Melt Melt

Álbumes

Young Magic Young MagicMelt

7.4 / 10

¿Qué pasa con los australianos y su afición por viajar? Parece como si, tan pronto como cumplen 18 años, se sienten obligados a colgarse una mochila del hombro y tomar el primer vuelo a… bueno, cualquier parte que no sea Australia. Desde Tunbridge Wells a Tumbuktú, parecen ser los encargados de mantener los pubs y bares de medio mundo llenos hasta arriba, o al menos, con una cierta actividad. Será que Australia es muy aburrida cuando dejas la escuela, o que los australianos tienen unas ansias irreprimibles de conocer mundo.

Young Magic, alias de Isaac Emmanuel, es un ejemplo de este segundo caso. El álbum que ha creado con la ayuda de su compatriota Michael Italia y el indonesio Melati Malay, contiene música grabada en unos diez países, en sitios tan dispares como Granada, Reykiavik y México D.F.. La banda se ha asentado, por lo menos de momento, en Nueva York. Ahí, apiñado en un frío apartamento encima de un bar de los años veinte al estilo fumadero de opio, se dedicaron recopilar postales auditivas y mezclarlas después en un disco melifluo y gozoso, acertadamente titulado como “Melt” (derretido).

Las tres primeras canciones son una de las mejores introducciones a un álbum que puedas escuchar este año. La apertura, “Sparkly”, es exactamente eso que dice en el título, un chisporroteo, un resplandeciente mejunje tan tierno como un pequeño animal abriendo sus frágiles pupilas por primera vez. “Slip Time” es algo más fuerte, con un chillido estridente no muy desigual al que emitiría la madre de la citada criatura al descubrir que hay un trío de australianos apilados alrededor de su bebé con la intención de grabar sus primeros murmullos. “You With Air” concluye este sabroso tríptico con una voz que suena como la imitación humana de esa madre tratando de proteger a su cachorro sobre lo que sería un riff de techno hortera, si no fuese porque está ralentizado a un ritmo lánguido y exuberante, sazonado con un poco de percusión tribal.

De hecho, hay bastante percusión tribal aquí. Es probable que incluso esté tocada con auténticos instrumentos aborígenes. Emmanuel ha explicado que la naturaleza nómada del proceso de grabación le forzó a usar cualquier cosa que tuviera a mano para hacer música con ella. Una vez tuvo la suerte de quedarse en Bristol con unos profesores que resulta que guardaban una colección de instrumentos del África negra occidental (el estribillo de “Slip Time” parece como si estuviera tocado por una kalimba gigante). Cuando no tenía tanta suerte, Emmanuel simplemente se las apañaba como podía para incorporar a su música elementos a su alrededor –actualmente está intentando utilizar un sample de un portazo en Reykiavik, cuenta–.

Teniendo en cuenta la naturaleza improvisada de las composiciones, se debería esperar que el álbum sonara disperso, con cosas aquí y allá sin mucho orden, como si fuera el reflejo de las habilidades de producción de la banda que intentan ser. Desgraciadamente, también es la flaqueza más notable de este trabajo. Como ocurría con “Dreams Come True” de CANT, es una maravillosa colección de música, pero sólo unas pocas canciones sobresalen realmente. Pese a que es cierto que no hay ningún bajón, nada llega a la asombrosa calidad que destaca en el primer tramo. Algunos momentos están cerca de conseguirlo: “The Dancer” es hábilmente intoxicante, “Cavalry” es un profundo y combado saludo, y hasta los fanáticos más ruidosos del chillwave se quedarían encantados con la suntuosa “Night In The Ocean”.

De hecho, el océano es una buena metáfora para este álbum –fluido, expansivo y sin límites–. Además, sucede lo mismo que al contemplar el océano durante un par de horas: pocas cosas cambian. En este sentido, el disco casi se convierte en una alegoría de la globalización –un genuino producto de muchos países que da como resultado algo homogéneo en lugar de diverso–. Por supuesto, si toda la homogeneidad sonase como la gloriosa “Melt”, sería el primero en apostar por verterlo todo en un melting pot. Resulta extraño, empero, que teniendo en cuenta que el álbum se creó de una manera que no sería posible hace diez años, siga sonando como si se hubiese construido enteramente en una habitación de estudiante.

Quizá ésta sea una queja insignificante. “Melt” no pretende revolucionar la música. Ni es un documental de viajes con música. Igual que tantos australianos que han saltado de continente en continente sin jamás perder su identidad cultural, Young Magic se han empapado de las influencias de todo el mundo y las han convertido en algo que sólo ellos podrían haber producido.

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