Matador At 21 Matador At 21

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Varios VariosMatador At 21

8.3 / 10

Varios Matador At 21 MATADOR

Las Vegas. Cemento, pirámides y neón. Un festival de tres días. Una caja. Seis discos. Un bonito (y emotivo) libreto de 85 páginas con aspecto de anuario de fin de curso. Treinta y seis fichas de póker. Así celebró su 21 cumpleaños (la dulce mayoría de edad norteamericana) Matador, el sello que convirtió a Pavement, a Teenage Fanclub, a Cat Power, a Yo La Tengo y a otro montón de bandas más, en lo que son hoy, un puñado de clásicos. Con una edición limitada (de la citada caja de seis discos) en la que repasa los mejores momentos de un catálogo que ha sido espejo de dos décadas, la que se extinguió en los ardores del grunge (y permitió la explosión del indie-rock), y el arranque de un nuevo siglo, precisamente el XXI, marcado por la atomización de sonidos, la definitiva imposición de la sub-etiqueta (los géneros han crecido y se han multiplicado y se han multiplicado y han vuelto a multiplicarse) y el fin de la macroindustria musical (gracias, Míster Napster). Y puesto que resumir todo eso en cinco discos (más un álbum concierto inédito) no es nada fácil, puede considerarse “Matador At 21” toda una proeza.

La cosa arranca con un primer álbum subtitulado “The Pre-Dawn”, el preamanecer, los duros inicios, una banda en un garaje, la crudeza del primer noise pop adolescente, del primer trago, del primer desliz. Brillan los debuts de Teenage Fanclub (y valga “Everything Flows” como pistoletazo de salida a los tres primeros complicados años del sello, los que van de 1989 a 1992), Superchunk (no eran los Buzzcocks pero estaban muy cerca: “Slack Motherfucker”) y Pavement (Mr. Rock está aquí y no es el mismo de siempre: “Perfume-V”). Se rescatan del olvido los primeros disparos de H.P. Zinker ( “Dancing Days”), Unsane ( “This Town”) y los Dustdevils ( “Throw The Bottlefull”). Todo dura poco. Todo es demasiado crudo. El sol aún está por salir. Y cuando el sol sale, los días saben a leche con miel. De ahí el subtítulo del segundo álbum, “The Years Of Milk And Honey” (1993-1995). Mientras el grunge se autodestruye, el pop subterráneo (que no cambiaría a Bowie por Neil Young), alérgico a los leñadores desesperados, explota y, ¿qué ocurre entonces? Pavement se domestican (a su manera, claro, todavía les queda un largo camino por recorrer, pero ya firman temas como “Silence Kit”), irrumpen Pizzicato Five (oh, sí, con cortes tan deliciosos como éste: “Baby Love Child”), Liz Phair se desmarca del montón de chicas guerreras (con “Mesmerizing” y mucho más) y Yo La Tengo abren camino al indie más puro ( “Big Day Coming”). Matador empieza a hacerse mayor. Apenas balbucea, pero ya a todo el mundo le gusta lo que dice.

En este sentido, el tercer álbum ( “Days Of Whiskey And Tears”) descubre el lamento (encarnado a la perfección por Chan Marshall, la chica triste que se inventó Cat Power, despuntando con la por entonces todavía marciana “American Flag”) y la arrogancia juvenil (enmascarada en ese himno llamado “We Rule the School” que firmaron Belle & Sebastian), pero también el universo retorcido y maravilloso de Mogwai (y escogen la epatante “Helps Both Ways” para ejemplificar el cambio de rumbo de la década). Arranca el siglo XXI, en el disco cuatro ( “Don’t Call It A Comeback”, con temas que se grabaron y editaron entre 2002 y 2007), y lo hace con un progresivo abandono de las armas (la guitarra y el disparo eléctrico que hicieron de pista de despegue del sello son ya historia) y una oda a la atmósfera sonora (torcida) llamada “Hands Away” de Interpol. Son años de incertidumbre. De nuevos caminos. Nuevas encrucijadas. Ahí están The New Pornographers y parece que el sol ha vuelto a brillar ( “From Blown Speakers”) pero sólo ha sido un espejismo (Cat Power contraataca con un derechazo de honda tristeza: “He War”), ¿o no? El noise también ha vuelto (echen una escucha a Pretty Girls Make Graves y comprobarán por qué) pero lo ha hecho de otra forma. Otros que no son los mismos son Pavement, entre otras cosas porque ya no existen. Ahora el que existe (discográficamente hablando) es Stephen Malkmus (su ex líder) y tiene más aspecto de modelo que de otra cosa. Los tiempos están cambiando y Matador con ellos.

Basta una escucha al quinto y último (cronológicamente hablando, el disco de regalo es en realidad un concierto grabado en 1999, durante la fiesta de celebración del décimo aniversario del sello) para descubrirlo. Se han sumado nuevos y destacados nombres ( Girls, Delorean, los clásicos Sonic Youth) y siguen militando algunas de sus estrellas (Cat Power, Malkmus, Yo La Tengo, Interpol), pero el espíritu se mantiene intacto. Las piezas de póquer son en ese sentido una pista. Los chicos de Matador nos están diciendo: “Eh, os gusten o no, esto es lo que somos. Estas son y han sido nuestras apuestas. Y es todo lo que tenemos”. A veces, para explicar el todo basta con tomar una parte. En ese sentido, el valor de la caja de Matador es incalculable. No sólo contiene un resumen de 21 años de trabajo, sino 21 años de historia (de la música). Material extremadamente sensible, en su caso.

Laura Fernández

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