Mala Mala

Álbumes

Devendra Banhart Devendra BanhartMala

7.2 / 10

Es curioso cómo moldeamos nuestras opiniones en base a expectativas y deseos. A la hora de recibir novedades musicales de un artista, por ejemplo, suele darse con frecuencia una máxima: si su anterior disco no te gustó demasiado tenderás a dar al último una cálida bienvenida, y viceversa. “Mala”, octavo largo ya de Devendra Banhart, tiene todas las papeletas para beneficiarse de tal suposición. Al recordar los varapalos que le cayeron a su antecesor de 2009, uno se siente predispuesto, obligado casi, a no ser malo con él. Su tono poco estridente, sin salidas de guión, reconforta en las primeras escuchas. Y cuando un compositor tan radical como Nick Currie le tacha en Facebook de “disco bonito y discreto”, algo te anima a emitir un juicio, de entrada, benevolente.

En líneas generales, estamos ante el disco mejor diseñado por Devendra en años, aunque se impone la prudencia en el elogio. Más allá del espartano embrujo de “Daniel” –que retrotrae tanto a sus inicios como esa rudimentaria “Ballad of Keenan Milton” en la que se propuso sonar “como si fuese la primera vez que escribía”–, no esperen encontrarse con nada de aquel rocío que hacía brillar a “Rejoicing In The Hands” (2004), ni siquiera con la magnitud con que diseñó en su día un trabajo como “Cripple Crow” (2005). “Mala” es menos irregular que “Smokey Rolls Down Thunder Canyon” (2007) y, como bien dice Momus, un disco comedido, que sorprende por su suavidad e inmediatez. Un disco que aparca la acusada sobreactuación que se había convertido en obligatoria a la hora de diseñar al Devendra para todos los públicos, y que tiende a equilibrar esos malabarismos tan delicados que le hacen balancearse entre lo ‘weird’ y lo ‘cool’. Es reseñable notar que esto ocurre en su primer trabajo para una multinacional y después de una larga temporada sin tener noticias suyas.

Dicen que los tres últimos años se los ha pasado pintando. Tras dejar Los Ángeles e instalarse en Nueva York, conoció a la fotógrafa serbia Ana Kraš, quien llegó a su casa para hacerle un reportaje para la revista Apartamento y a quien ese mismo día pidió en matrimonio. Desde entonces, la pareja no se ha separado. Viven en el Lower East Side de Manhattan, evocando a la mejor bohemia de la zona de cincuenta años atrás, y en Ana se adivina la absoluta inspiración de unas canciones que se sienten pensadas y escritas como si fuesen un regalo para su musa. Primero, no se fíen de las letras tristes ni de los destinatarios que parezcan tener sus canciones de amor. Y segundo, recuerden que Devendra ha confesado escribir algunas inspirándose en su fascinación por cosas como un iPad o un par de zapatos para luego simplemente cambiarles el sujeto. De lo que nos hablan el pautado discurrir de “Mala” y la poca ansiedad que transmite cada tema, es de un Devendra enamorado y tan relajado que hasta se permite bromear con ello. “Your Fine Petting Duck”, espina dorsal del álbum, son seis sarcásticos minutos en los que ambos se dan la réplica regalándose consejos para futuros amantes tras una supuesta ruptura.

“Mala”, que en serbio significa cariñosamente ‘pequeña’ y en árabe ‘aburrido’, acaba pues debatiéndose entre el cariño y la indulgencia, entre ser un disco simplemente placentero y otro inofensivo por completo. Uno tan fácil de escuchar como difícil de recordar con vehemencia. Devendra sintetiza y perfuma herencias ya conocidas, del glam rock al Harry Nilsson de “Coconut”, de Caetano a los pespuntes electrónicos de congéneres como Helado Negro. Retoma parte de la extravagancia que le hizo famoso –se equivoca adrede con el castellano en “Mi Negrita” e imagina a la feminista medieval Hildegard Von Bingen trabajando para la MTV–, y estiliza un estilo cada vez más inmediatamente delicioso ( “Never Seen Such Good Things”) mientras se cubre a buen recaudo las espaldas. Disco de niño bueno.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar