Lucifer Lucifer

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Peaking Lights Peaking LightsLucifer

7.7 / 10

Poco a poco y eco a eco, Peaking Lights fueron conquistando el rincón más modesto del underground en 2011 con una propuesta que, sobre el papel, no parecía excesivamente original –un batido de psicodelia lo-fi con reverberantes latidos dub y melodías por encima que resplandecían de candor–, pero que se hacía entrañable a medida que pasaban las escuchas, y que además despertaban un fondo experimental ciertamente atrevido. Su pertenencia a la familia Not Not Fun ponía muchas cosas en su sitio –el dúo, que en realidad es un matrimonio, formado por Indra Kunis y Aaron Coyes, respondía al modelo de banda arquetípica del sello californiano–, y quizá sea su salida de Not Not Fun para fichar por Weird World lo que explique los cambios en “Lucifer”, que son pocos pero bastante significativos: más claridad, más levedad, menos bajos.

Weird World es el espacio dentro del conglomerado Domino para la música más rara e inclasificable. Cuenta con distribución aparte –vía Mexican Summer– y ayudará a Peaking Lights a llegar aún a más público del que puede garantizarles una plataforma tan modesta y DIY como Not Not Fun. Y lo que necesita el dúo es precisamente eso, público: canciones de su primer álbum como “Hey Sparrow” indicaban que cuando se activaban los resortes adecuados estaban en disposición de entregar potenciales hits para esos indie-kids raritos que todavía recuerdan con cariño bandas de un pasado que ya nos parece remoto como Laika o los primeros Stereolab, o incluso más atrás, hasta los días del post-punk, como una versión algodonosa y curada de la psicopatía de PiL o Talking Heads. Si existiera todavía el sello Too Pure sería su casa natural, y más ahora que “Lucifer” pule las aristas de “936” y presenta un sonido mucho más profesional, equilibrado y que se corresponde con el giro estético de la banda hacia la memorabilia del easy listening, en detrimento de los bajos pesados dub, que ahora suenan más líquidos. Aquí hay menos eco y hay más arpegios de sintetizador primitivo, aunque no han desaparecido del todo –¿por qué deberían?– las citas al reggae y al calypso, como en “Live Love”, “LO HI” y, de manera indiscutible, en “Cosmic Tides”.

Con esta operación limpieza se ha difuminado uno de los activos importantes de “936”: lo que resultaba atractivo de Peaking Lights era el estado salvaje en el que todavía vivía su música, la manera muy intuitiva en la que parecía surgir de algún extraño rincón del desierto en el que los espejismos fuerzan a observar oasis jamaicanos allí donde sólo hay un triste cactus: tenía esa pátina de ruido y dejadez, un cierto espíritu new age y sueños con el pop. Ahora el pop ya no es un sueño, sino una realidad –todos los temas son ‘canciones’, salvando la intro de “Moonrise”, que repiquetea con gracia, y la conclusión de “Morning Star”, piezas que con títulos tan evidentes indican que el viaje de “Lucifer” es el que va de la caída del sol al amanecer; recordemos que Lucifer se identifica en ciertos cuerpos de creencias con la primera estrella de la mañana, el Lucero del Alba, y que su nombre es equivalente a la Luz y no siempre al Mal–, y en compañía de esas canciones hay un diseño sonoro que rebaja el reverb y el ruido y potencia una percusión saltarina y unos sintetizadores que buscan quedar bien, sonar bonitos y acompañar unas horas de relax. Muy probablemente, sea un reflejo del estado de felicidad de la pareja: padres el año pasado de un niño llamado Mikko –que aparece ‘sampleado’ en “LO HI” y citado en “Beautiful Son”, éste es un disco optimista en el que se mira al futuro con brillo en los ojos. Es por eso que el factor easy listening cobra fuerza, aunque los cocktails que se sirven Peaking Lights siguen teniendo más de peyote que de ginebra.

En comparación con “936”, “Lucifer” pierde la partida en su ambición. No podía ser de otra forma, ya que el primer álbum de Peaking Lights fue reforzando su aura de disco único y original a lo largo de 2011 hasta subir hasta lo más alto de las listas –hoy, todavía, sigue siendo uno de los vencedores morales del año–, y el dúo no ha experimentado una evolución lo suficientemente sísmica como para superar la sorpresa y el alcance estético de aquel primer trabajo. “Lucifer” se plantea como un LP continuista que cultiva canciones allí donde antes campaba la aridez, es un disco más civilizado pero menos mítico, su magia sigue intacta, pero ahora es magia blanca como la portada. Y fomenta la canción agradable porque ahí es donde tenían el filón: tras llamar la atención de un público atento, ahora es el momento de ampliarlo y seducirlo con una propuesta más llana –recuerdan a cuando Bowery Electric dieron su salto popular al introducir beats de hip hop en su rock espacial– sin renunciar a su innegociable personalidad. Han crecido a lo ancho, porque a lo largo, sinceramente, ya no podían estar más arriba.

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