Made The Harbor Made The Harbor

Álbumes

Mountain Man Mountain ManMade The Harbor

8.3 / 10

Mountain Man  Made The Harbor BELLA UNION

¿Qué fue de la fiebre weird folk? ¿No os parece como si le hubieran bajado mucho las décimas de repente? Sus principales practicantes parecen haberse esfumado en cosa de un año. Como resaca, y huyendo del énfasis expresionista, cada vez predomina más en el género una vuelta a los orígenes rematadamente formal, alejada de florituras y maniobras imposibles. Con el modélico debut de Fleet Foxes aún en el recuerdo –espérense el nuevo mucho más clasicón todavía y acertarán– y a la espera de que Iron & Wine se descuelgue con otro jugoso fruto prohibido, pocos nombres llaman la atención en la escena folk de forma tan estrambótica como ocurría hace un par de temporadas. Alzando su voz en medio de este relativo silencio y precedida por un buzz en la red de esos que se escuchan en voz baja, la llegada de Mountain Man sabe a gloria bendita. Aunque se cuenta que tienen otro disco grabado e inencontrable, “Made The Harbor” es el primer trabajo oficial de este trío de féminas. Una delicia que se escucha con el corazón en un puño y que viene a ocupar en el páramo del folk alado un hueco que hasta hoy nadie parecía haber advertido que había que llenar.

Molly, Alexandra y Amelia, dos de ellas aún estudiantes, se conocieron en la universidad de Bennington, en Vermont, área del que provienen otras destacables propuestas de 2010 como son el folk indiscreto del aplicado Sam Amidon o la vuelta de tuerca marciana de los maestros The Books. Las chicas han escrito un álbum ligero y suave como una pluma, uno de esos entre mil que justifican con todas las de la ley el significado del adjetivo “atemporal”. Como obedeciendo a un arco geográfico que aglutine su vasto amor por todas las raíces de las músicas americanas, cada una de ellas proviene de un lugar de Norteamérica: una de la costa Este, otra de la Oeste y la tercera de interiores. Sus recientes desencuentros amorosos –que podrían ser los mismos que agitan los estrógenos de Vivian Girls o Au Revoir Simone– les llevaron a juntarse en una fábrica abandonada para grabar esta inmaculada miniatura, puro néctar de folk translúcido que fluye como resina supurada directamente de un árbol o como agua que brotara de una fuente escondida. Treinta minutos de música sacra que se alzan como uno de los grandes tesoros en minúsculas de este imponente año musical.

Con el reverb delatando lo doméstico de la grabación, sustentadas en balsámicos coros y en armonías mucho más vírgenes que las de Fleet Foxes, las nanas de “Made The Harbor” ensalzan el songwriting frente a la técnica. En ellas sólo se escuchan tres inmaculadas voces y, en ocasiones, la guitarra acústica de Alexandra. La austeridad de la que hace gala todo el trabajo genera un clima íntimo de recogimiento, un ecosistema de luz pálida y confesionalidad absoluta que en ocasiones parece remitir al que planteara Jesy Fortino en su formidable “Life On Earth”. Como Tiny Vipers, aunque guardando las distancias más “core”, Mountain Man delimitan un coto privado de sentimiento que resulta violento invadir pero en el que todo es amable y educado una vez agazapados en su seno. El gran peso del disco recae en su carácter eminentemente vocal: como Amélie Nothomb en literatura, Mountain Man conceden a la voz, a la oralidad y a lo dialógico una relevancia troncal. Otro de los puntos más llamativos de la propuesta es el carácter misántropo de sus letras, escritas según un bucólico entramado conceptual que no hace difícil adivinar de qué hablan títulos como “Buffalo”, “Animal”, “Honeybee” o “River”. Así, el tono del trabajo se conecta directamente con la semántica que maneja la diosa Joanna, aunque, eso sí, contraponiendo a la fastuosidad de aquella el ascetismo absoluto. A la partida de “Made The Harbor” sólo están convocadas dos jugadoras: la mujer y la Tierra.

Partiendo del folk de los Apalaches y del recuerdo de baladas de otros siglos y territorios, su música se presenta como un balsámico antídoto al ruido. En Mountain Man la frugalidad deviene riqueza y el tono casi autista o hierático que puede echar para atrás en los primeros minutos enseguida pasa a convertirse en algo placentero, sensual. Es música que invita a yacer a su lado, sibarita como lo era la de las inolvidables hermanas Roches, con quienes, además del sabor twee de las letras, comparten una bravura exquisita para encarar los a cappella. “Babylon” –con su revisión del Salmo 137 en las antípodas de ABBA–, “How’m I Doin” o “Mounthwings” son canciones crudas que no precisan de ningún instrumento para sonar frondosas. Tonadas como “Soft Skin” consiguen que uno se derrita ( “I’ve got soft skin / are you gonna let me in?”), mientras que otras como “Loon Song” presentan una profundidad de campo que hace esperar posibilidades estratosféricas de cara a un futuro no muy lejano. Como el culto rendido a The Be Good Tanyas, con quienes se les ha venido comparando por razones estilísticas obvias, en Mountain Man encontramos una de esas pocas religiones que dan ganas de creer en ellas. Pero el talante mínimo, frágil y diminuto de “Made The Harbor” hace que resulte casi pudoroso traer a colación otros nombres. Simplemente apaguen todas las luces y escuchen lo que Alexandra, Amelia y Molly tienen que susurrarles a lo largo de estas trece hermosas canciones. Los mandamientos del culto están impresos en cada verso.

Cristian Rodríguez

Mountain Man - Soft Skin Mountain Man - Sewee Sewee

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