Love Love

Álbumes

Yong Yong Yong YongLove

7.5 / 10

Ante artistas así, que ni tienen página oficial ni presencia en redes sociales, ni siquiera una trayectoria anterior que tomar como punto de referencia y todo es un misterio impenetrable, sólo caben dos opciones: o ignorarles y pasar de largo, o dar un salto de fe (al vacío). La primera solución es demasiado cómoda, consiste en creer que todo lo que ocurre en la música sucede entre los cuatro grupos de siempre, allí donde todo carece de dificultades y la información circula por los cauces rutinarios; es la que niega la más mínima posibilidad de existencia a lo todavía desconocido. La segunda es la más ardua, pero a la vez la que ofrece una satisfacción plena, porque permite, aunque sea durante unos breves segundos, abrir una ventana al futuro y observar cómo algo que puede ser grande empieza a cobrar su forma primigenia. Participar de esa evolución, lenta y dura, muchas veces merece la pena. De Yong Yong la información que existe es nula, prácticamente: es un dúo (Rodolfo Brito y Francisco Silva) que reside/trabaja en Lisboa, pero su manera de hacer nada tiene que ver con la escena electrónica que nos llega de Portugal –generalmente asociada con el deep house, el downtempo y el pop para restaurantes de moda–, aunque sí con la otra escena, más underground y autosuficiente, que opera alrededor de sellos experimentales como Cronica. Aunque si hay que buscar un símil que nos ponga a Yong Yong en un espacio mínimamente comprensible, entonces habría que recurrir a una comparación con Hype Williams. En “Love” fluyen los mismos ambientes tóxicos, psicodélicos e imprecisos, que caracterizan lo mejor de la carrera de Inga Copeland y Dean Blunt, en particular los discos editados en Hyperdub e Hippos In Tanks.

Tampoco hay que dejar de lado el dato de que este álbum –por ahora sólo digital– haya aparecido en Night School, otro recóndito sello, inglés en este caso, cuyo mérito editorial más importante hasta la fecha ha sido la edición en CD para el mercado británico de “Tragedy”, el disco de Julia Holter precedente a “Ekstasis” originalmente planchado en vinilo por Leaving Records (2011). Yong Yong no hacen uso de la voz, y su inclusión en la escena del pop hipnagógico sería inadecuada si entendemos la etiqueta como una extensión del linaje que han venido afianzando Grimes, Holter y el artistas del estilo de D’Eon. Pero por su manera de trabajar la texturas y de conseguir que la música flote en una extraña nube de ambient capaz de provocar amnesia, “Love” representa un esfuerzo –quizá último, epígono– en ese tipo de sonido que definió a artistas que actualmente están en la cresta –James Ferraro, los citados Hype Williams– o que se les espera de un momento a otro, como Forest Swords. O sea, una mezcla química de ambient frío, soundtracks de documentales de naturaleza, ritmos étnico-tecnológicos a lo Sylvian-Sakamoto, una pizca de new age y mucha psicodelia alucinógena, como si el disco se hubiera hecho (y se estuviera escuchando) bajo los efectos de una infusión de hongos. Algo que parece más propio de un chiflado de Brooklyn o de un inglés rural que ha visto muchas películas de brujería y posesión sobrenatural que de dos portugueses con la imaginación muy vívida.

Evidentemente, “Love” no es un disco fácil y ahuyentará al 99% de oyentes que se acerquen a él por primera vez, quizá para nunca más volver, o quizá para volver dentro de unos años cuando –crucemos los dedos– un sello con más recorrido y más medios les reclame para grabar nuevo material –el mismo proceso, exactamente, seguido por Hype Williams, que antes de Hyperdub ya habían dejado música inolvidable, y hoy buscadísima, en sellos tan liliputienses como Carnivals o De Stilj–. Es fácil el comienzo del viaje, precisamente con el tema titulado “Love”, el más envolvente, donde no resuenan ni los vientos del Magreb de “Tocha” ni el ritual pagano, como Shackleton poniendo música a una película de vampiros de serie B, de “Sticks And Bones May Brake My Stones”, sino un dulce hilo musical new age en el que ya se aprecia el sonido deslavazado de Yong Yong, su gusto por las tomas únicas, la ecualización deficiente y el equipo defectuoso. Pero detrás de esta evidente falta de medios hay ideas, muchas ideas: música para documentales de viajes (y no sólo mentales, también a pierna) que acaban mal ( “Mongo”), ejercicios de música electroacústica que habrían puesto burros a Broadcast ( “Desabrochar de Uma Flor Linda”), paganismo post-industrial que está entre el sello Ghost Box y los primeros lanzamientos del sello Mute ( “Helder”) y hasta un ejercicio de recorta-y-pega con segmentos de computer disco a lo Moroder, ambient aislacionista a lo Coil, cortinillas de anuncio en plan Boards of Canada y efectos de radio propios de John Baker en una “Bzzzr” que, seguramente, le habrá provocado una erección a James Ferraro. Y lo mejor de Yong Yong –que es la vez lo mejor de todo– todavía está por venir.

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