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Madonna MadonnaMDNA

6.7 / 10

En otro contexto, con 30 años de carrera a sus espaldas, Madonna no tendría ni que pestañear para renovar su título nobiliario. Pero en los cuatro años que separan este “MDNA” de “Hard Candy” ( Warner, 2008), aquel intento desesperado por sonar en los guetos heterosexuales estadounidenses, han acontecido un sinfín de sucesos paranormales en el espectro del pop de masas. Las Infantas se han clonado en plan oveja Dolly y lanzan singles como churros cada mes para no caer en el olvido, el genoma del pop se ha visto contaminado por el dance barriobajero en todo el mundo (incluso en el, a priori, reacio mercado norteamericano), y una tipa llamada Lady Gaga le ha sorbido el cerebro a millones de púberes que creen que ella es el Mesías personificado. Ante este panorama (y más tras alzarse como casi el único mito viviente de los 80s que queda en pie después de que Michael Jackson y Whitney Houston se fueran al otro barrio, salvando a Prince), la Ciccone tenía que pronunciarse urgentemente.

Liberada de Guy Ritchie (a quien va dedicado ese 2x1 hecho canción titulado “Love Spent”, que crece y crece con las escuchas como su machacona base) y las garras de Warner, Madonna vuelve a enseñar cacha venosa y a reconciliarse con el público gay al que le debe buena parte de su entronizado. La mitad de “MDNA” se ha pensado para petarlo en las carrozas del Día del Orgullo Gay y ser coreado por las mariliendres de medio mundo, al igual que el irresistiblemente petardo “Confessions On A Dance Floor” (Warner, 2005), que no quepa duda. No obstante, nos duele en el alma que haya desaprovechado esta ocasión de oro para volver a señalar con sus guantes de camuflaje lo que será tendencia en los próximos meses. Todo apunta a que la diva le ha robado el iPod a Lourdes Maria y se ha puesto a escuchar las canciones más reproducidas por la ex cejijunta durante los últimos años.

“MDNA” funciona como entretenido testimonio sonoro de esta nueva edad de oro que el dance y las bases tranceras están viviendo en la radiofórmula, pero no puede toserle a la sofisticación y la vanguardia que predicaban “Music” (Warner, 2000) y el incomprensiblemente maltratado “American Life” (Warner, 2003). A pesar de lucir un envidiable engarce aun contando con siete productores distintos, canciones como “Girl Gone Wild” (intrascendente y genérica, gentileza de los hermanos Benassi), “Some Girls” (una atropellada orgía de autotune en manos de William Orbit que podría entonar perfectamente nuestra vecina si no nos dijeran que la canta la folclórica de Michigan) o la simplona “Superstar” (agradeceríamos que alguien nos dijera si ha conseguido distinguir a Lourdes Maria ganándose el aguinaldo como corista), sólo pueden interpretarse como relleno puro y duro. Lo mismo que ocurre con “I Don’t Give A”, una chuminada electro-hip hop cuyo único interés se encuentra en la contribución de Nicki Minaj lanzando dardos envenenados contra Gaga mientras proclama a Madonna como la única Reina del Pop.

Polémicas monárquicas aparte, en el disco hay mierda de la buena. Dudamos de que Martin Solveig vuelva a trabajar con ella en un futuro, pero le ha cedido un “Hello” 2.0 que bailaremos en verano con los brazos en alto creyéndonos que estamos en 1998. “Turn Up The Radio” es tan hit como “I’m Addicted” (el sueño húmedo de la Dannii Minogue electroperra de “Neon Nights”), esto es tal que así. Y cuando Madonna se nos pone tierna (tal como acontece en la ya conocida “Masterpiece” o “Falling Free”, prescindiendo de artificios) o intenta emular a las girls bands de la Motown acompañada del dedo faltón de M.I.A. (la simpática “B-Day Song” de la edición deluxe), consigue cerrar bocas a pares. Olé ella.

Mención aparte merece William Orbit, el retorno del hombre que la catapultó como musa de la modernidad en “Ray Of Light” (Warner, 1998). El británico es capaz tanto de producir una pieza como “I’m A Sinner”, en la que en pleno Síndrome de Diógenes recupera las pistas perdidas de “Beautiful Stranger” y “Amazing” (aunque eso no quita que el resultado sea igual de molón como algunos de los guilty pleasures a los que nos tiene acostumbrados Xenomania), como de firmar junto a Demolition Crew, el marido de Nelly Furtado, la mayor extravagancia del álbum. Desde los tiempos de “Impressive Instant” no habíamos oído una rareza del calibre de “Gang Bang”, co-escrita por ocho plumas (la de Mika incluida). En el tema en cuestión, la Ciccone se hace pasar por Beatrix Kiddo de “Kill Bill” y no se lo piensa dos veces a la hora de lanzar balas techno demodé a las zorras que se encuentra a su paso. Esta es la Madonna que nos gusta: faltona y sobrada de mala leche. Ese final en el que, encolerizada, se pone a gritar ‘drive bitch’ se nos antoja tan icónico como el ‘it’s Britney, bitch’, puro amor zorrupio en vena.

Puede estar tranquila. Sin ser la joya de su discografía, “MDNA” luce momentos de alto voltaje y entretenimiento asegurado. A la espera de la mastodóntica gira que paseará a partir de mayo, su trono sigue a salvo. Aunque eso no quita que, de cara a los dos discos que le quedan por contrato con Live Nation, ansiemos que vuelva a replantearse fichar a Mirwais. Por soñar no perdemos nada, pero Madonna sólo debería acercarse a los polígonos para llenar el depósito de su limusina.

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