Marking time Marking time

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Richard Skelton Richard SkeltonMarking time

8 / 10

Richard Skelton Marking Time PRESERVATION

‘Una meditación sobre la pérdida y el paso del tiempo’, dicen las guardas de este disco –decimos guardas porque el envoltorio es todo papel, un pliego grueso doblado en sí mismo del que asoma, como el capullo antes de abrirse en flor, un CD de color verde; supera eso, mp3 de mierda– en el que Richard Skelton extiende cuarenta devastadores minutos de tristeza que vibra en el aire. Esto es mucho más que música, o va más allá: este tipo tiene una depresión de caballo encima que no la cura ni el prozak, ni Megan Fox, ni el euromillón. Sí, hay mucha gente a la que el imparable paso del tiempo le hunde en la miseria, pero que a la vez le despierta los más recónditos impulsos creativos. Del tópico ‘tempus fugit’ de la Edad Media al “ayer se fue; mañana no ha llegado, / hoy se está yendo sin parar un punto: / soy un fue, y un será, y un es cansado” de Quevedo, de Henri Bergson a Proust en las más de tres mil páginas de “En busca del tiempo perdido”, la imposibilidad de contener el avance del tiempo –con la destrucción de momentos olvidados, irrecuperables, que ello comporta– ha sido una de las principales fuentes de desazón para el hombre atávico y moderno. Richard Skelton, de quien apenas sabíamos nada antes pero que, al parecer, lleva tiempo chapoteando musicalmente en la soledad desde la remota Australia, no es ajeno a este proceso en el que todos reparamos, pero en el que muy pocos están en disposición de reflexionar con profundidad. La moraleja de la obra magna de Proust, ya que la habíamos mencionado hace unas líneas, es que el arte es superior a la vida, y por tanto es sólo con el arte –dejando rastro entre las futuras generaciones, y recuperando vía esa creación los momentos que se irán con el viento para no volver jamás– del modo en que se puede burlar el tiempo. Y huele a que Skelton esto lo sabe. Por eso, su “Marking time” suena conscientemente antiguo, y conscientemente profundo. Lo antiguo está en el cimiento de su arquitectura textural, esa cuerdas frotadas por un arco –y que suenan a la vetusta viola de gamba del primer renacimiento y el barroco que no a la guitarra elíptica de Sigur Rós– que suenan a madera carcomida, vencida, a punto de desaparecer en polvo. Su manera de tocar es como la de un Jordi Savall pinchado con morfina, y ahí, entre Monteverdi y Palestrina, suena el piano agónico y la electrónica crujiente, los ruidos casuales de cosas que se caen, de cosas que se rozan sin querer, de una percusión a lo lejos, de una guitarra desafinada y rasgueada con desgana. La meditación sobre el paso del tiempo de Richard Skelton, pues, es desoladora: es el testimonio de un vencido. Pero es un vencido que no piensa morir solo, y si con ello se tiene que llevar a alguien a la tumba, lo hará sin dudarlo. Por eso el efecto de “Marking time” es letal. Porque esa otra víctima agarrada del pie y arrastrada a la fosa eres tú. Lo peor es que no querrás que te saquen de aquí, condenado.

Javier Blánquez

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