Love Comes Close Love Comes Close

Álbumes

Cold Cave Cold CaveLove Comes Close

7.9 / 10

Cold Cave  Love Comes Close

HEARTWORM PRESS / POPSTOCK!

Recordemos grupos como Throbbing Gristle y aquella su posterior escisión, Chris & Cosey: eran unos broncas, unos malrolleros –todavía se le revuelve el estómago a uno recordando el reciente concierto en el Primavera Sound, con el vídeo de la ablación de testículos mientras el cuarteto pegaba una turra de la buena–, les iba el ruido y la exterminación del ser humano como a un Hitler cualquiera, pero a la que te despistabas te clavaban unas canciones pop electrónicas y saltarinas que se te caía la baba: “Hot On The Heels Of Love” los primeros, “October (Love Song)” los segundos, con las que desmontaban la teoría del terrorismo y del alma fría como el plomo de muchos de los grupos de la escena industrial de principios de los ochenta. En paralelo, teníamos los grupos de la cold wave, del primer synth-pop posterior a Ultravox –la cosa iba desde The Normal y Thomas Leer & Robert Rental a la primera encarnación de Gary Numan en Tubeway Army y aquellos Depeche Mode que parecían los Tokyo Hotel del post-punk–, que iban de melódicos, atusados y con un mucho de románticos con eyeliner –benditos Visage–, pero a los que les iba el cuero, la azotaina, la tachuela y el negro sin brillo, así como pequeños detalles de aislacionismo sonoro y crueldad en las texturas para maquillar el esplendor de sus melodías. Aquellos años, los del punk con máquinas –o, mejor dicho, la superación del punk gracias a la tecnología–, fueron de oscuridad y sublimación estética de la disciplina y la mano dura, y su influencia –y aún más su morboso atractivo– se prolonga entre nuevas generaciones –porque son de derechas– de productores hardline que leen libros sobre Treblinka, ven películas de Gaspar Noé, escuchan metal y sólo se plantean grabar música si es para ahondar en el charco de pus que inunda cualquier corazón de hoy.

La nueva sabia del mal rollo está ahí, pulula alrededor de sellos de noise extremo, de rock atormentado e incluso entre los renegados del hardcore, y es fácil de encontrar si se buscan puntos de encuentro clave. Uno de ellos es Hospital Recordings, enfermiza discográfica puesta en marcha por Dominick Fernow (alias Prurient), en la que se han dejado ver últimamente Wolf Eyes, Hair Police, Kevin Drumm y también estos Cold Cave en los que Fernow es teclista y que, en cierto modo, podría considerarse un supergrupo de forajidos del cáncer de alma –que era la enfermedad que, decía Jimmy Giménez-Arnau, padecía el ogro del periodismo Paco Umbral– en el que también militan Caralee McElroy (ex Xiu Xiu), Sarah Lipstate (Noveller) y el director de orquesta de este festín, Wes Eisold. Cold Cave es una aventura reciente, el primer signo de identidad no se manifiesta hasta el pasado 2008, y en cierto modo hay una identificación entre su sonido y el de aquellos Crystal Castles que se han acabado llevando el gato al agua –no el programa de Intereconomía, sino el refrán español– del mainstream: una pequeña orquesta sintética, con los timbres más histriónicos de los ochenta, con espíritu de videojuego, estética de capucha y hebilla, y una pegada punk incisiva y veloz. Las canciones de Cold Cave se acaban en un suspiro, pero durante esos dos minutos, o tres, que dejan manar su ácido, los efectos que logran pueden llegar a ser destructivos. Por el contrario, su base, a diferencia de Crystal Castles, no está en el chiptune, que es una cosa más teen, y sí en la dark wave, que es más de mala gente de verdad.

En Hospital Productions, Cold Cave han publicado maxis, singles, cassettes, rarezas de todo pelaje que hace unos meses acabaron reunidas en “Cremations”, una recopilación chirriante, cenicienta, violenta en el fondo y con sonido a metal oxidado en la que relucía la parte más EBM e industrial del cuarteto. Era su lado oscuro. “Love Comes Close”, en cambio, es la parte más tarareable, estructurada en forma de canción con estribillo y aproximación amable, aunque con el colmillo afilado y las ganas de morder a punto. Desde “Cebe And Me”, que es la primera pieza de un breve pero intenso fogonazo dark –media hora corta–, con esos sintetizadores que expulsan vapor y la voz susurrante entre lenguas de fuego infernal, las piezas de Cold Cave son un premeditado ejercicio de estilo a propósito de la facción maléfica del pop electrónico, entroncada en todo lo que va entre los discos de The Human League pre-“Dare” y Coil. Por ejemplo, “Love Comes Close” –el tema–, sólo por la guitarra propia de Bernard Sumner, ya tiene mucho de New Order, aunque la voz sea la de Ian Curtis (y a veces Bowie o Phil Oakey) y los teclados y la melodía de luz pálida recuerde a O.M.D., casi tanto como “The Laurels Of Erotomania”. Pero “Life Magazine” ya anda por los dominios de Gina X Performance –el delay de la frase vocal femenina, enterrado entre sintes saturados, es adictivo–, “Heaven Was Full” es bastante más Numan –voz de varón aspirada, en plan “me ahogo pero cómo te estás jiñando, nano”–, y “The Trees Grew Emotions And Died”, así como “Youth And Lust”, parecen una versión golosina de los primeros Front 242. Sin descuidar, por supuesto, los Chris & Cosey y los Throbbing Gristle citados al principio, y muchos otros grupos siniestros y electrónicos de aquellos años medievales en lo que a electrónica se refiere, y que parecían estar más del lado de la magia negra que del hedonismo post-disco. Cold Cave se remiten a esa época, la recrean con amplios conocimientos y sobrado talento, y este álbum es un fruto –amargo y dulce a la vez– al que no se le hacen ascos si hay que darle un bocado bien fuerte. No es para comerlo todos los días, pero ahora mismo apetece repetir.

Javier Blánquez

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