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Brian Eno Brian EnoLux

8.3 / 10

Cada cual tiene su arquetipo de Brian Eno, porque Enos hay muchos: el que manejaba los sintetizadores en Roxy Music y el que refinó el glam pop en sus primeros años en Virgin. Está el Eno productor (Bowie, Talking Heads), el Eno teórico, el Eno que viaja por el primer y el cuarto mundo, el Eno que simplemente arroja ideas –y cobra muy bien por ellas–, el Eno editor (Obscure Music) e incluso el Eno productor de los últimos años, vendido a proyectos de dimensiones colosales a los que, sin embargo, él consigue reconducir por el camino del bien – “Viva La Vida”, de Coldplay, o “Achtung Baby”, de U2–. Para muchos, sin embargo, Eno es más Eno cuanto más discreto suena: el artista que dio carta de naturaleza a la música ambiental en tres fases que siguen sonando hoy tan grandiosas –a la vez que modestas– como en los años 70. “Lux” es un disco mayor de Brian Eno –¡después de tanto tiempo, por fin!– porque se presenta como el heredero legítimo de obras maestras como “Discreet Music”, “Ambient 1. Music For Airports”, “Apollo: Atmospheres And Soundtracks” y “Music For Films”.

No es una afirmación gratuita. “Lux” tiene todo, exactamente todo lo que ha hecho de esos discos faros necesarios en la procelosa historia del ambient, un género tan dado a la majestad como a lo irrelevante. La técnica de Eno a la hora de componer ambient, o como él decía, música decorativa, siempre fue muy intuitiva, casi improvisatoria. “Lux” recuerda en particular a “Ambient 1. Music For Airports” porque sigue, casi al pie de la letra, una misma estructura y una misma técnica: suavísimos fraseos al piano y una leve alfombra sintética por debajo, jugando con unas pocas notas que se mueven lentamente durante casi 20 minutos en los que no pasa nada y pasa absolutamente todo. Y no por casualidad, la première del disco –innecesario de llevar al directo, por otra parte– se realizó en la Terminal 2 del aeropuerto internacional de Tokio (Haneda) entre el 2 y el 6 de noviembre, donde ha estado sonando como hilo musical, materializando por fin el deseo de Eno de que este tipo de música sirviera para esta precisa función.

“Lux” es asombrosamente similar, es el spin-off tantas veces aplazado por Eno durante más de 30 años a la que puede considerarse una de sus obras maestras del top 5, y esa, que podría ser su debilidad –la falta de originalidad–, es en realidad su fuerza. El ambient nunca nació para ser creativo, sino para ser expansivo, para acompañar la lectura, el pensamiento o la tarea trivial, para dotar de contenido y alma al prescindible muzak, y las cuatro secciones de “Lux”, que en total suman casi 80 minutos, se asoman como un “Music For Airports” redoblado, expandido, maximizado: si cada segundo es un gozo, la suma total de su extensión se convierte en una burbuja de paz y ataraxia, en la que no pasa nada, y eso es precisamente lo que debe suceder. Un solo minuto de “Lux 1” contiene la esencia de los 78 restantes: Eno juega con apena cuatro notas y un par de tonos de acompañamiento, esas notas se van repitiendo con una parsimonia deliciosa, y resplandecen con el fulgor que indica el título. Así hasta el final, en cuatro variaciones distintas, y durante todas las escuchas que sean necesarias.

La reproducción verdadera de “Lux” posiblemente sea la del aeropuerto de Haneda, tendiente a la eternidad, un concepto con el que Eno ha trabajado en varias ocasiones siguiendo la estela de la pieza de varios siglos de duración que proyectó John Cage y que actualmente se interpreta en una iglesia de Alemania. La melodía no es tan reconocible como la de “Ambient 1. Music For Airports”, ni mucho menos como la gigante cara A de “Discreet Music”, que diluye el “Canon” de Johann Pachebel en un océano en el atardecer, pero como ya ha quedado dicho todo esto son cuestiones accesorias, propias de una mente deformada por las triquiñuelas del pop, porque “Lux” ofrece algo mucho más serio y valioso. Su intuición, tanto tiempo después –y esta vez sin ayuda de colaboradores, como ocurría en sus dos últimos álbumes en Warp–, le acerca brillantemente a su objetivo, que es aproximarse a lo que debe sonar, quién sabe, en eso que llamamos paraíso.

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