Marcberg Marcberg

Álbumes

Roc Marciano Roc MarcianoMarcberg

9.1 / 10

Roc Marciano  Marcberg FAT BEATS

En un espléndido informe publicado en su número de mayo, la revista XXL Mag se pregunta qué diablos le sucede al hip hop de Nueva York. Mediante un estudio de los singles y los discos que han entrado en el Top 10 de Billboard en la última década, la publicación repasa y analiza, distrito por distrito, las razones del descenso notorio, evidente y preocupante de la incidencia del rap de la Gran Manzana en el panorama general de la industria norteamericana. Muchos de los motivos apuntados son certeros y palpables, pero leyendo el artículo uno puede llegar a tener la impresión de que se han olvidado el argumento que, bajo mi punto de vista, resulta más relevante: hace ya unos años que el hip hop neoyorquino suena a cualquier cosa menos a Nueva York. La expansión comercial del dirty south, la aparición de nuevos modelos y tendencias de sonido –The Neptunes, Timbaland, Kanye West–, la estandarización del sonido gangsta rap de nuevo cuño – 50 Cent and co–, la colisión con el pop y la esfera indie y la clandestinidad forzada a la que se han visto abocados aquellos productores que antaño también aparecían en las listas – Pete Rock, Q-Tip, Buckwild, el propio Premier– han alterado el ADN del rap surgido de la ciudad y han oficiado una suerte de lobotomía sonora del mismo que ha repercutido gravemente en la personalidad de la escena. Todo suena a nada, a fórmula, a rap de fábrica, sin sello, sin esencia, sin los genes que se derivan de la capital mundial e histórica del hip hop.

Y en esa tesitura, el underground ha seguido activo, qué duda cabe, y con resultados variables a lo largo de esta última década, con la vieja guardia manteniendo la antorcha purista pero con una paulatina pérdida de incidencia pública y mediática en el mercado. Durante todo este tiempo muchos hemos tenido la sensación de que faltaba algo. Y ahora por fin lo sabemos. Faltaba “Marcberg”, el debut oficial en solitario de Roc Marciano, por lo pronto, finales de mayo, el mejor disco de rap que se ha publicado en 2010; a largo plazo, y esto ya es fabulación e hipótesis personal, la grabación que tiene que motivar y espolear una nueva ola revivalista que recupere las claves del sonido Nueva York en su máxima expresión. No exagero: en diez años no ha pasado por mis oídos un álbum de hip hop más Nueva York que éste. La rugosidad de los beats; la suciedad de los loops; el minimalismo melódico; la evocación lírica y emocional de una esquina cualquiera de Brooklyn o Queens; la musicalidad característica del buscavidas, de la rutina a pie de calle; el flow rasposo, sin florituras; las rimas certeras, brillantes y despojadas de artificio; y el hiperrealismo de la propuesta en su conjunto obran el milagro. “Marcberg” es como si Doc y su Delorean nos hubieran programado un viaje a inicios de 1993, justo cuando RZA asentaba las bases del que sería uno de los debuts más importantes de todos los tiempos. Tiene ese feeling claustrofóbico, de beats facturados en una ratonera de algún estudio mugriento de la periferia, de hambre voraz y arrolladora, de compromiso absoluto y radical con una tradición, con un sonido determinado que solo puede salir y criarse en las alcantarillas de la Gran Manzana.

Durante todos estos años se han publicado excelentes ejercicios de revisionismo boom bap, meritorios saltos temporales a la golden era que perseguían la captura de ese momentum estético ya pasado. Pero en todos ellos se detectaba, identificaba y predecía rápidamente, a simple vista, esa voluntad nostálgica. Es como comparar unas Nike Air Jordan IV OG, o incluso el primer retro, con cualquier retro reciente: el feeling está ahí, se mantiene intacto, y supone un poderoso viaje emocional para el fan, pero la fabricación, los materiales empleados, el tacto, el pálpito evidencian su condición de recreación low cost. “Marcberg” se diferencia de toda la producción actual porque parece pensado, producido y escrito en el 93, sin coartadas revisionistas, inusitadamente fiel a un modus operandi, unas texturas y una esencia que ningún producto retro, por bueno que sea, consigue recrear. Y es por ello que su poso va más allá de la fiebre nostálgica. Esta obra maestra está destinada a perdurar con el paso del tiempo, no se quedará en recurso alimenticio para huir a conciencia de las atrocidades del pop-rap o del nuevo gangsta de chicle. Roc Marciano, viejo protegido de Busta Rhymes, que le dio cobijo en Flipmode Squad, y de Pete Rock, que le cedió desinteresadamente unos cuantos beats para su apabullante proyecto UN, ha invertido años en la sombra para sacar adelante un disco como los de antes: un único productor, él mismo; ningún skit que despiste al personal; ningún featuring comprado a golpe de talonario, tan sólo la aparición fugaz de su colega KA; duración y tracklist al punto, sin excesos que rompan la dinámica; y, sobre todo, plena coherencia y unidad en el sonido, nada de singles para la radio, concesiones street y meeting pot conciliador. Una roca imposible de romper o atravesar.

Musicalmente, Roc Marciano consigue armar una muralla de beats austeros, asfixiantes, que recuerdan al primer RZA, a Large Professor, a Godfather Don y a Nick Wiz, aunque también hay varios fogonazos durante el recorrido – “Don Shit”, sobre todo– que te hacen pensar en los Company Flow de “Funcrusher Plus”. Así de serio y rotundo es este disco. Se completa la hazaña con una serie de letras, rimas e imágenes que cuadran a la perfección con la banda sonora. Marciano es un escritor brillante y muy hábil, sobre todo porque saca petróleo de su limitado universo de callejeo incesante y de pequeñas aventuras y desventuras como hustler en una gran urbe. En sus crónicas no hay glamour, gloria ni tan siquiera mitificación de las calles, todo se ciñe a una idea naturalista y hiperrealista del relato que, por supuesto, deviene complemento idóneo para los beats y los loops. Un álbum hecho por amor al arte, cero aspiraciones o ambiciones comerciales, una apisonadora escrita y financiada por pasión y respeto por ese hip hop que sobrevive en la actualidad en calidad de especie en vías de extinción. La ciudad que nunca duerme respira tranquila.

David Broc

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