Mahler Symphony X Recomposed Mahler Symphony X Recomposed

Álbumes

Matthew Herbert Matthew HerbertMahler Symphony X Recomposed

7.4 / 10

Matthew Herbert Mahler Symphony X Recomposed DEUTSCHE GRAMMOPHON

Gustav Mahler (1860-1911) fue un compositor obsesionado con la perfección y la historia hasta el día de su muerte. Director de la ópera de Viena, su puño era de hierro y el trato con sus instrumentistas el de un dictador. Trabajó incansablemente durante años, a pesar de estar exhausto y enfermo en sus últimos días, para acabar de completar un ciclo compositivo que se había convertido en su caballo de batalla y, al final, en su peor bestia negra. Le obsesionaba legar a la posteridad no sólo una música grandiosa en todos los sentidos, sino además coronada por la guinda de la décima sinfonía. Cada una de las sinfonías que escribió Mahler no sólo tenía que ser mejor y más ambiciosa que la anterior, sino también un paso previo para llegar a la novena y, a partir de ahí, atacar y completar la décima. ¿Por qué esa ceguera? Para Mahler, todo se reducía a superar al más grande compositor de todos los tiempos, Beethoven, que se quedó en la novena sinfonía –su obra maestra, quizá la mayor obra maestra de la música universal–. Antes de Mahler, ningún gran compositor alcanzó esa cifra con gloria, ni Brahms ni Schubert, y al final Mahler tampoco: la décima sinfonía se quedó inacabada, testimonio de su fracaso personal y, a la vez, de su triunfo artístico. Porque las sinfonías de Mahler son el primer punto de ruptura importante entre la música clásica basada en la tonalidad dominante de Bach y la posterior, la contemporánea. Mahler apoyó a Schönberg y le consideró el futuro. En sus movimientos más lentos, los adagios, empezó a prestar atención al silencio como materia estética. Sus violines se mueven como aire, no como cuerdas, y hay quien le indica como el genuino precursor de la música ambiental. Mahler es más importante para la música electrónica que cualquier otro compositor de su generación, y que Matthew Herbert haya escogido su obra para una nueva entrega de la serie “Recomposed” de Deutsche Grammophon –house y techno vs. clásica– es plenamente significativo.

La anterior entrega, recordemos, la firmaron Carl Craig y Moritz Von Oswald a partir del remix y reconfiguración de pasajes de Maurice Ravel y Modest Mussorgsky: música cíclica de trasfondo impresionista, pre-ambiental. Para el techno, Ravel es casi tan importante –conceptualmente hablando– como Neu! Para Herbert, que ha repartido su música entre el house y la experimentación, Mahler también debe ser un compositor crucial, y demuestra su interés remezclando no cualquier cosa –podría haber optado por la quinta o la séptima sinfonías, las más populares del repertorio del austriaco–, sino precisamente la décima, inacabada, aquella obsesión enfermiza y malsana, un material en bruto, sin codificar correctamente, que se presta a cualquier idea de remix. La gran duda de entrada era cómo Herbert iba a plantear el trabajo. Los últimos experimentos en música contemporánea llegados de productores de baile, salvando el “Recomposed” de Craig y Von Oswald, han acabado mal: el edit de “La Consagración De La Primavera” de Stravinski en el que se empleó Stefan Goldmann era un despropósito de proporciones históricas –¿qué interés tiene escuchar una obra tal cual está escrita en partitura a partir de fragmentos sacados de un puñado de grabaciones ya existentes?–, y muchas veces hay quien tiene la tentación de escribir música nueva para completar lo que la muerte dejó en el aire.

Pero Herbert no. Él ha partido del material que terminó Mahler –un andante-adagio– y lo ha estirado, lo ha regrabado de varias maneras, y con ese material ha ofrecido un edit que parte del original y lo sitúa en un nuevo contexto sin faltarle al respeto. Volvamos a Goldmann y Stravinski: lo que hizo el dueño del sello Macro fue grabar y pegar, un puzzle complejo sin ningún tipo de interés, ya que lo que se acababa escuchando era la obra original, sin variaciones. Herbert, en cambio, asume el papel de intérprete primero –selecciona de la partitura las frases que quiere utilizar, las regraba, las recicla por medios electrónicos; por supuesto, con la ayuda de la Philharmonia Orchestra de Londres, bajo la dirección de Giuseppe Sinopoli– y luego edita el material hasta llegar a esos 37 minutos (con 30 segundos) definitivos que conforman su reelaboración de la décima sinfonía de Mahler. Es un bálsamo prolongado, con pocas caídas en el silencio –hay valles hacia la mitad– y pocas subidas de intensidad, sin apenas notas añadidas de creación propia. Es Mahler estirado de una manera sutil, armoniosa, respetuosa. No es una obra genial porque no hay (apenas) nada genial en escribir variaciones sobre un tema ya escrito, pero sí es una obra atractiva por su hondo calado intelectual. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cómo Herbert ha creado el edit. Se fue a grabar partes de viola al pie de la mismísima tumba de Mahler. Ocupó durante un tiempo su cabaña en Toblach, donde el genio austriaco se retiraba los veranos a componer. Se ha introducido en un ataúd para grabar sonidos –ecos, ruidos, detalles de música concreta que se intercalan entre las cuerdas– y añadir una inquietante dimensión morbosa al resultado final. Ha grabado el sonido de un coche funerario. Son todos esos detalles que a Herbert le gustan y que afinan su aproximación conceptual a la obra –aunque luego el sonido del coche, o del ataúd, o del crematorio (también ha grabado en un crematorio), sean innecesarios– y que añaden color a un disco que interesará por igual a seguidores de Herbert y aficionados a Mahler a los que la doctrina oficial no les impida mostrar curiosidad por cómo se remezcla un movimiento entero de una sinfonía. Y lo que es mejor: como música ambient, de fondo, funciona a la perfección. Tom Madsen

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