Mare Mare

Álbumes

Julian Lynch Julian LynchMare

8.6 / 10

Julian Lynch

OLDE ENGLISH SPELLING BEE

Con la definitiva explosión en 2010 de esa nueva oleada lo-fi que empezó a asomar el año pasado, numerosos bedroom producers han conseguido alcanzar un indiscutible nivel artístico. Se me vienen a la cabeza nombres como Bradford Cox, Noah Lennox o Ariel Marcus Rosenberg, principitos de un revival que coincide casi en su totalidad con el de la nueva psicodelia como paradigma a seguir. Son nombres capaces de mover con su música torcida a masas impensables hace una década. Julian Lynch podría ser el protagonista principal del siguiente capítulo de esta historia. Un tipo peculiar y periférico cuya música suena más volátil que la de Cox, más aséptica que la de Lennox e infinitamente menos cachonda que la de Ariel. Hace un par de temporadas entregó el LP “Orange You Glad” y cosechó agradables comentarios con sus coquetas epifanías improvisadas en un cuatro pistas. Pero su presentación mediática en condiciones va a ser esta misa: un disco grabado en el altar (la casa de sus padres), con el que comulgar por todo lo bajo, y que le hace subir unos cuantos peldaños en esa escalera que le conduce hacia el piso de arriba, hacia la habitación en la que se hizo mayor.

Lynch vive en Wisconsin, pero es de Nueva Jersey. De su ciudad natal guarda muy buenos recuerdos, muchos de ellos junto a bandas con las que ha tocado. Entre ellas Titus Andronicus, Real Estate y Ducktails. No acostumbra a regresar a la casa de su infancia, pero recientemente volvió para grabar este “Yegua” ya que sus vecinos actuales le impedían hacerlo en su piso. Matriculado recientemente en un máster en Etnomusicología, en clase le están machacando con Adorno, pero a él lo que le fascina de verdad es el folklore de la India y del sur de Asia. Lynch escribe canciones que condensan todas las filias musicales que estudia. Y luego las entrelaza en forma de telarañas, unas telarañas que embelesan como si las viéramos siendo tejidas al instante por un insecto. Toca en un gamelan y está fascinado tanto por Debussy como por LaMonte Young. Aún así, reconoce que el esqueleto de todas sus composiciones le pertenece al pop. En realidad, cuesta decir a qué otra cosa parecida suena “Mare”. A mí lo más fácil me resulta recurrir a la subjetividad absoluta, a las sensaciones que me provoca su escucha. No sé decir muy bien por qué, pero dispara en mi cabeza el recuerdo de tardes olvidadas junto a The Montgolfier Brothers, de despertares al lado del primer Edison Woods o de algún raquítico atardecer junto al “Horn of Plenty” de Grizzly Bear. A veces, sin haber previsto yo la ruta, el viaje se desvía hasta costas lejanas como las de “Another Green World”.

Cuando era niño Lynch recibió clases de piano y clarinete. Partiendo de ahí, o de patrones de batería o guitarra, empieza a construir sus canciones. Su bagaje como multiinstrumentista es completo, pero le gusta ensuciarlo todo salpicándolo con ruiditos varios y esponjosos drones; pervirtiendo de alguna forma las normas que dicen cómo adscribirse a la escala de cada instrumento. Mientras, incorpora capas y capas a base de lo que tenga a mano: bajo, saxofón, harmonios, viejas gaitas, tablas indias o instrumentos de viento fabricados por él mismo. Lo manipula todo a base de wah wahs, trémolos y ecos como venidos de un estado alfa. Su voz la disfraza bajo murmullos casi incomprensibles para que las letras (su punto débil, dice) apenas se comprendan. Finalmente lo mece todo a ritmo de vals y de un ambient que aceptaría encantado adjetivos como “austral”. El resultado es una psicodelia acuosa a base de silvestres texturas. Un tímido embrujo que parece escaparse del tiempo y el espacio para quedar colgado entre la noche y el día, y, al momento, ser rescatado de repente por nuestra escucha. Canciones como “Stomper” suenan a masaje con final feliz, a etapa vencida. Hasta podría decirse que, en esa discutida “música refractada a través de la memoria de una memoria“, Lynch va un paso más allá. ¿He oído post-hipnagogia?

Preguntado recientemente al respecto, Lynch confesaba alegrarse de que se le incluyera en el saco hipnagógico; sobre todo porque bajo ese adjetivo, como bien dice, se está agrupando a una serie de músicos en orden a sus métodos o procedimientos y no tanto según sus resultados. En Julian Lynch, pues, debemos entender la música como un medio. El proceso es importantísimo. Los resultados también, pero menos. “Mare” es más medio que fin y, en ese sentido, se podría venir abajo por cada una de sus esquinas. Sin embargo, desde el primer acercamiento ya queda claro que alcanza todas las metas que se propone. Su espíritu casi transparente y su bucólica fragilidad no adolecen de la pesadez de algunas que otras propuestas actuales de ambient neoclásico (pienso en el Norte). Por el contrario, su folk disidente flota etéreo como una ligera brisa de verano y, por momentos, echa el ancla en olvidados puertos weird del género. Sí, hay tramos en los que las guitarras de Currituck Co. parecieran querer fundirse en parcelas propiedad de Atlas Sound. Poco a poco, el trote de esta yegua peso pluma va ganando en cordura y brillantez. Él dice que todo en “Mare” versa sobre la necesidad de encontrar tu lugar en el mundo y así es exactamente como se queda grabado en la retina este trabajo. Como uno de esos discos-refugio que no piensas necesitar habitar hasta que te sorprendes atrapado en su interior.

Cristian Rodríguez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar