Love At The Bottom Of The Sea Love At The Bottom Of The Sea

Álbumes

The Magnetic Fields The Magnetic FieldsLove At The Bottom Of The Sea

6.4 / 10

Llevo años huyendo de Stephin Merritt, ocho casi, desde que le entrevisté en 2004 sentados en un banco de la Rambla Poble Nou y me asustó su misantropía. “Gente menuda, menuda gente”, que acostumbraba a decir un profesor mío de primaria. Aquel encuentro mal programado hizo que desde entonces me costara mucho acercarme a sus discos, como si después de conocer a la persona que los había escrito no supiera si afrontarles con cariño, distancia, recelo o ilusión. Cada vez que sonaban The Magnetic Fields, sobre todo los posteriores a “69 Love Songs”, un ángel y un demonio discutían sobre mis hombros. La balanza acabó inclinándose del peor de los lados, entre otras cosas, hay que reconocerlo aunque cueste, porque Merritt nunca ha vuelto a escribir nada sublime desde aquel triple y antológico salto mortal. Hice sonar sus últimos trabajos varias veces, pero a costa de alquilar tristes sonrisas de compasión en mi rostro. “i” (2004) e incluso “Distortion” (2008) todavía tenían su aquel, mas el recuerdo de “Realism” (2010) se esfumaba de un plumazo en cuanto se terminaba la escucha. Fue, sin lugar a dudas, una fosa abisal en la carrera de Stephin.

¿Cómo recibir después de ese tropiezo “Love At The Bottom Of The Sea”? ¿Me permitirá recuperar a mi amor de juventud? A la primera escucha me lanzo ligeramente entusiasmado, achispado por el gancho promocional del cantado regreso a Merge, aunque enseguida me resigno a darlo todo por sabido y reafirmarme en lo que ya sabía: los Magnetic Fields de hoy, infelizmente, son sólo una sombra de lo que fueron. Vale, aquí vuelven a sonar juguetones como antaño, más lo-fi si quieren y deliberadamente camp como si todo fuera una gran broma (ese peluche de la portada, que de repolludo ni entra en cuadro), pero sigue presente la sensación de que se han olvidado de dotar de profundidad emocional a las canciones. Con todo, en intentos sucesivos, las de este décimo trabajo comienzan a ganar enteros. Surgen poco a poco algunas favoritas. “I’d Go Anywhere With Hugh”, “The Machine In Your Hand” ( “I don’t know why I love you, you’re not really a person”) o la ascendencia The Human League de “Infatuation”, saben fabulosas. Incluso “Your Gilrfiend’s Face” y “Andrew In Drag”, siendo temas menores para Magnetic, resultan adorables.

Todo se sucede muy rápido en “Love At The Bottom Of The Sea”. Esta vez las coartadas temáticas son dos. Por un lado, la norma de confeccionar un disco de temas breves (15 en 34 minutos) que plante cara a esos álbumes de pop actuales que a Stephin se le hacen tan largos y cansinos. Por otro, y después de la trilogía sin teclados, está la decisión de no usar guitarras y de ceder espacio únicamente a sintes y demás cacharrería electrónica, conformando así un desguace de fondo que estruja velocidades y maltrata sónicamente las melodías. Hay canciones deliberadamente irritantes, otras como “I’ve Run Away To Join The Fairies” y “The Horrible Party” que parecen estar borrachas, y en general queda patente que podría haberse cometido un error de planteamiento: ¿haber caído de nuevo en una producción tan maníaca como la de “Distortion”? Sin embargo, debemos reconocer que el efecto conseguido le sienta como anillo al dedo al humor cítrico e introspectivo de nuestro hombre. Stephin ha conseguido depurar su acritud al máximo. Sigue componiendo a solas en las barras de los bares mientras mira a los chicos bailar disco y dice que ahora, más que las musas, lo que realmente le inspira es el aburrimiento.

El balance general acaba arrojando buenos dividendos a favor del grupo. Siendo benévolos, diremos que han vuelto a salvar el tipo, y que eso tampoco es poco. Vence claramente en calidad la primera parte del álbum, y por el metraje se van sucediendo los habituales recursos del autor: habitual la broma country ( “Goin’ Back To The Country”), otra a costa del mariachi ( “All She Cares About Is Mariachi”), algunos sustos psych-pop ( “My Husband’s Pied-à-Terre” o la religión como terror en “God Want Us To Wait”), guiños a los girl-groups y la dark-wave, Claudia Gonson preguntándose en “Quick!” quién pagará las rentas... ¿El gran aval? Poder reescribir sin sonrojarse sobre los tópicos habituales, ya sean estos haber “nacido para amar” o ser “el único chico en la ciudad”. A Stephin no le preocupa repetirse a la hora de retorcer el amor y su circunstancia. Al fin y al cabo toda su carrera ha consistido en eso, en reciclar clichés y en vigilar, como le gusta decir, que las metáforas sigan funcionando. Aprobado pues.

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