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Mala MalaMala In Cuba

8.1 / 10

Que un debut en solitario llegue después de más de diez años de referencias y trabajos en el ámbito musical es atípico. Que, además, ese debut se plantee como una especie de desafío ejecutivo en el que el debutante se adentra en el folklore musical de una cultura ajena aporta un extra de interés al oyente difícil de encontrar en otros discos. Es el caso de Mark Lawrence, Mala del dúo Digital Mystikz, estandarte que abandona por primera vez desde que en 2003 comenzara a construir el sonido dubstep en el sur de Londres junto a su amigo Coki. En su anterior y magnífico disco “Return II Space” Mala también jugaba solo en la producción; sin embargo, en ese momento no quiso desprenderse del alias Digital Mystikz. Por lo que “Mala In Cuba” ofrece una experiencia única hasta el momento: conocer el desarrollo del sonido de Lawrence desde una nueva perspectiva, sin las ataduras de tener que justificar la continuidad del sonido Digital Mystikz que, después de la prostitución del dubstep a nivel comercial, ha quedado elevado casi de manera generalizada como uno de los pedigrís más puros del underground londinense.

Para los que todavía no se hayan puesto en contexto, “Mala In Cuba” es fruto de un viaje a La Habana. Gilles Peterson, capo de Brownswood y excelso documentalista de la música moderna, invita a Mala en 2011 a formar parte de su Havana Cultura Project. El plan es que no hay plan. Ir allí, conocer algunos músicos locales y volver a Londres con material suficiente como para construir un álbum. A todos nos suena esta historia. Desde Damon Albarn hasta Modeselektor y Robot Koch han cincelado proyectos con músicos endémicos de latitudes lejanas. Y también sabemos que estas experiencias, desde el punto de vista artístico, pueden salir muy bien o pueden ser un truño, hablando mal y rápido.

Quizás estos precedentes fueron los que hicieron que Mala recibiera la propuesta con escepticismo. Tal y como él mismo reconoce en una entrevista para FACT, fue la intuición la que le movió a aceptar involucrarse en un entorno en el cual sería un extraño en diferentes sentidos. Primero, porque los ritmos y sones cubanos le eran poco familiares; segundo, porque nunca antes había trabajado con instrumentación en directo como materia prima. Sin embargo, esos dos aspectos que, a priori, eran los hándicaps con los que se encontraba el productor han acabado siendo la base del éxito de este disco. Son cubano, rumba, salsa y demás estilos propios de la isla tienen una fuerte base rítmica que, cuadrada en el rango de bpms en los que se mueve el dubstep, funciona a la perfección.

Las atmósferas generadas en las producciones de Mala con Digital Mystikz aquí se sustituyen por un entramado continuo de congas, bongós y timbales. Sirva de mejor ejemplo “Cuba Electronic”, momento álgido del disco y posiblemente el corte más equilibrado en cuanto a esencia de banger dubstep y puro ritmo afrocaribeño. Pero también ocurre en “The Tunnel” o “Changuito”, que además ejemplifican el segundo hándicap convertido en “win”: la instrumentación. Trabajar con material exclusivamente grabado para ti –como los pianos de Roberto Fonseca o los aporreos de Changuito– aporta matices imposibles de encontrar en cualquier plug-in. El hecho de que el material grabado en Cuba fuera finito e inamovible podría haber hecho que Mala limitara las vías de exploración. Sin embargo, parece haber alentado al productor a entrometerse en otros estilos y jugar con otras estructuras, algo inaudito en la discografía de Lawrence. “Mala In Cuba” tiene momentos muy cinematográficos, como “Mulata” y su piano genuinamente habano, o “Ghost”, su rítmica tribal y su poso nostálgico (esto no es nuevo en Mala, si no escuchad lo triste que suena “Don’t Let Me Go”).

Los hechos insólitos no acaban aquí. El londinense trabaja por primera vez con voces “de verdad” y aprovecha para desbaratar sus propias estructuras rítmicas en “Como Como”. El otro corte con vocal, “Noches Sueños”, con Danay Suárez, huele a dub jamaicano y pone de relieve que, si tenía que haber un vínculo entre La Habana y Londres, ese vínculo se llamaría Jamaica y sonaría a dub. Y entre pasajes de bajos que constriñen como si estuvieras en Plastic People y líneas de piano que te sitúan en el Malecón habano, el disco fluye con total elocuencia. Mala ya no suena estrictamente dubstep, como había hecho hasta la fecha. Pero sigue sonando completamente mesiánico, extracorporal y comedidamente místico.

El estatus experimental que ha rodeado al primer disco de Mala empequeñece el trabajo realizado. Quizás no era tan complicado mezclar las culturas londinense y cubana en unas cuantas canciones. Y muy probablemente, el próximo disco que Lawrence produzca como Mala pasará a la historia como el primer disco de Mala; “Mala In Cuba” quedará relegado a “ese disco que hizo con músicos cubanos”. Y, sin embargo, estoy casi convencida de que se convertirá en crucial para entender cómo puede evolucionar el sonido de este hombre. Al final de su carrera no será su mejor disco, pero sí puede ser el que marque el punto de inflexión entre lo muy bueno (que ya conocemos) y lo excelso (que está por venir).

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