Man On The Moon: The End Of The Day Man On The Moon: The End Of The Day

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Kid Cudi Kid CudiMan On The Moon: The End Of The Day

8.1 / 10

Kid Cudi  Man On The Moon: The End Of The Day MOTOWN

Decíamos ayer que a Jay-Z le ha perdido su equivocado afán rejuvenecedor, plasmado en un “The Blueprint 3” que intercambia los conceptos de renovación e inspiración por los de emulación y mala asimilación, entregando la tercera parte de su saga magna a un desconcertante y fallido ejercicio de actualización sonora que busca codearse con las últimas hazañas de Kanye West o Kid Cudi. Menudo error lanzar este desaguisado el mismo día que sale a la venta “Man On The Moon: The End Of The Day”, probablemente el debut más esperado del año y la obra que, a priori, tiene que abrir una nueva puerta de futuro al hip hop. Incluso con sus problemas, vicios y lagunas, que las tiene y muchas, esta puesta de largo es otra galaxia si la comparamos con el retorno de Jigga, dos mundos radicalmente diferentes: mientras Jay-Z no deja de ceñirse a patrones expresivos asimilados y ya superados en el entorno rap para protagonizar una reorientación artística de diseño, limpia por fuera pero hueca por dentro, Kid Cudi aboga por una ruptura frontal y declarada con el pasado e incluso con el presente del género y da vida a un reto creativo, a todas luces más valiente y atrevido, que desemboca en una obra tan desequilibrada como fascinante.

Hay muchos factores que invitan al optimismo y la celebración desacomplejada del que se ha convertido en el gran icono hypebeast de 2009 y, por ende, de su debut oficial. Primero, por su total desapego de cualquier escena o enclave estilístico delimitado: este es un disco que suena a muchas cosas diferentes y a ninguna en particular, se pasa por el forro los convencionalismos y arquetipos del hip hop pero también del R&B o del pop, manipula registros, lugares comunes y tics de todos ellos y trata de imponer una voz propia que recuerda a muchas cosas dispersas pero a ninguna concreta. Kid Cudi bien podría ser la culminación de una idea general, de un proyecto de metarrevolución dentro del hip hop, que arrancó con Pharrell Williams, creció con Kanye West, se expandió con Lupe Fiasco y se consolidó con el Common post- “Be”. Más allá de promover cambios en la forma de vestir o de comportarse en público, más allá de metrosexualizar la imagen del rapper y, por supuesto, más allá de legar discos relevantes imprescindibles en la crónica musical contemporánea, la importancia de todos ellos estriba en la manera en cómo han captado la atención de público y medios relacionados con el universo de la moda, el arte y, sobre todo, del pop, el rock y la música de baile.

Volviendo al disco, esta apuesta de singularización y desmarque consciente de territorios cómodos tiene sus riesgos y contrariedades, y Kid Cudi las asume plenamente en este viaje, haciendo de la travesía errática un argumento más a su favor. Para fallar hay que jugársela, y este tipo se la juega en casi cada canción del álbum, motivo por el que aquí la idea de hip hop, que a fin de cuentas es su punto de partida o el origen de todo este tinglado, permuta y se difumina en nuevos caminos que sólo pueden invitar al descubrimiento. Cudi se mueve en la cuerda floja del pastiche y el crossover barroco durante muchos minutos, pero incluso en aquellos momentos en que casi todo apunta al descalabro –su alianza con MGMT y Ratatat en “Pusuit Of Happiness”; su segundo encontronazo con Ratatat en “Alive”– la jugada no le sale del todo mal. Un ejemplo todavía más claro de esa búsqueda de la canción redonda, del hit crossover, es “Up, Up, And Away”, tema que no le hubiera venido nada mal a Pharrell Williams para su desvalido disco en solitario. Uno de los aspectos que más me inquieta de este tipo, en el buen sentido del término, es que sus hits no son canciones fáciles o evidentes.

Segundo: Cudi quiere lavarle la cara al emo-rap. O modernizarlo, o remodelarlo, o darle otro aire. Se diría que quiere convertirlo en un subgénero nuevo, más fresco y post-moderno, menos anclado en el tópico, algo parecido al intento de Kanye West en “808s & Heartbreak”. A priori el invento del hip hop emocional provoca dentera y acostumbra a desembocar en tragedia, las experiencias no son gratificantes cuando se estira la cuerda confesional más de la cuenta y es frecuente sentirse invadido por una indescriptible vergüenza ajena. Sólo hace falta echar un vistazo a los últimos signos de vida de Atmosphere, Eminem o, sobre todo, Cage, con su chapucero y vergonzoso “Depart From Me”, para justificar la urticaria que provocan en muchos de nosotros estos intentos de dotar al género de una cobertura emocional e introspectiva paralela a la del rock, la del folk o la del pop. El rapper y cantante de Cleveland aporta criterio e ideas interesantes a ese contexto, sabe cómo dotar sus canciones de melodías epidérmicas y poso orgánico, pero nunca parece ñoño o evidente, nunca flirtea con el patetismo en primera persona.

Por último, el sonido. El elenco de productores es tan ecléctico y variado como sus intenciones aperturistas, y eso se nota, para bien y para mal, en el balance final del disco. Aunque la notoria variedad de beatmakers y direcciones estilísticas acaba transmitiendo cierta sensación de caos y dispersión, suma de ideas cruzadas y no siempre bien avenidas, el concepto global, la intención, el trasfondo es abrumador. A medio camino entre el R&B avant-garde, el pop experimental, el hip hop espacial e incluso el spoken word, “Man On The Moon: The End Of The Day” quiere escribir de su puño y letra las claves del futuro de la música urban, y no se corta un pelo. Cudi y su equipo de productores (Kanye, Ratatat, Dot Da Genius, Emile o Plain Pat, entre otros) cometen errores, como la horrible “Make Her Say” o las sosas “Simple as…” y “Solo Dolo (Nightmare)”, pero son peajes necesarios en la confección de un lienzo sonoro de alto riesgo que, sobre todo, permite soñar. Por encima de estos ritmos electrónicos, adornados con fogonazos melódicos extraídos de sintetizadores, pianos o instrumentación real, Cudi canta y rapea con desigual fortuna –un servidor le prefiere rimando, donde demuestra más talento y versatilidad– pero siempre es capaz de imprimir a sus letras impulso lírico y emocional, atributos diferenciales, talento e inteligencia. No estamos ante un gran MC, eso ya lo sabíamos, pero sí ante un gran proyecto de artista. Un artista que, además, no le tiene miedo a nada. Para debutar con un álbum tan personal, desconcertante, extraño y magnético como “Man On The Moon: The End Of The Day” hay que tener un buen par de cojones.

David Broc

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