Mechanical Gardens Mechanical Gardens

Álbumes

Altar Eagle Altar EagleMechanical Gardens

7.5 / 10

Altar Eagle Mechanical Gardens TYPE RECORDS

Brad Rose es el dueño de Digitalis Industries, que posiblemente es el sello más activo dentro de esa escena de indie minúsculo que venera los formatos extravagantes y las ediciones limitadas (amén de vinilos de todos los tamaños, lathe cut, cassettes, compactos de fábrica o grabables, DVDs y lápices USB, ahora también editan libros). Además de eso, Rose dirige el interesante webzine Foxy Digitalis, instrumento de propagación para esa misma escena que defiende desde su sello. Y, para cerrar el círculo, y por si esas dos ocupaciones no fueran suficiente pasatiempo, Rose es también un músico muy prolífico, capaz de manejar a un tiempo quince proyectos personales y cuatro o cinco bandas. Una larga lista de nombres, que a veces consiguen asomar por encima del underground (es el caso de The North Sea, Ossining, Ajilvsga o Corsican Paint Brush, este último junto a su esposa, la no menos prolífica Eden Hemmings Rose), y a los que siempre conviene acercarse con cuidado. A fin de cuentas, los días de Rose son como los días de todas las demás personas: tienen sólo veinticuatro horas, y eso significa que su rasero a la hora de publicar es bastante flexible, donde flexible significa muchas veces inexistente.

Les cuento todo esto porque, al estar tan expuesto a todo lo que sucede en esa escena, Rose ha terminado por asimilar cualquier mutación antes que nadie, convirtiéndose en una suerte de zeitgeist (o, siendo un poco perversos, una suerte de Zelig), un indicador bastante fiable de por dónde van a ir los tiros en el siempre cambiante mundo del indie que se desarrolla en los márgenes. En su inabarcable discografía, de hecho, es posible localizar proyectos de folk (casi siempre con un puntito de I+D, que no se diga), noise y ambient en todas sus variantes y hasta algún experimento de naturaleza hipnagógica. Y a tenor de lo que propone su nueva aventura, Altar Eagle, también junto a su mujer, parece que el próximo paso será recuperar y actualizar el noise pop de los primeros noventa: algo lógico, teniendo en cuenta que el revival de sus precedentes directos, el shoegaze y el space rock, son limones más que exprimidos a estas alturas.

“Mechanical Gardens”, primer disco de la pareja tras varias cassettes inencontrables, reconoce desde el primer momento estas intenciones y, de paso, reconoce también cuáles son sus débitos: la melodía de “Battlefield”, tema que abre el invento, parece robada a los Jesus & Mary Chain del “Darklands” (escuchen, si la tienen a mano, “Deep One Perfect Morning”), los drones con los que están construidas las atmósferas remiten a los Yo La Tengo del “Painful”, y esos teclados que suenan en el segundo plano recuerdan de manera vívida a Felt. Añadan a la ecuación un par de nombres escogidos del shoegaze ( My Bloody Valentine, Medicine, Slowdive, los primeros Seefeel) y obtendrán el molde del que han salido las canciones más declaradamente pop del disco: la citada “Battelfield”, “Honey”, “Monsters” o “Spy movie”. Cambien un poco el registro, acérquense a Mazzy Star, y ahí tienen talladas canciones más intimistas, como la preciosa “Breakdown” o ese monumento a la euforia que es “Six Foot Arms” (Eden no tiene el registro vocal de Hope Sandoval, pero las intenciones son las mismas). Y no olviden que, si hay que destacar una influencia por encima de todas las demás, esa es Flying Saucer Attack. Se nota que el matrimonio Rose ha estado escuchando el legado de Dave Pearce, sobre todo por la manera legañosa y volátil que tienen de mezclar sintetizadores y guitarras, por el uso de cajas de ritmos muy poco adornadas, por la producción en baja fidelidad y la manera en que han mezclado las canciones, dejando todas las pistas en un plano de fondo, bañadas con un luminoso manto de electricidad estática.

Eso sí, que nadie piense que “Mechanical Gardens” es un simple ejercicio de revisionismo: más allá de sus referentes, y más allá de algún desliz (paradójicamente, sólo falla en los momentos más experimentales, en cosas tan onanistas como “B’nai B’rith Girls”), los Rose demuestran poseer una sorprendente facilidad para la hipnosis y el gancho melódico, saben sacar partido de la extraña mezcla que producen sus voces y manejan a sus anchas todos los resortes propios de la psicodelia. Perejiles suficientes, en fin, para dar forma a un bonito disco de pop ambiental y nebuloso (David Keenan seguro que lo llamaría hipnagógico) que encima es mejor mientras más expansivo resulta su sonido.

Vidal Romero

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