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El Hijo El HijoMadrileña

8 / 10

El Hijo, Madrileña ACUARELA

Habitualmente, el folk de corte introspectivo, atormentado y, por llamarlo de una forma liviana y casi paródica, cortavenas, ha tendido a encerrarse en habitaciones desordenadas, se ha decantado siempre por una reclusión de espacio y emoción que ha repercutido en las imágenes y las sensaciones que transmitían las canciones. En la escena independiente española con más ahínco si cabe, fiel a las influencias y el peso específico de los referentes anglosajones a la hora de proyectarse. Se ha tenido la impresión históricamente de que la idea de intimidad asociada a ese folk árido y rotundo pasaba, por una cuestión de fuerza mayor, por encerrarse en uno mismo y huir del exterior, de todo aquello que pudiera perturbar la soledad del autor y del mundo que intentaba reflejar en sus composiciones.

El primer triunfo de “Madrileña”, segundo largo de Abel Hernández comandando su proyecto El Hijo, es su capacidad para revertir esa dinámica. Si algo caracteriza y destaca con notoriedad en este álbum es la manera en cómo el cantautor integra su universo folk en un contexto cien por cien urbano, exterior y sociable. Como si de un homenaje no revelado a Madrid se tratara, el nuevo álbum de este proyecto en solitario –que cuenta, eso sí, con la ayuda explícita, retadora e inspiradora de Raül Fernàndez ( Refree) en tareas de producción y de arreglista– respira calle, noches en vela, despertares desconcertados, salidas nocturnas sin rumbo, soledades en medio del bullicio, luces de neón desenfocadas y encuentros dolorosos en cualquier avenida. Y todo eso tiene una gran influencia en el sonido del disco, que aporta nuevas miradas y nuevas conjeturas dentro del propio discurso de Hernández.

Y es que ése es el otro gran cambio resaltable, por llamativo y sorprendente, de estas nuevas canciones. Si en su primer disco, así como en los dos EPs de presentación del proyecto, El Hijo abogaba de forma clara y meridiana por una revisión sutil, delicada y quebradiza de un folk de autor oscuro, rotundo y muy estable, aquí, en cambio, asistimos a un revelador y muy eficiente proceso de redescubrimiento sonoro en el que el ex vocalista de Migala se deja llevar por un arrebato pop que incide de forma muy clara y transparente en su propuesta. Instrumental y expresivamente es su grabación más ambiciosa, con una selección impecable de arreglos, la presencia más constante de las guitarras y la batería y con un dominio muy sabio y controlado del tempo, aquí más variado, activo y dinámico de lo que era habitual en su registro. No se trata de un disco pop, que quede claro para evitar confusiones, pero tampoco es un disco folk al uso. Quizá en la integración de ambos mundos y en la duda de quién somete a quién estriba uno de los secretos de la grabación.

“Siempre Ella”, con el piano acompasado con los arreglos de cuerda, “A Belén”, con el órgano y los arrebatos de viento finales, o “Balada Baladí”, con su estructura desacomplejada, son algunos de los momentos clave del recorrido, que ayudan a solidificar las intenciones de cambio y evolución del sonido de El Hijo. Un sonido que ahora, para entendernos, tiene más elementos de conexión con el último Refree en la manera en cómo se logra trascender unas influencias muy asimiladas para abrazar una apuesta más personal, creíble y fluida que incluso bebe y se alimenta de referentes cercanos, locales. El resultado es una magnífica lección de madurez, ambición satisfecha y plenitud compositiva que inyecta más razones y argumentos a los que opinan que el indie nacional empezó a crecer de verdad cuando descubrió o redescubrió el castellano como su lengua de expresión. Mario G. Sinde

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