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Metronomy MetronomyLove Letters

4.7 / 10

A Joseph Mount, el auténtico cerebro de Metronomy (en más de una ocasión ha dejado entrever que el resto de la banda son en realidad unos títeres de los cuales se aprovecha a su antojo), no se le puede acusar de conformista. De aquellos inicios marcados por la efervescencia nu-rave ya no queda nada, pero la metamorfosis soft-rock maniobrada en 2011 con “The English Riviera” fue una apuesta arriesgada en la que se alzaron vencedores a ojos de los devotos del pop más elegante y pegajoso. Por eso, despista que en su momento de mayor popularidad Metronomy editen un disco como “Love Letters”: un trabajo de coartada analógica (por algo se ha grabado en uno de sus templos, el londinense Toe Rag Studios), poco empático en su sonido y que en muchos momentos suena incompleto, como si de una recopilación de demos se tratara.

No somos nadie para criticar la dirección artística que una banda por voluntad propia decide tomar. No obstante, cuando lo desechable gana por goleada y los hits no se asoman ni reescuchando el disco una decena de veces, indudablemente el hastío manda. Estamos ante una de las decepciones más sonadas de la temporada. Más allá del tema titular, que funciona como un homenaje rítmico a la Motown (con Anna Prior en calidad de corista creyéndose Kate Pierson de The B-52’s) o esa “I’m Aquarius”, donde la voz de Mount suena tan frágil que parece que vaya a romperse en cualquier momento, el resto del minutaje se mueve entre veneraciones fallidas al David Bowie más aséptico ( “Monstrous”), piezas mal desarrolladas en el estudio (el falsete de la muy The Zombies “The Most Immaculate Haircut” es un NO absoluto) y momentos tan tediosos como “Call Me” que dan ganas de abrazarse a la almohada o echarse a la bebida para olvidar.

Que todas las canciones se recreen en una producción tan lo-fi no es el problema: lo que realmente chirría de “Love Letters” es que las canciones memorables son prácticamente nulas y no hace más que obligarnos a recuperar aquel “The English Riviera” para trazar comparaciones odiosas. Comparaciones que, en lo que se refiere a las letras, al menos no se han visto dañadas, ya que Mount sigue escribiendo unos versos negros como el tizón y maravillosamente desoladoras que, en esta ocasión en concreto (aunque el título del álbum lleve a equívocos), son todo un canto al desamor y nuestra dependencia hacia las relaciones frustradas. Lástima que el sonido, en conjunto, resulte ser un coñazo infalible a la hora de provocar bostezos.

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