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Álbumes

Dustin O’Halloran Dustin O’HalloranLumiere

8.3 / 10

Dustin O’Halloran  Lumiere 130701-FAT CAT

Incluso estando en Dévics, Dustin O’Halloran ya desviaba parte de su tiempo para componer piezas de piano solo que no encajaban ni eran adaptables al discurso basado en la canción que comparte con su compañera Sarah Lov. Aquellos trabajos primitivos tenían el habitual trasfondo satiesco que se encuentra en la mayoría de discos de piano para el público indie, de Sylvain Chauveau a Nils Frahm, pero lo que no anunciaban era el albor de un compositor integral capaz de rodear sus paseos tristes por el teclado con orquestaciones tan tenues como la niebla de primera hora de la mañana. A este Dustin O’Halloran se le vio en “An American Affair”, su banda sonora para la película del sueco William Sten Olsson, y también en las aportaciones que hizo para la “Maria Antonieta” de Sofia Coppola. Pero lo que de verdad se echaba en falta en su repertorio era un álbum propio en el que, además de piano, hubiera cuerdas, armonías y la sensación de que la música aparece vestida con ropajes sonoros elegantes, no en su perfecta desnudez. Ese disco es “Lumiere”, y es un álbum en el que finalmente O’Halloran explota como un grande de la música neo-impresionista y como un futuro compositor de bandas sonoras para películas de empaque. Michael Winterbottom ya debería estar llamando a su número de teléfono, por ejemplo.

Entre los nueve instantes delicados de “Lumiere” –en los que sigue la titulación de las piezas a partir de su número en el orden de composición, igual que en discos anteriores: “Opus 44”, “Opus 43” y “Opus 55”, o bien “Quartet N.2” o “Quintette N.1”–, resuenan dos viejos conocidos: Michael Nyman y Max Richter. Sobre todo el primero: de Richter lo que aprovecha Dustin O’Halloran es la manera de integrar de manera muy bien disimulada las texturas electrónicas entre los violines y el piano, como si fueran una fina capa de lluvia en la distancia o una gasa frente a los ojos. También comparten la sencillez con la que resuelven los rompecabezas de composición: fraseos naturales, arreglos sin estridencias, siempre en busca del efecto emocional directo –aunque sin trampa– y la utilidad descriptiva. Pero hay muchos instantes en “Lumiere”, por ejemplo “Fragile N.4” o “We Move Lightly”, en los que el que se asoma al balcón a mirar el horizonte es el Michael Nyman que firmó los scores de “Wonderland” o “The Claim”, ese Nyman hundido que transmitía un dolor cierto, sin fingimientos, y que lograba en muchos momentos detener el tiempo en un momento decisivo en el que parecía que la respiración pudiera quebrarse. Esa sensación de eternidad, de tristeza para siempre, condensadas en un solo segundo, esa chispa que rompe el corazón sin avisar, es la que prende en ocasiones de este “Lumiere” que, para los fans de lo neoclásico, no es absolutamente necesario, sino lo que viene después.

Javier Blánquez

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