Luftbobler Luftbobler

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Dinos Chapman Dinos ChapmanLuftbobler

8 / 10

Los hermanos Chapman hace años que son objeto de polémica en el mundo del arte contemporáneo: que compraran algunos grabados de “Los Desastres de la Guerra” de Goya y pintaran sobre ellos fue visto como una boutade e irreverencia por un sector, y como genialidad por el otro. Aunque no estemos aquí para hablar de su obra plástica, es evidente que la forma que tienen los Chapman de entender el arte tenía que plasmarse también en su música: aquí la boutade habría sido que Dinos Chapman se marcara un disco preciosista, apto para todos los públicos y de corte clásico. Afortunadamente, no ha sido así y tenemos todo lo que podíamos esperar del artista: una obra que pone banda sonora al desasosiego, que explora las regiones más oscuras del alma humana y de la civilización, al igual que hace en su obra con su hermano Jake. Hasta ahora habíamos puesto imágenes a esas inquietudes; ahora, además, le podemos poner banda sonora y, avisamos, éste es un mal viaje: atonal, repetitivo, inquietante, distorsionado, experimental... y pese a todo, adictivo: como volver a casa tras una jornada dura y no poder dejar de leer la prensa pese a la sucesión de malas noticias.

Que Dinos Chapman se haya acogido al techno minimalista experimental, a los sonidos con toques industriales y a la experimentación más radical es la opción natural y lógica: las máquinas son la mejor forma de plasmar esta sociedad post-industrial, distópica y encaminada al abismo. En ese sentido estamos ante una música deudora de Aphex Twin y Throbbing Gristle, no sólo en forma, sino también en sus planteamientos. Uno de los motivos por los que Dinos Chapman ha conseguido ser tan brutalmente honesto con su debut es que se trata de composiciones que hacía sólo para él, sin pensar en un público, en un sello discográfico ni en expectativa alguna. Aquí lo que tenemos es una colección de canciones compuestas con nocturnidad (en las horas que roba al sueño) pero sin alevosía, composiciones que no habrían visto la luz de no ser por el empeño de Sam Bidder, responsable de The Vinyl Factory, porque como él mismo declaraba en una entrevista reciente, “en cuanto haces algo para el público, éste se convierte en parte del proceso”. Pero no todo es oscuridad en el debut de Chapman, y de vez en cuando sorprende con momentos como “Reaktorsnuhsnuh”, con samples de tono pop (nada menos que la voz de Kylie Minogue al revés), o con los aires orientalistas de “Sun Lounge”, sorprendentemente melódico y que al estar casi al final del álbum, parece la perfecta transición para salir del estado anímico en el que uno se sumerge al escuchar “Luftbobler”.

Aunque la edición limitada en vinilo no está al alcance de todos los bolsillos (cuesta nada menos que 200 libras), Chapman la ha concebido como otra pequeña obra de arte, compuesta por un álbum doble serigrafiado por su propia mano. La versión más asequible incluye en todo caso ese artwork diseñado por él mismo, y en el que aparece uno de sus reconocibles monstruos al acecho... un monstruo, que en realidad, representa muy bien el espíritu del disco: oscuro, sin duda, pero también atrayente.

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