonoras que es el sello Mordant Music; un tipo con habilidad para la mezcla de grabaciones de campo y recursos electrónicos, para la construcción de temas herrumbrosos y oscuros, que le acercaban de algún modo a la hauntology.

Con “Die Alten Bösen Lieder”, sin embargo, Aird decidió abrir al máximo sus compuertas creativas, y en ese acto de liberación dejó salir a una voz con algo de barítono y mucho de torturado; una voz que enseguida le granjeó comparaciones con luminarias como David Sylvian o, sobre todo, Scott Walker. Con este último, además, compartía también el gusto por crear estructuras inestables, infectadas de sonidos extraños, instrumentaciones atípicas y grabaciones de campo. Una suerte de banda sonora para universos distópicos en la que las percusiones reptaban por los suelos, las atmósferas se levantaban a partir de la mezcla de elementos disparatados (pero que de algún modo se aliaban en una misión común, la de acogotar al pobre oyente) y los bordes estilísticos se disgregaban a cada paso: aquello podía definirse como ambient enfermizo, neoclásica desestructurada, free jazz, spoken word, hauntology o incluso música industrial. Todo al mismo tiempo y a la vez ninguna de esas cosas. Que en esta santa casa llegáramos a obsesionarnos con semejante artefacto era inevitable.

Publicado casi tres años más tarde, y con pocas señales entre medias (apenas algún tema suelto en recopilaciones del sello, y un maxi, Hume/Unborn Vectors, en el que vampirizaba una canción de Michael Jackson), “ Mengamuk” sitúa a Aird en un territorio muy cercano al que habitaba su primer disco: la voz vuelve a ser el elemento central del discurso, una voz al borde de la asfixia, que no se pliega a formatos ni estructuras convencionales. Antes bien, prefiere avanzar su aire, trazando un camino sinuoso que igual salta del grito al susurro, que se pierde en una letanía ancestral, se enroca en extravagantes ciclos melódicos o se deja enredar en un remolino de efectos. Y si las líneas vocales son ya un ejemplo de abrumadora libertad formal, los fondos sonoros (porque aquí no se puede hablar de una instrumentación en un sentido reconocible) van aún más lejos: un magma climático trabado a partir de intensas grabaciones de campo, en el que los ritmos (cuando existen) y las melodías (aún más esquivas) nacen de lugares inesperados: como ejemplo perfecto, basta escuchar “Kasare”, una pieza que cruje alrededor de sonidos y voces humanas que parecen capturadas en el fragor de una batalla, que se apoya en las continuas y rítmicas ráfagas de una ametralladora que funciona como instrumento de percusión, que manipula muchas de las muestras y las desdobla en varios planos de fondo, llenando la parte trasera del tema con drones infernales. Se trata, en fin, del Apocalipsis transmutado en música.

Esa radicalización de las fuentes es precisamente la gran diferencia entre esta nueva criatura y “Die Alten Bösen Lieder”. A pesar del barniz de vanguardia con el que estaba tocado, aquel disco todavía tenía un cierto arrime a las formas clásicas del pop y la electrónica. Unas ataduras que, en esta ocasión, han desaparecido casi por completo –únicamente hacia el final del disco, en “Only Flashes (What Was The Nature Of The Catastrophe)”, aparecen formas a las que el oyente puede asirse sin miedo a caer al vacío–, abducidas por una masa informe de sonido, en las que Aird sólo permite que se reconozcan aquellos elementos que ayudan a crear confusión, que multiplican la sensación de horror con la que quiere inundar al pobre incauto que se atreva a poner la aguja sobre este vinilo. En “Cellophane” todo gira alrededor de unas percusiones deslavazadas y chirriantes, que suenan a metal golpeado; en “Remoline Viewers” se superponen una voz metalizada que repite sin cesar “I’m dead”, percusiones serpenteantes, efectos especiales y un coro informe de voces ininteligibles, que bien podrían ser los murmullos del infierno; en “Mengamuk” (el tema) las grabaciones de un vendaval conviven con microsonidos de cuerdas y un disco de música clásica reproducido a velocidades absurdas; en “Makan” una tenue forma rítmica va siendo engullida por distintas formas sonoras; y sólo en el último tramo del disco, con “Runaway-prey” y “Utopian-eater”, se relaja levemente la tensión ambiental, como si ya no existieran más emociones que torturar, como si el cuerpo estuviera ya tan magullado que sólo un descanso entre visiones alucinadas fuera posible. Todo esto cabe en un disco que sólo se ha editado en doble vinilo, y no por casualidad: cada una de las cuatro caras tiene elementos propios que la convierten en una especie de acto teatral dentro de todo el conjunto de “Mengamuk”. Un artefacto que, de no ser porque el retorno de Scott Walker está a la vuelta de la esquina (la próxima semana hablaremos de Bish Bosch), podría postularse sin problemas como el gran disco podrido de la temporada.

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